Desde Londres

Harold Pinter: dramaturgo loco

Como siguiendo la dinámica de uno de sus personajes al borde de una crisis de nervios, Harold Pinter se sacó los guantes y golpeó duro. «Matón cristiano a sueldo» le gritó en la oreja a Tony Blair. «Asesino de masas» le aulló en la nariz a George W. Bush.

Tan cerca de la cara que el vapor de su aliento se condensó en las gruesas cejas del presidente. La lengua de Pinter se había transformado en una filosa sevillana mental. Dejó tajos abiertos en los argumentos de aquellos, que todavía no han cerrado. Pero Pinter estaba viviendo su propio drama: las acciones hablan más fuerte que las palabras.

En el opresivo y claustrofóbico cuarto estaban Pinter, Bush y Blair. En un rincón con sus puños apretados, algunas palabras en la boca y una toalla sobre sus hombros, estaba Pinter. En el otro rincón, Bush y Blair con 8 portaaviones, mil misiles crucero, 500 aviones y 250.000 hombres con botas de cuero y fusiles al hombro, prontos para atacar.

Pero Pinter salió a pelear igual. A los 75 años sabía que iba a ser su última contienda. No quería ser un profesional que, como en los labios de Marlon Brando en On The Waterfront, «podría haber sido un retador y no lo fui». A los 75, Harold Pinter fue un retador que salió a pelear. Terminó contuso pero conforme. Algunas de sus piñas alcanzaron a los campeones. La marcas propinadas por el retador Pinter en aquella contienda todavía se pueden ver en las cejas y el mentón de los campeones Blair y Bush. Lo que en aquel invierno enloqueció a Pinter fue el palabrerío inverosímil de los poderosos. Utilizando los medios de comunicación internacionales Blair y Bush salieron a vender su visión nueva del orden mundial. Pinter, tomó eso como una bofetada a su intelecto y anunció al mundo «a estos dos no les importa un comino, cuántos van a morir en el camino». Detrás del retador Pinter había un millón de personas apoyándolo en silencio. Ese millón caminó todo un día por las calles de Londres una fría tarde soleada de domingo para escucharlo anunciar su reto a los poderosos desde Hyde Park, el corazón de la capital inglesa.

Detrás de los campeones no había nadie. Sólo algunos halcones agazapados en cuartos oscuros pegando graznidos de odio.

Algunos meses más tarde el retador habría perdido su pelea. El costo fue más de 45.000 muertos en Irak y más de 50 pasajeros despedazados en el subte inglés.

Uno de ellos, un brasileño con la cabeza explotada. Ese es un precio altísimo para una constitución y un juicio político en Irak. Los campeones dicen que valió la pena. Los muertos no opinan.

La contienda comenzó con buen uppercut de Tony Blair al mentón de Pinter: «El millón de personas que desfiló hoy en Londres en contra de la guerra son los números de muertos que Saddam ya mató en Irak».

Pinter se recostó contra las sogas y acusó el recibo. Por un momento, sus rodillas se aflojaron y su cuerpo tambaleó. En el ringside los apostadores se levantaron. El desenlace parecía seguro. Pinter caería. Fue allí donde sacó fuerzas de quién sabe dónde y alcanzó a gritar: «Â¡Asesino cristiano a sueldo!»

Tony Blair que se aprestaba a lanzar un segundo golpe en busca del nocaut, retrocedió. Pero todavía estaba Bush que se vino con todo: «Â¡Saddam quiso matar a mi padre!», le gritó al dramaturgo. Pero sin pegar, dio un paso atrás y se cubrió detrás de Blair.

Bush no se animó a darle una trompada verbal al viejo luchador del escenario que tiene una larga lista de guiones cinematográficos y obras de teatro bajo su cinto.

Sabía que Pinter es el Shakespeare moderno. Hoy, a casi tres años de aquel colosal intercambio, los tres peleadores, extrañamente, obtuvieron sus medallas. Los vencedores Blair y Bush conquistaron Irak. El perdedor Pinter obtuvo su Premio Nobel de Literatura. Pinter es hoy un ejemplo vivo de que es posible para una sola persona trabarse en lucha pública con presidentes y primer ministros mundiales. Es también un ejemplo de que la democracia todavía funciona. No sólo gracias a Dios, sino gracias a los peleadores que, como él, arriesgaron o dieron su vida a través de las décadas.

Al asesino Saddam Hussein es posible atacarlo con sofisticados armamentos de hierro. Pero para derribar a Harold Pinter esos argumentos no pesan más que su pluma. Dicen que el galardón literario para el dramaturgo inglés es por su larga trayectoria al servicio de la lengua inglesa. Es que Pinter, además de ser un pandillero de palabras callejeras, también supo poner palabras de amor y de inteligencia en las bocas de cientos de actores en el teatro y el celuloide desde fines de los años 50 hasta hoy. Pero la coincidencia es clara: el premio ahora es por haber luchado contra los poderosos por la mente y los corazones del público inglés y mundial.

Las películas escritas por Harold Pinter incluyen algunas que marcaron una década fundamental en la historia del cine universal y que confirmaron el talento de más de un actor. En el recuerdo estará siempre la película romántica The Go-Between (El mensajero del amor) con Alan Bates y Julie Christie.

Pero, señor lector, no se quede ahí, sentado en el ringside. Haga una pinteresqueada usted mismo. Aprenda a hacer el ridículo. Salga a gritar, infórmese, compare, actúe. Lea, luche, hable, escriba. Vaya al teatro. Júntese con la gente. Para empezar, infórmese usted mismo: www.haroldpinter.org <//www.haroldpinter.org>.

Este es el sitio oficial del dramaturgo loco. Por suerte existe el teatro. Allí, un grupo de gente, noche tras noche, se comunica directamente con su público. Hombro con hombro, verso a verso, en cuatro dimensiones. Las tres que conocemos, más el verbo. Por suerte existe Harold Pinter. «El día comenzara nublado. Hará bastante frío. A medida que pasa el día, el sol saldrá. La tarde será seca y cálida.» De «Pronóstico del tiempo» poema de Harold Pinter sobre la guerra de Irak. No es necesario escribir como Shakespeare para decir algo. *

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