La odisea de los inmigrantes clandestinos para llegar a Europa

De Camerún hasta Madrid a pie, a través del Sahara

Este peón de la construcción tuvo que atravesar Camerún, Níger, Nigeria, Argelia y Marruecos antes de llegar a España, a través del conflictivo enclave de Melilla, en el norte de Marruecos, para alcanzar la capital española, donde fue entrevistado por un periodista de AFP.

Redes de traficantes humanos, solidaridad africana, valor y coraje le permitieron franquear todos los obstáculos, o casi todos.

Ubicado en Madrid desde septiembre, duerme a la intemperie, se alimenta en los comedores de beneficencia y deambula sin papeles por Lavapiés, un barrio popular de Madrid donde se juntan inmigrantes del Africa negra, magrebíes, latinoamericanos y asiáticos.

«Soy el mayor de una familia de diez hijos de Douala (capital económica del Camerún). Allí, hago lo que puedo en las obras en construcción. Ganaba unos 60.000 francos CFA por mes (unos 90 euros). El 2 de marzo decidí ver que más podía hacer para ayudar a mi familia», afirmó.

Primero se dirigió a Nigeria y después a Níger, donde trabajó en restaurantes y jugó durante un tiempo en un equipo de fútbol en Niamey. «Pero mi situación no se arreglaba. Y volví a lanzarme a la ruta», relató.

En la frontera entre Níger y Argelia encontró «a un al-hadji (un musulmán que hizo el peregrinaje a la Meca) que hacía viajar a clandestinos» hacia Argelia, previo pago.

«Nos metieron en una camioneta. Eramos entre 25 y 30. El chofer hacía largos recorridos para evitar los controles. Después nos bajaron. Otra camioneta vino a buscarnos. Y así varias veces a lo largo del recorrido. Una vez superados los dos cuartos del trayecto en el desierto, un chófer nos abandonó», agregó.

Olivier formó entonces un grupo con otros seis compañeros, tres mujeres y tres hombres. Caminaron durante una semana en dirección de Tamanrasset. En dos días se agotaron sus magras reservas de agua y mandioca.

«Una niña cayó, con los ojos abiertos. No se movió más. Tratamos de reanimarla durante tres horas. Con el calor empezaba a supurar. Cavamos con nuestras propias manos para enterrarla. Dos días después, otro chico también pereció», recordó.

Al límite de sus fuerzas, el grupo llegó a Tamanrasset, instalándose en «un gueto» en colinas alejadas de la ciudad donde acampan los clandestinos africanos perseguidos por la policía argelina.

Tras haber «pagado el derecho al gueto al más veterano», Olivier permaneció allí durante dos semanas. Un día se topó cara a cara con un militar argelino. «¿Qué sabes hacer?», le preguntó. «Peón de la construcción», respondió. Trabajó algunos días para construir la casa del militar que lo alojó y le pagó, aunque poco. *

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje