La austeridad de Joseph Ratzinger contrasta con la exuberancia de Karol Wojtyla

Benedicto XVI cerró la era de Juan Pablo II e impuso su estilo a la Iglesia

Los jóvenes católicos llegados a Colonia con el recuerdo de Juan Pablo II, mezcla de super-estrella y de abuelito cómplice, se han adaptado de buen grado a su nuevo jefe espiritual, pedagogo discreto y atento. De cierta forma, Benedicto XVI ha cerrado la era del exuberante Papa polaco en las JMJ, que les han permitido imponer a la Iglesia su estilo propio.

Consciente de ser heredero de un personaje muy querido, el nuevo Papa ha tenido que seguir sin cesar las huellas de su predecesor, haciendo aclamar su nombre y recibiendo en cada oportunidad estruendosos aplausos.

Los peregrinos, jubilosos de rodear en gran número a su nuevo jefe espiritual, dispensaron a Benedicto XVI un recibimiento caluroso, aunque no puede compararse con los delirios de entusiasmo que causaban las apariciones en público de Karol Wojtyla.

Hizo además todo lo posible por contener este entusiasmo en límites razonables. Mientras que Juan Pablo II adoraba el contacto con los fieles, Benedicto XVI limitó los baños de masas al mínimo posible.

La televisión encargada de transmitir las celebraciones públicas fue muy austera en cuanto a los primeros planos de Benedicto XVI, dando prioridad al sentido de la liturgia, por encima de lo emocional.

El Papa alemán no aprovechó la visita a su país natal para desvelar confidencias de su juventud o sus gustos personales. Cuando estuvo en Polonia, Juan Pablo II no titubeó en evocar sus partidos de fútbol y recordar a sus amigos desaparecidos.

Es totalmente justo que los aficionados a las anécdotas hayan podido enterarse a través de su entorno que Benedicto XVI, hospedado durante su estancia en Colonia en la residencia del arzobispo, cardenal Joachim Meisner, tome sus desayunos a la alemana con salchichas y patatas.

Joseph Ratzinger, de por si naturalmente discreto, está totalmente eclipsado tras su función de Papa, «de humilde obrero en la viña del Señor», como él mismo se definiera el día de su elección.

Esa humildad se une, sin embargo, a una concepción muy exigente de su misión.

En un mundo que él describe a su vez como marcado por «un extraño olvido de Dios» y por «una eclosión de lo religioso», Benedicto XVI sueña con volver a llevar a los fieles, y especialmente a los jóvenes, a la integralidad de la fe católica, y con hacerlos reencontrar el camino de la misa del domingo, unidos «con el Papa y los obispos».

El Sumo Pontífice ambiciona además relanzar a la Iglesia en una nueva evangelización, especialmente en Asia donde el cristianismo es minoritario.

Sin buscar una competencia con el carisma exuberante de Juan Pablo II, Benedicto XVI procura convencer con la palabra. «Será un pontificado de palabras, mientras que el de Juan Pablo II fue un pontificado de gestos», predijo el portavoz de la Santa Sede, Joaquín Navarro-Valls.

«Cada Papa es diferente», comentó el cardenal Angelo Sodano, secretario de Estado del Vaticano, ante algunos periodistas.

«Cada uno de los 12 apóstoles era diferente, pero todos eran servidores de Cristo», terminó diciendo el purpurado. *

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