DESDE LONDRES

Irak sigue dando dolores de cabeza

«Un primer ministro británico pone su nación y sus fuerzas armadas a disposicion de uno de los presidentes más imprudentes de la historia moderna americana, desafiando los consejos de todos a su alrededor, para hacer una guerra que se probará falsa».

«Luego promoverá al jerarca de inteligencia implicado en esa falsedad y lo hará jefe absoluto de los servicios secretos del país».

Así comienza un artículo publicado este mes por Max Hastings, el periodista investigador estrella del Daily Mail, Sunday Mail y Evening Standard. La circulación de estos tres diarios en conjunto alcanza unos 20 millones de ejemplares semanales. El primer ministro al que el artículo se refiere es nada menos que Tony Blair.

Max Hastings es un perdiodista conservador especializado en temas bélicos. Para muchos lectores quedó indeleble en su memoria el día que Hastings entró a Port Stanley, capital de las Falkland Islands (Puerto Argentino, en las Malvinas) con un pelotón de soldados británicos, poco después de la rendición del ejército argentino en las islas del Atlántico sur.

Hastings fue el único corresponsal de guerra presente en la captura de Port Stanley por las fuerzas británicas. Ese día culminó una de las mejores campañas periodísticas de un corresponsal en el frente de lucha. Sus partes diarios a pocos metros del fragor de la batalla hicieron vibrar el alma patriótica de muchos ingleses durante varias semanas y hoy son leyenda.

En ese entonces Max Hastings era el corresponsal y periodista investigador del diario vespertino londinense Evening Standard. Al poco tiempo de su regreso, Hastings fue hecho editor del diario. Desde esa época que su opinión es muy respetada en círculos políticos y periodísticos londinenses, en particular sobre temas nacionales bélicos.

Para Max Hastings no existe otra campaña tan desilusionante y vergonzosa para las fuerzas armadas del Reino Unido como la guerra de Irak de 2003. Hastings la compara con la falacia de Suez, cuando fuerzas británicas, francesas e israelíes intentaron apoderarse del estratégico canal fluvial egipcio en 1956.

Aquel año la victoria anglo-francesa inicial contra las fuerzas de Gamal Abdel Nasser fue pírrica. Luego de una precaria toma del canal tuvieron que replegarse en ignominia ante la presión mundial.

También aquel año Gran Bretaña y Francia se dieron por enterados de que el poder había cambiado de manos: eran la Unión Soviética y los Estados Unidos quienes dictaban el orden mundial.

Inglaterra tardó una generacion en recuperar su prestigio en aquella región.

Pero la crítica a la actual ofensiva anglo-americana en Irak proviene también desde importantes círculos militares ingleses.

El oficial britanico Nigel Aylwin-Foster público hace poco un artículo duramente crítico de la estrategia bélica americana en Irak. La opinión de Aylwin-Foster cayó como un balde de agua fría en ambas márgenes del Atlántico Norte ya que es inusual que un oficial del ejército británico «rompa filas» tan abiertamente.

Aylwin-Foster, que sirvió en Irak en 2004, critica al ejército americano de haber hecho la situación peor con sus tácticas operativas, equivocadas para ese campo de batalla. En particular analiza como exagerada la confianza que los generales tienen sobre la tecnología bélica americana y califica como asombrosa la inhabilidad de los cuadros para pronosticar una insurgencia virulenta que cobrá más víctimas después de la guerra que durante la misma.

Pero el oficial británico va más lejos y hacia territorio peligroso: dice que es un enigma del ejército de Estados Unidos que a pesar de su «disciplina, patriotismo, deber y pasión», también se muestra «sin compasión y hasta inhumano».

Tal vez se esté refiriendo al centro de detención Abu Graib y otros a operativos similares en tierra iraquí.

Agudizando su descripción de las falladas operaciones militares en Irak, hace hincapié en el excesivo fanatismo que los oficiales norteamericanos tienen con «operaciones ofensivas» en contra de cualquier otra alternativa bélica. La inútil ofensiva que arrasó la ciudad de Falluja viene a la memoria ya que esa empresa logró absolutamente nada en contra de la insurgencia local.

Aylwin-Jones concluye que tal vez el principal error de juicio esté en el credo militar americano mismo: según éste, el énfasis está en «atacar y destruir» al enemigo.

En el caso de Irak, casi no había enemigo alguno y la destrucción cayó sobre la población inocente y las construcciones civiles, dificultando enormemente la tarea de recuperación y convencimiento de los locales.

El militar británico termina su diatriba con un concepto que no fue utilizado en Irak: que para «vencer» no es necesario «destruir». Buscar vencer al enemigo sin la destrucción de seres humanos o propiedades habilita al militar a buscar soluciones políticas más sutiles y adecuadas al teatro de batalla en cuestión.

En este aspecto, Tim Collins, otro importante militar británico que vio acción en Irak en 2003 y 2004, prestó su apoyo tácito a su colega cuando señaló recientemente que «los ejércitos británicos y americanos son muy distintos. El ejército americano es más ‘prusiano’ en su aplicación de las operaciones bélicas». Esta referencia resulta enigmática, por su obvio significado.

La opinión general militar en el Reino Unido es que la actual conducción del Pentágono de operaciones bélicas en Irak imposibilita al ejército americano de hacer frente a situaciones no convencionales o inesperadas, cayendo como resultado en un «estado de sitio» permanente.

Pero la conclusión final de Aylwin-Jones es devastadora en su envergadura: «Estados Unidos debería tener mejores soldados y menos guerreros.» *

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