Presidentes desesperados hacen cosas desesperadas
El problema para los comentaristas políticos ingleses es que criticar al presidente norteamericano George W Bush es demasiado fácil.
Es como tirar piñas adentro de una bolsa. Interesante al principio, pero después se pone aburrido. Es como jugar al fútbol con un niño de cinco años. Después del tercer «caño» la cosa ya no tiene mucha gracia y dejamos que se lleve la pelota.
Al principio de su gobierno, formadores de opinión y analistas políticos europeos estudiaban los planes y discursos del presidente para ver si podían agarrarlo desprevenido en algún punto conceptual importante. El mano a mano intelectual prometía mucho, como siempre, porque se trataba del primer mandatario de la nación más poderosa del mundo. Una tos en Washington puede causar un ciclón político en algún rincón del planeta.
Pero al poco tiempo los comentaristas políticos se dieron cuenta de que no hacía falta tener talento para analizar los discursos del presidente. Era obvio que los conceptos estaban todos equivocados y que simplemente eran agendados teniendo en cuenta otros parámetros. Los discursos del presidente promovían una forma de pensar ajena a cualquier evidencia mundial. Lo que el presidente quería, se iba a hacer, no porque fuese una conclusión analítica de alto grado intelectual, sino porque se le había puesto en la cabeza. Esa agenda se mantuvo en secreto hasta setiembre 11 de 2001.
La lista de conclusiones sin base cierta viene siendo larga. Por ejemplo, que el calentamiento global no existe, que Irak tenía armas de destrucción masiva, que el huracán Katrina cayó por sorpresa, que Hamas es solo una organización terrorista, que Irán es un enemigo de la humanidad, que Chávez es un Hitler y que el mundo entero está en contra de Estados Unidos.
Esta semana mismo, se pudieron observar lo que probablemente sean las últimas erupciones del volcán Bush. Pero este puede ser el momento de mayor peligro: porque un presidente desesperado, empieza a hacer cosas desesperadas.
Promediando la semana pasada, cuando las caricaturas de Mahoma publicadas en Europa causaron serias reacciones en países islámicos, la administración Bush, inusualmente, llamó a la calma a todas las partes involucradas.
Pero algunos días más tarde, varios en el entorno presidencial se dieron cuenta de que se les había presentado una oportunidad de oro para dirigir las críticas a Siria e Irán.
Así, fue la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, la primera en sonar la alarma de advertencia: que esos dos países eran los principales culpables de la reacción islámica en contra de las caricaturas. El tema, a nivel de comentaristas políticos, sonó trucho. Nadie le dio mucha importancia al comentario. Se habló de mero oportunismo.
Luego fue el presidente mismo el que sacó a relucir sus garras: «Siria e Irán son los culpables de exacerbar la situación,» dijo. Se sintieron algunos bostezos entre los invitados.
Al día siguiente, Bush hizo un anuncio mundial de extrema importancia: su gobierno había desbaratado un ataque a Los Angeles de Al Qaeda. ¡Fantástico! Dijeron muchos. ¿Cómo, cuándo, dónde? Se preguntaron todos.
Pero la fecha del evento le quitó el viento al anuncio: el plan había sido desbaratado en 2002, gracias a otras naciones. Las servicios informativos le dieron la importancia que esa noticia merecía: de segunda clase.
Es que los comentaristas políticos ya están curados de espanto. Habiendo observado al presidente durante la aparatosa búsqueda de razones para invadir Irak en 2003, no iban a caer en la misma trampa otra vez. Hasta Irak, hacía tiempo que algo así no ocurría. Desde Irak, al presidente le quedan pocos cartuchos en su escopeta.
Cabe hacerse la pregunta: ¿por qué está tan desesperado el presidente, que tiene que buscar razones bastante tiradas de los pelos para azuzar a su gente?
El Talibán ya es historia. Saddam Hussein resultó ser un preso común. Chávez no tiene pasta de peligro mundial. A China no la puede ni tocar. Corea del Norte está moribunda. Kirchner, nunca va a ser un reto. Osama bin Laden es demasiado elusivo. Es fundamental para la administración Bush encontrar un peligro castigable pronto. Cuanto más rápido, mejor.
Pero como dijo el New York Times después del huracán Katrina: «Esta administración se está dando cuenta, de la forma más dura posible, que destruir es mucho más fácil que construir». Fallujah, el supuesto panal de avispas insurgentes iraquíes, fue aplanado de una forma rápida y eficiente: las bajas americanas apenas si alcanzaron algún par de cientos. Pero el huracán que devastó Nueva Orleans cobró más de 1.000 muertos que pudieron ser evitados.
Este año, promediando noviembre, se llevarán a cabo las elecciones legislativas para el Senado y el Congreso del país. Una rotunda victoria de los demócratas podría emascular los últimos años de la administración Bush, tornándola de un perro rabioso, a un pato.
En los últimos tres años de su mandato el presidente puede convertirse en lo que siempre fue su gran temor: ser un irrelevante. *
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