El gran terror o la nueva encrucijada inglesa
«Agarramos a los bastardos» gritó en su primera página el periódico popular inglés The Sun, al día siguiente del arresto de tres de los cuatro presuntos terroristas miembros de la segunda ola de atentados en Londres.
La prensa popular inglesa es un mastín rabioso de dura masticada y cuerda larga. Pocos son los famosos que no tienen la cicatriz de uno de sus tarascones en la nalga o muslo.
También se ha visto la mutilación o la muerte de más de una personalidad cuando su frenético ataque es en jauría.
El más reciente fue el científico inglés que secretamente informó a la BBC que Irak no tenía armas de destrucción masiva. La voracidad periodística que despertó, lo llevó a su suicidio. Esa misma vorágine fue la que desató la persecución automovilística que dejó a la princesa Diana incrustada contra la columna de un túnel parisino.
Cualquiera puede caer víctima de esta endemoniada lucha por la venta de un diario más. Ni siquiera es necesario ser famoso.
Si alguien no es carne de cañón para la primera página, no importa. Será entonces desecho humano para rellenar cualquiera de las páginas interiores.
En el Reino Unido, la prensa popular inglesa, con asiento en Londres, engendra y ejecuta políticos, decide reputaciones, destroza personalidades públicas y privadas, crea y luego pulveriza celebridades del cine y arrastra por el piso a las de la televisión. Es la reencarnación histérica y moderna de un milenario coliseo romano.
La muchedumbre de las calles de las megalópolis británicas consumen ávidamente esta fiera mezcla de periodismo popular que cruza entre «crónica roja» moralista y titilante chismerío social. Sexo y crimen es la combinación preferida. Sexo y política también sirven.
En Londres «la política por medio de prensa» es más importante que el Parlamento mismo. Los miembros de éste solo redactan leyes. Es la prensa quien las crea, las exige rabiosamente y las hace aprobar bajo amenaza de su temible mordizco.
Para Tony Blair y sus ministros, las consecuencias de un ataque simultáneo y coordinado de la prensa popular inglesa sería mil veces más desvastador para su gobierno, que el ataque simultáneo y coordinado de cuatro terroristas islámicos en el subterráneo londinense. En el primer caso, Blair no duraría ni una semana.
Pero algo pasa ahora en Londres. A pesar de los rabiosos titulares y artículos que denuncian el claro y presente peligro islamita en la ciudad, los culpables no aparecen con las manos en alto. El gobierno sigue de cerca la opinión de los medios de prensa como es de costumbre y al día siguiente de cada titular frenético, se anuncia una nueva ley que cubre con creces al titular del día anterior.
Pero la sensación es que esta vez la «política por medio de la prensa» no parece causar el miedo acostumbrado. ¿Qué está pasando?
Hay una nueva y tenebrosa realidad en Londres. Hace años que está en gestación pero irrumpió con todo su terror y alevosía un día en julio del corriente año, cuando cuatro jóvenes islamitas de buena condición social y familias pudientes, se explotaron con cinco kilos de peróxido de acetona cada uno en las calles y túneles londinenses, paralizando de miedo a la ciudad.
A estos cuatro muchachos británicos les importó un rábano el poder destructor de la prensa inglesa, el «que dirán» de la sociedad inglesa, la pompa del parlamento inglés, la milenaria monaquía inglesa o la fama de James Bond.
Todo a su alrededor reventó en mil pedazos y se hizo añicos. Lo harían una y mil veces más. La moralidad y el consenso político que gobernaron los últimos cien años de Inglaterra, no parecen tener el mismo efecto frente a este tipo de personas.
Esta es una realidad que incluye de repente a millones de británicos de distinto color, religión y cultura: son las minorías ignoradas del siglo XX, son la segunda generación frustrada de los resabios de lo que una vez fue el Imperio Británico. Hasta julio, todos pensaron que, como buenos súbditos, la alianza de las minorías era con su majestad la reina Isabel II de Inglaterra. Ahora no están tan seguros.
Este es el gran terror que invade hoy al Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. Este es el gran terror que vive Londres.
La prensa inglesa incluye el Sun, Sunday Times y el Times, los tres parte del poderoso conglomerado Murdoch que, junto al Daily Mail y a los archiconservadores Daily Telegraph y Sunday Telegraph, controlan desde hace cien años al 70% de los lectores del Reino Unido. La izquierda tradicional inglesa está representada por el Mirror con 1.7 millones de circulación. Los centristas rezagados incluyen al Guardián, Observer e Independent.
El agresivo The Sun tiene un tiraje diario de cuatro millones de ejemplares y es ampliamente leído por la clase trabajadora conservadora del Reino Unido. Su gran competidor es el Daily Mail, también conservador pero sus lectores tienen un poder adquisitivo más alto y pertenecen a la bien plantada clase media inglesa. Su tiraje diario es de dos millones.
Ambos luchan por representar «la mente y el corazón» de la mayoría de los ingleses. No es posible llegar a ser primer ministro británico sin el apoyo decisivo de uno de estos dos órganos de prensa.
Enero 1997: es evidente que al gobierno de John Mayor le quedan pocos meses de vida. El electorado está cansado y desilusionado después de 18 años de gobierno unipartidario Conservador, que había empezado con Margaret Thatcher en 1979. Se avizora un cambio inevitable.
A trecientos metros del Parlamento, en las oficinas de la campaña electoral del partido laborista, Alister Campbell, secretario de prensa de Tony Blair y ex editor del diario de izquierda The Mirror, mantiene conversaciones telefónicas secretas con representantes del grupo Murdoch. Campbell conoce la maquinaria de la prensa popular inglesa al dedillo.
El acuerdo es que The Sun y otros importantes medios de comunicación del conglomerado News International de Murdoch, apoyarían la candidatura de Tony Blair bajo la promesa de que su gobierno seguiría con una línea económica liberal moderna, sin trabas de izquierda a ultranza. Blair sella el trato con la condición de que también apoyarán un programa socialista renovador para los servicios internos del país.
Algunos meses después, en un simbólico 1º de Mayo, Tony Blair es elegido primer ministro del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte por mayoría abrumadora.
Desde ese día, para el gobierno de Blair la prioridad fue y será siempre mantener contenta a la prensa conservadora inglesa. Hoy, Blair goza de un logro que siempre evadió a los líderes laboristas de los últimos cien años: ser votado primer ministro por tercera vez consecutiva.
Nunca escapó al «Nuevo Laborismo» de Tony Blair que durante el último siglo su partido solo gobernó al país poco más de veinte años. O cambiaban su postura o serían oposición irrelevante para siempre. Hoy son poder casi absoluto.
En su pacto de poder con la prensa Murdoch y su alianza con la Guerra del Terror de George W. Bush, Tony Blair nunca se imaginó de las posibles consecuencias internas de una guerra con Irak. Cuál será el precio ahora de su tiempo récord en el número 10 de la calle Downing, nadie lo sabe.
Lo que sí se sabe es que ahora hay grupos británicos y extranjeros que no le tienen miedo a la prensa popular inglesa: se manejan con internet. *
(*) Periodista y guionista uruguayo radicado en Londres
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