La soledad de Estados Unidos
¿Puede Estados Unidos perder otra guerra? Los hombres y mujeres del Departamento de Estado, la Casa Blanca y el Pentágono tienen una asombrosa capacidad para negar la realidad. Dueños de un aparato de información y propaganda universal, están convencidos de que ellos no exponen la verdad, sino de que la inventan. Están seguros de que cuanto dicen es la verdad, sin discusión posible. Así por ejemplo, nunca perdieron la guerra de Vietnam: decidieron retirarse cuando así convino a sus intereses; no quisieron mantener una lucha armada en la que 2 millones de vietnamitas -soldados hombres y mujeres, niños y niñas- dejaron la vida junto con 80 mil estadounidenses. El costo fue atroz para unos y otros. El revulsivo fue el hartazgo de la población de Estados Unidos, aterrada por la carnicería. Si ciertos grupos de presión y de interés pueden modificar la información favorable al gobierno, existe de manera paralela una opinión pública fraccionada pero capaz de modificar las decisiones más importantes del gobierno cuando encuentra un punto o tema de acuerdo. Tal fue el caso de Vietnam y, de manera aún confusa, de manera negativa, empieza a consolidarse una opinión contra la ocupación de Irak, manifestada por una caída vertiginosa de la popularidad de Bush.
La mezcla de moralidad puritana y de interés nacional produce unas soluciones egoístas y difíciles de manejar por el gobierno de Estados Unidos. Reducir la guerra de Oriente medio -Irak, Afganistán, por ahora- a los mil 500 muertos y 15 mil heridos estadounidenses saca el problema de su dimensión real. Puede ser que los neoconservadores miren la situación con alguna indiferencia o benevolencia si se comparara con el conflicto que podría generar una auténtica crisis petrolera, máxime que los republicanos no tienen ninguna elección a la vista. Con todo, se advierte la inquietud de la diplomacia estadounidense ante una situación que parece írsele de las manos, manifiesta en el malestar de sus aliados ante lo prolongado de esta guerra que, como todas las emprendidas por Estados Unidos, no quiere reconocerse como tal.
La inquietud parece haber repercutido en el aliado más fiel, en el Reino Unido, donde han encontrado, con una habilidad ya tradicional, una escapatoria de Irak en la presidencia de la Unión Europea. La cada día más aguda rivalidad entre Gran Bretaña y Francia encontrará un apoyo en la antipatía manifiesta de Estados Unidos por este último país y en su reticencia por el estilo de la política exterior francesa y su inevitable petulancia. Tony Blair volvió a plantear el distanciamiento con el eje franco-alemán a propósito de la orientación que debe darse a la política europea, asumiendo el premier inglés un papel de modernizador frente a la vieja Europa -léase otra vez en primerísimo lugar Francia-, aferrada a una agricultura atrasada y a un sistema social más atrasado aún, adonde no ha llegado todavía una Margaret Thatcher capaz de meter a los sindicatos en cintura. Los problemas de Europa le conceden a Bush y a Condoleezza Rice un respiro en el plano internacional.
Son demasiado obvios los planteamientos del presidente estadounidense para no terminar por ser transparentes: la apología desmedida de las fuerzas armadas de Estados Unidos, el llamado a la primacía mundial, la creación de una política tras la cual esconder la impopularidad generada por la guerra, la crítica de aliados hasta hace poco incondicionales como Arabia Saudita, incluso puntos que llegan al ridículo como la grotesca campaña contra el presidente Vicente Fox -pues sería demasiado bobo que fuera contra México- a propósito de una emisión de sellos de correo.
Cuando se les tuerce una campaña militar como la de Afganistán, de la que se sabe poco, por no decir nada, no se reconoce la incompetencia de hombres como Wolfowitz, con sus lecciones mal aprendidas en los manuales de Leo Strauss, sino que se los saca discretamente del panorama, ahorrándose cualquier crítica de terribles alcances.
Resulta curioso que la primera potencia del mundo deba recurrir a operaciones de marketing para justificar medidas que en cualquier otro país serían simplemente democráticas, tomadas por mayoría. No se trata de su sistema de check and balances, para su suerte siempre en vigor, sino del temor a una opinión pública amenazante, capaz de destruir a cualquier político que no acepte el sistema de intimidación vigente. *
* Tomado en acuerdo con la revista mexicana Proceso
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