La huelga general atravesó toda Francia
Un paro general y manifestaciones que cruzaron toda Francia el martes 4 alcanzaron una «amplitud impresionante» al decir de los analistas, que cifraron en un millón (y un poco más según AFP) el número de participantes en las demostraciones callejeras. Tal era el objetivo que se habían trazado los organizadores para imponer al primer ministro Dominique de Villepin una política de aumento de salarios para los públicos y privados y para enfrentar el creciente desempleo, los despidos en masa, las «delocalizaciones» de empresas, las privatizaciones, la precariedad en el trabajo y la pérdida del poder adquisitivo.
Todos los sindicatos y partidos de izquierda
Lo que también puso su sello fue el carácter unitario al máximo grado de la movilización, cuyo más próximo antecedente se remonta al 10 de marzo pasado. Se unieron en la convocatoria las grandes centrales sindicales: CGT (Bernard Thibault), CFDT (François Chérèque), FO (Claude Mailly), CFTC (Jacques Voisin) y los sindicatos independientes (enseñanza, correos, etc.) con los cuatro partidos de izquierda: socialistas (todos, superando su división en el referéndum sobre la Constitución europea), comunistas, verdes y LCR. París fue un mar de banderas rojas, dice una crónica sobre el tradicional desfile sindical que arrancó de la Place de la République y estuvo acompañada de 150 manifestaciones a lo extenso del país, uniendo trabajadores públicos y privados. Se registró una virtual paralización de los transportes en todas sus ramas, además de las escuelas y los servicios públicos, particularmente, pero en este caso la simpatía de la población acompañó a los huelguistas, a pesar de la caótica situación en el sistema de transportes.
Adquirió carácter emblemático la presencia de los trabajadores del consorcio informático norteamericano Hewlett-Packard a la cabeza de la manifestación. La empresa anunció un vasto plan de reestructura basado en la supresión de miles de empleos en sus filiales en el mundo, siendo Francia una de las más afectadas. Un manifestante portaba un cartel con la leyenda: «Somos el símbolo triste de los empleos que se sacrifican en pos de la rentabilidad», aludiendo a los valores en Bolsa de las acciones de HP. Sindicalistas de la matriz norteamericana de la empresa desfilaban junto a los franceses, y declararon que la misma sólo procura «empleados explotados y ultracompetitivos». En ese mismo momento Dominique de Villepin trataba de capear el temporal con una intervención de circunstancias ante la Asamblea Nacional.
Continuidad con la batalla del NO
Por sus objetivos programáticos y reivindicativos, la jornada del 4 de octubre marca una continuidad con la batalla contra el proyecto de Constitución europea de Giscard d’ Estaing, que culminó con la victoria clamorosa del NO en Francia, seguido por el rechazo de Holanda, lo que dejó trastabillando el plan de construcción europea. También en aquel caso, se produjo la conjunción de organizaciones sindicales y partidos de izquierda, que llevaron el debate al gran viento de la calle, obteniendo una formidable adhesión popular. Esta se basó fundamentalmente en el rechazo al proyecto de la Europa neoliberal y al decapitamienro de la legislación social conquistada en décadas de lucha, para tratar de hacer prevalecer el concepto de la Europa social, dando valor prioritario al trabajo y el empleo, los salarios y la legislación social, el poder adquisitivo y las condiciones de vida de la población. Los mismos objetivos que flameaban en las banderas de las demostraciones del martes.
De paso sea dicho, esta cruz de los caminos está hoy agudamente presente, tanto en Francia como en el conjunto de Europa. El problema de la inmigración adquirió ribetes dramáticos. Las escenas de los africanos que intentan traspasar al riesgo de sus vidas las alambradas de púas en Ceuta y Melilla, enclaves españoles al norte de Maruecos, resultan estremecedores. Y nadie duda de que en el trasfondo de la compleja tramitación del ingreso de Turquía a la Unión Europea subyace el problema de los inmigrantes turcos que en gran número irrumpen en los países europeos, Austria y Alemania principalmente, en busca de trabajo.
«Sordo, ciego y altanero»
Dominique de Villepin dijo el mismo martes en la tribuna de la Asamblea Nacional que había escuchado el mensaje de los trabajadores sobre el empleo y el poder adquisitivo, pero no dio señales de cambiar una política que conduce a lo contrario. El mensaje del gobierno fue caracterizado como «sordo, ciego y altanero» por parte de sectores opositores, mientras los dirigentes sindicales ya proyectan nuevas acciones, entre las que se destaca una manifestación nacional en defensa de los servicios públicos el 19 de noviembre en París. *
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