Usan todo lo que tienen a su alcance para gritar su desesperanza en las calles

El "apartheid" francés

«Â¡Intifada de los suburbios galos!», «Insurrecciones incontrolables!», «¿Arde París?», ¿Al Qaeda en las puertas de la Ciudad Luz?»… Tales titulares de la prensa internacional asestaron un duro golpe al amor propio de los franceses, tan acostumbrados a dar lecciones políticas al mundo.

Pero, según los mejores expertos galos en problemas sociales, «tanta exageración» desvía la atención de las causas reales, históricas y profundas de la explosión de violencia que sacude al país desde el pasado 27 de octubre.

También los inquietan el estado de emergencia decretado en ciertos departamentos del país por el primer ministro Dominique de Villepin y la posibilidad de imponer -esporádicamente y durante sólo 12 días- un toque de queda entre las 10 de la noche y la seis de la mañana para los menores de 16 años.

Según un sondeo de opinión, 73% de los franceses aprueban esa medida, pero la clase política en su conjunto, incluyendo a miembros de la Unión por un Movimiento Popular (UMP, partido en el poder), se muestra más que prudente al respecto. Sólo aplauden la ultraderecha y el ala más reaccionaria de la derecha tradicional.

La mayoría de los especialistas también rechaza el decreto. Entre ellos destaca Hugues Lagrange, eminente sociólogo del Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS, por sus siglas en francés) y miembro del Observatorio Sociológico del Cambio, que analiza la evolución de las sociedades contemporáneas.

 

La chispa

Desde 1982, Lagrange -convertido en los últimos días en uno de los expertos más solicitados del país- estudia la temática de los jóvenes desfavorecidos.

Recalca: «Decretar el estado de emergencia en semejante contexto no me parece oportuno. Esa iniciativa tiene además el agravante de recordar una época triste de nuestra historia. Sólo se tomó una medida similar en 1955, durante la Guerra de Argelia. No creo que cambie gran cosa a nivel práctico. Es una decisión esencialmente política. El gobierno busca reafirmar la autoridad del Estado frente a desórdenes de gran envergadura. De todos modos, a nivel local los alcaldes ya tenían la posibilidad de recurrir al toque de queda. De hecho, uno lo hizo antes de la declaración del primer ministro (…). Lo más paradójico es que ese decreto se emitió justo cuando el movimiento empezaba a perder fuerza…

-¿Amenaza con reavivarse?

– Nadie puede decirlo. Este movimiento es sui géneris, espontáneo e imprevisible. Más que el toque de queda, lo que puede reactivar el incendio, que aún dista de estar apagado, podría ser un tropezón policíaco fatal. También será capital el resultado de la investigación judicial sobre las condiciones en las que murieron Bouna y Zyad. Si se demuestra que la policía es culpable de no haber asistido a una persona en peligro, se agudizará la violencia.

El fallecimiento en condiciones atroces de Bouna Traeré, de 15 años, y Zyad Benna, de 17 años, el pasado 27 de octubre, fue la chispa que prendió el polvorín en el paupérrimo suburbio de Clichy-Sous-Boi, al este de París.

Hay dos versiones de los hechos: Según los jóvenes del Barrio, un grupo de muchachos regresaba a sus casas después de haber jugado fútbol en una cancha cercana. Pasaron cerca de una obra en construcción en el momento en que un vecino avisaba a la policía sobre la presencia de ladrones en el lugar.

Los oficiales de la policía llegaron rapidísimo y empezaron a perseguir a los jóvenes, que huyeron. Tres brincaron una barda de varios metros y se refugiaron en un transformador eléctrico. Dos murieron electrocutados y otro resultó gravemente herido. La policía afirmó que nunca ocurrió tal persecución y que los jóvenes huyeron sin razón. Las autoridades gubernamentales se apresuraron a confirmar esta versión. Los muchachos reafirmaron la suya.

En la noche del 27 al 28 de octubre, Clichy-Sous-Bois se encendió. Una granada lacrimógena de la policía cayó en una sala de oración musulmana. Los disturbios se recrudecieron y no tardaron en extenderse a otros barrios.

Lagrange comenta: «La trágica muerte de las dos jóvenes fue el hecho coyuntural que desencadenó una violencia latente que todos los que trabajamos en el terreno palpamos desde hace años. ¡Tantas veces se ha advertido a las autoridades políticas sobre el potencial explosivo de los suburbios! Pero nunca se tomaron en consideración estas alertas. Por el contrario, se echó aceite al fuego.

-Usted alude a las declaraciones que el ministro del Interior, Nicolás Sarkozy, pronunció en varias oportunidades cuando visitó estos suburbios…

– Por supuesto. Cuando un ministro habla de manera deliberada de racaille (chusma) refiriéndose a los jóvenes de estos barrios, cuando promete «echárselos» o «limpiar el lugar con Kärcher» (marca de aparatos de limpieza), se agudizan todas las frustraciones. El resultado lo vemos desde hace dos semanas: los motines empezaron alrededor de París y luego se extendieron a 274 barrios problemáticos de Francia».

El balance de 11 noches de motines, publicado el pasado 8 de noviembre, es vertiginoso: un muerto, 115 heridos, mil 500 detenidos, 5 mil 315 vehículos quemados. Asimismo, escuelas, guarderías, gimnasios, oficinas de correo, delegaciones policíacas, centrales de bomberos, comercios y bodegas incendiados o parcialmente destruidos. El costo mínimo de estos daños gira alrededor de 7 millones de euros (8.2 millones de dólares).

-¿Quiénes son los amotinados? En la prensa extranjera sobre todo, y en el ámbito de la ultraderecha francesa, se habla de muchachos manipulados por grupos mafiosos o integristas musulmanes…

-Es totalmente falso, Los manipuladores son quienes afirman semejantes tonterías. Hasta los servicios de inteligencia galos subrayan que los imanes nada tienen que ver con esta revuelta. Por el contrario la Unión de las Organizaciones Islámicas de Francia (UOIF) emitió una fatwa (decreto religioso) que condena drásticamente la violencia y en varias oportunidades jóvenes islámicos vestidos con su ropa blanca se interpusieron entre la policía y los amotinados. El Consejo Francés del Culto Musulmán (CFCM) también se opuso a la violencia. En algunos barrios, los musulmanes organizan patrullas de vigilancia nocturna para impedir brotes de violencia.

-¿Qué pasa con los llamados caids, pequeños padrinos mafiosos de los barrios?

-No se meten en nada. Ni favorecen los motines ni los impiden. No es su rollo.

-¿Entonces quiénes son los rebeldes?

-Se trata de jóvenes comunes y corrientes, en su amplia mayoría franceses oriundos del Magreb y del resto de Africa. Viven en la desolación de los suburbios olvidados de París y de las demás ciudades galas. Estos adolescentes, que no tienen antecedentes delictivos, acumulan fracasos escolares.

«Obviamente, como en todos los fenómenos de revuelta callejera, hay jóvenes delincuentes que se cuelan en los enfrentamientos con la policía y causan más daños que los demás. Estos individuos aprovechan la situación para arreglar cuentas con la policía que ya los detuvo y a menudo los maltrató. Pero la mayoría de los revoltosos de las 12 últimas noches son muchachos cuya edad oscila entre 12 y 18 años. Se habla inclusive de niños de 11 e incluso de 10 años.

Los policías que arrestan a los jóvenes y los magistrados que los juzgan confirman las aseveraciones del sociólogo. Todos recalcan que la mitad de los detenidos son menores de edad y que hasta ahora nunca habían tenido problema alguno con la justicia.

 

«No hay futuro»

-Tanto en las pláticas con la reportera de Proceso como en
entrevistas para otros medios de comunicación masiva o en sus blogs, los chicos de los suburbios marginales no se expresan en términos políticos: exigen respeto y hablan de odio acumulado…

-El respeto y el reconocimiento son capitales para ellos. Por eso las palabras de Nicolás Sarkozy los irritó tanto. Dicen además que no tienen nada que perder. Los barrios donde viven son auténticos guetos, desprovistos de todo, alejados de todo, en los que no tienen futuro alguno. Estos jóvenes todavía no entran en el mercado del trabajo, pero saben que no hay espacio alguno para ellos en ese mercado.

Lagrange insiste en que es imposible entender la desesperación explosiva de estos jóvenes sin remontarse ocho años atrás:

«Entre 1997 y 2002, el desempleo se extendió mucho en Francia. Afectó a todos los jóvenes no calificados del país, pero sobre todo a los de los barrios de inmigrantes. Entre 40% y 50% de ellos nunca pudieron encontrar empleo.

«Por si eso fuera poco, en los tres últimos años ocurrió otro fenómeno alarmante: muchos jóvenes inmigrantes, que a pesar de condiciones económicas precarias habían logrado hacer estudios superiores, tampoco tuvieron acceso a fuentes de trabajo. Esta situación tiene un impacto desastroso sobre los más jóvenes.

– Al ver que sus hermanos mayores, sus primos o vecinos no llegan a ninguna parte con sus diplomas, los más jóvenes pierden confianza en el sistema escolar…

– Así es. Los que hoy incendian autos o escuelas en toda Francia están conscientes de que para ellos no hay futuro. Tienen la nacionalidad francesa, pero su cédula de identidad no les da derecho alguno. Saben que son ciudadanos franceses de segunda categoría. Viven la discriminación en carne propia todos los días.

