"Walesa fue el líder de las tropas; su comandante estaba en el Vaticano"
«Antes de la elección de Karol Wojtyla, éramos apenas unas cuantas decenas de personas en Polonia las que queríamos luchar contra el comunismo», recuerda Lech Walesa. «Pero cuando se convirtió en Papa, cuando llegó a Polonia por primera vez como Juan Pablo II y dijo en 1979 su famosa frase «Â¡No tengáis miedo!», éramos ya millones los que creíamos en esta lucha», rememora el ex dirigente sindical.
Un año después nació Solidaridad, el primer sindicato no comunista de Europa del Este, que fue posteriormente prohibido bajo la ley marcial de 1981 y sus dirigentes detenidos.
El Papa temió, por las informaciones que poseía, una intervención soviética y el presidente polaco de la época, el general Wojciech Jaruzelski, justificó la represión contra los manifestantes opositores como un mal menor ante ese peligro. Discretas conversaciones entre la Iglesia y las autoridades comunistas condujeron al levantamiento de la ley marcial quince meses más tarde.
«Walesa era muy fuerte porque sabía que el Papa estaba a favor de Polonia, recuerda el padre Kloch. Solidaridad era muy fuerte porque sabía que el Papa estaba con nosotros, con todos los que apoyaban a Solidaridad», recuerda un sacerdote polaco.
Es obvio que Karol Wojtyla, quien se convirtió en Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, tuvo su papel en la caída del comunismo en el férreo bloque de Europa del Este, según afirman hoy algunos historiadores. Muchos lo bautizaron como el «Angel Exterminador del Comunismo».
«… Solidaridad, considerado como un solo grupo y en sus distintas facciones, se está preparando para chantajear a las autoridades nuevamente, planteando varias exigencias de índole política… Walesa y los extremistas… el mismo Walesa y el clero católico que lo respalda, no tienen ninguna intención de reducir la presión… No deberíamos ignorar la eventualidad de que los extremistas puedan tomar el control de Solidaridad, con todas sus consecuencias obvias…».
Estas fueron las advertencias del Politburó del Partido Comunista de la Unión Soviética en una evaluación del poder de la Iglesia Católica dos años después de que Karol Wojtyla se convirtiera en Sumo Pontífice. La verdad es que las huelgas que sacudieron a Polonia en el verano de 1980 no eran simples huelgas: eran insurrecciones políticas de la contrarrevolución, según las definió Brezhnev, recuerda Carl Bernstein, el reconocido periodista que investigó el caso Watergate.
Este movimiento, al igual que todas las revoluciones sociales históricas, combinó una constelación de fuerzas de formidable poderío: los trabajadores, la intelligentsia y la Iglesia, las cuales jamás se habían unido de manera tan decisiva en un país comunista. Lo que las unió fue la mano guía de Juan Pablo II. El Papa polaco entendía a su país mucho mejor que los dirigentes que se hallaban en Moscú. El instrumento que avasalló a los comunistas de Polonia fue Solidaridad, la primera alianza de trabajadores en un estado de los trabajadores, afirma el periodista al analizar la participación del Papa en la caída del socialismo.
Lech Walesa, un electricista de Gdansk, fue el líder de las tropas de la unión en el campo de batalla; pero su comandante general se encontraba en el Vaticano asegurándose de que esta revolución de trabajadores se mantuviera pacífica.
Si hubo un solo hecho que le imposibilitó a la Unión Soviética una invasión de Polonia similar a las que realizó en Hungría en 1956 y en Checoslovaquia en 1968, fue la presencia de este Papa polaco en el trono de Pedro. Sin embargo, no fue simplemente la nacionalidad de Juan Pablo II lo que mantuvo a distancia a los militares soviéticos; sino que fue la manera en que el Papa utilizó su poder espiritual, dándole la eficacia de un arma geopolítica, sostuvo Carl Bernstein en su análisis. *
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