La dos caras de los evangelistas
Durante las últimas dos décadas los cristianos evangélicos se han convertido en una verdadera fuerza de la naturaleza en la política estadounidense. Ellos mismos sostienen que han proporcionado a George W. Bush los votos que le valieron la victoria en las elecciones de 2004, gracias a una combinación de celo religioso, sofisticación tecnológica, destreza en el mercadeo, creatividad en la recolección de fondos y estructuras organizativas autoritarias que ha servido para construir la máquina política más eficaz de la actualidad en Estados Unidos.
El hecho de que Estados Unidos constituye un imperio global y de que el movimiento evangélico tiene un alcance mundial, ha permitido que un puñado de líderes evangélicos, que han formado una extraña pareja con sus aliados, los políticos neoconservadores, ahora ejerza una influencia fundamental en el curso de los acontecimientos internacionales.
En una época de ansiedad e incertidumbre, con las lealtades hacia con la familia, la comunidad, la compañía y la nación que se están desmoronando ante las fuerzas inexorables de la globalización y con las principales confesiones religiosas demasiado tímidas para crear una alternativa convincente, los evangélicos ofrecen aparentemente estructuras sólidas de creencia y pertenencia, certidumbre y autoridad.
Algunos líderes evangélicos han buscado cobrar los créditos obtenidos al ganar elecciones para los políticos que dicen representarlos y exigen la instalación de lo que vendría a ser una teocracia en lugar de una democracia. Ese régimen incluye una draconiana estructura legal basada en los Diez Mandamientos, un repudio a la razón y a la ciencia en cuestiones que van desde la teoría de la evolución hasta el cambio climático, una reafirmación de la autoridad masculina y de costumbres puritanas tanto en la vida personal como en la pública, así como una militante intolerancia hacia las diferencias en comportamientos y creencias.
Sin embargo, sabemos muy poco acerca de quienes son esos evangelistas y en que creen.
Billy Graham, padre del evangelismo estadounidense moderno, recientemente expresó pesar por no haber podido tener un papel más activo en la lucha por los derechos civiles en la década del 90. Luis Palau, un bien conocido predicador evangélico y amigo cercano de Graham, afirmó «que el cambio viene de la convicción personal, no de la cristianización de una nación. Todo cambio, históricamente, viene de abajo hacia arriba».
Por otra parte, existen divisiones dentro del movimiento evangélico que, si se desarrollan, podrían hacer surgir potentes alianzas con no evangélicos para hacer frente a desafíos globales como los de la pobreza y del cambio climático. La National Association of Evangelicals (NAE), la mayor asociación estadounidense de iglesias evangélicas de Estados Unidos, con 50 mil congregaciones y 30 millones de miembros, recientemente completó un proceso de varios años para definir una amplia agenda política que va más allá de asuntos como el aborto y el matrimonio entre homosexuales.
La NAE ha formulado un llamado a la responsabilidad cívica en el que traza con el lenguaje de la teología cristiana una serie de valores y prioridades a fin de promover una agenda nacional y global notablemente similar a la de muchos seculares progresistas.
El año pasado, el NAE ha emitido dos documentos en los que hizo llamados a favor de la sustentabilidad ambiental, del fin del racismo y de un énfasis en la defensa de los derechos humanos y de la justicia social. El documento declara que «nuestro uso de la Tierra debe ser destinado a conservarla y renovarla en lugar de agotarla y destruirla». Asimismo, esos llamados condenan las crecientes disparidades económicas y reclaman que la política exterior estadounidense tenga como una de sus preocupaciones centrales la reducción de la pobreza. «Dios mide a las sociedades por el modo en que ellas tratan a la gente de abajo.» La NAE también exhorta a una solución pacífica de las disputas y al uso de la guerra sólo como último recurso. También manifiesta su respaldo a la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Richard Cizik, vicepresidente de la NAE para asuntos gubernamentales, causó un revuelo meses atrás cuando hizo manifestaciones a favor de medidas obligatorias para reducir la contribución de Estados Unidos al calentamiento global en nombre del «cuidado de la Creación».
Los evangélicos también han sido una importante fuerza impulsora en el Jubileo 2000, una campaña interreligiosa para persuadir a las principales naciones industriales de la necesidad de perdonar la deuda del Tercer Mundo.
Nadie puede establecer con seguridad cuanta convergencia potencial podría haber entre algunas partes del movimiento evangélico y los progresistas en algunos asuntos clave. El desafío para los progresistas, a quienes les faltan los números, los recursos o la organización para hacer realidad sus prioridades, es el de concretar sus propuestas en un esfuerzo conjunto con sectores evangélicos que tienen similares preocupaciones sociales. En lugar de exigir tener a «Dios de nuestro lado» en una guerra santa de unos contra otros, tanto progresistas como evangélicos podrían estar «del lado de Dios» al dejar de lado sus diferencias y al arrimar el hombro juntos en empresas por el bien de la humanidad. *
(*) Mark Sommer conduce el premiado internacionalmente programa de radio «A World of Possibilities» (Un mundo de posibilidades) y es el fundador y director ejecutivo del Mainstream Media Project. (COPYRIGHT IPS)
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