-Francia se enorgulleció durante años de su modelo de integración republicano.

-En Francia, hasta hace poco, hablar de racismo era un tema tabú, pero ya no lo es tanto, y después de la crisis que vivimos espero que lo será menos aún. Fue sólo en 1998 que el Consejo para la Integración empezó a abordar el problema. Antes se exigía a la población inmigrante que se integrara a como diera lugar. A partir de ese año, los poderes públicos entendieron que les tocaba también echar a andar programas de integración. De manera voluntarista, se pretendió corregir a toda velocidad los errores acumulados y compensar el tiempo perdido lanzando programas de discriminación positiva (normas para favorecer a las minorías).

-¿Critica usted esa iniciativa?

– No. Me parece bien, pero llegó tarde y todavía es bastante teórica. Además, el discurso oficial de la discriminación positiva contrasta violentamente con los controles policíacos muy ofensivos que sufren los muchachos de los suburbios. Se les controla varias veces al día: al pie de los edificios donde viven, en las calles de sus propios barrios, en los autobuses -por eso queman tantos-, en las calles y el metro, cuando van de paseo al centro de París o al de otras ciudades del país, y en las puertas de las discotecas donde por lo general no se les deja entrar. Se sienten hostigados. Y lo son. Saben que se les pide identificarse porque son negros o tienen rasgos norafricanos.

 

Guetos étnicos

-Parece exasperado que se hable fuera de Francia de «Intifada de los suburbios» o de «situación de guerra civil».

-Son fórmulas lapidarias y superficiales, que no toman en cuenta la historia de la población francesa de origen migrante. Hace un cuarto de siglo que tenemos brotes de rebelión bastante similares a los que vivimos en este momento. Los primeros se dieron en 1980 y fueron muy duros. Pero con la llegada de los socialistas al poder, en 1981, nació una inmensa esperanza, se creyó en una «Francia ciclomotor».

-Quizás sería bueno precisar esa imagen.

– El ciclomotor avanza gracias a una mezcla de aceite y gasolina. Se soñó con una Francia en la que podían mezclarse armoniosamente franceses de pura cepa y franceses de la inmigración. Esa gran esperanza se frustró y hubo otra ola de violencia a principios de los años noventa. Los motines empezaron en los municipios administrados por los socialistas, que fueron acusados de no haber cumplido sus promesas.

-La explosión de estos últimos días parece más larga y más generalizada…

-Lo es porque la situación es aún más desesperada. En los últimos años se acumularon muchos más factores de desasosiego en los suburbios. Desde 1990, los obreros y la gente que trabajaba en los servicios, en su mayoría franceses de origen, huyeron de estos barrios, que ahora son habitados por una población esencialmente magrebí, africana.

«Esa población está desempleada o subempleada, subsiste gracias a ayudas sociales, como el Ingreso Mínimo de Integración o a la economía paralela. Se crearon así guetos étnicos que viven totalmente al margen de la sociedad francesa. Hay que llamar las cosas por su nombre: se trata de un auténtico apartheid. La mezcla social, que aún existe en los barrios populares de París, desapareció por completo de los suburbios y generó la situación devastadora que tenemos hoy en día.

-¿Se está alcanzando un clímax de desesperación?

-Sin lugar a duda. La explosión actual tiene una amplitud bastante impactante. Si se compara el mapa de los levantamientos que se dan en toda Francia con el de las zonas habitacionales desfavorecidas del país, se constata que coinciden punto por punto. Hay sólo dos excepciones: no se levantaron los barrios broncos de los suburbios orientales de Lyon y tampoco lo hicieron los del norte de Marsella. No tengo todavía suficientes elementos para entender por qué no se movilizaron.

-Las autoridades francesas hablan de grupos muy bien estructurados, de 10 a 15 jóvenes, con una estrategia de guerrilla urbana bastante elaborada…

-¡Por favor! Yo conozco bien el terreno. No existe el grado de organización que se describe. Estos revoltosos nada tienen que ver con las pandillas muy estructuradas que existen en Estados Unidos. Son grupitos que se reúnen en la esquina de sus edificios, están integrados por jóvenes que siempre vivieron juntos y pertenecen a un microbarrio.»No están encabezados por un jefe. Se impone el muchacho más audaz. Estos grupos tampoco tienen nombres de guerra. En algunos suburbios del suroeste de París existen pandillas que a veces se enfrentan. Pero sus peleas nada tienen que ver con las «guerras» que sacuden los barrios de ciertas ciudades estadounidenses». *

(*) Tomado de la revista

mexicana Proceso.

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