Tren expreso al abismo: última parada, Londres

Dos hombres de apariencia norteafricana conversan en voz baja en un café de Notting Hill, a dos cuadras del Peabody Estate, uno de los conglomerados residenciales de alquileres bajos en esta zona al oeste de Londres.

En el bar se escucha un murmullo en árabe. Es difícil distinguir las palabras de los clientes. A los diez minutos un hombre de raza cruzada entre caucásica y paquistaní pide un café y se sienta a leer un diario islamita a dos metros de los norteafricanos. Pero su actitud es sospechosa. Lo que es más, la actitud de todos en este bar es sospechosa. Se produce un silencio hasta que los dos norteafricanos deciden irse. Una vez en la calle, caminan en direcciones opuestas.

Según fuentes estatales hay varios centenares de terroristas suicidas preparados para la muerte en Londres. Sólo falta la orden coordinada y los materiales necesarios para otra acción como la Julio 7 o peor.

El «escenario pesadilla» de una insurgencia islamita en Londres parece estar a punto de explotar. El apoyo logístico de explosivos, detonadores, financiamiento y entrenamiento sería provisto por los cientos, sino miles de simpatizantes de la causa islámica en Londres.

Irak fue la gran esclusa que inundó la mente de muchos jóvenes desafectados de la capital inglesa y otras ciudades de Inglaterra. Los agentes de Al Qaeda sólo tienen ahora que apretar el botón de control remoto desde las cuevas de Tora Bora, desde Paquistán o el Sudán. La acción se ejecutaría en Londres.

Ante esta realidad, cunde el pánico a nivel estatal británico si bien en la superficie todo parece seguir como siempre. Pero los 6.000 efectivos armados que siguen patrullando las calles de Londres son difíciles de disfrazar. Las medidas y las amenazas de represión anti-ultraislámica se suceden sin tregua.

Mientras tanto, el ministro del Interior Charles Clarke se fue de vacaciones la semana pasada. Tony Blair hizo lo mismo sobre este fin de semana. Tal vez se trate de una táctica del primer ministro que busca mantener un halo de normalidad en la ciudad. Está fracasando.

Agosto 7, Domingo de mañana. Después de una semana de lluvias y mal tiempo, amanece soleado en la capital: es una linda mañana dominguera de verano inglés. Millones de familias se disponen a tomar su desayuno. Sobre la mesa golpean fuerte los principales titulares del día. Es imposible ignorar a la prensa inglesa. Muchos de ellos salieron hoy con dramáticos enfoques.

The Independent: «Jefes de Inteligencia advierten a Blair de una ‘insurgencia’ en el Reino Unido», anuncia su primera página a todo tamaño. Sus puntos principales señalan que «se sospecha nueva ola de atentados» y que hay «miles de islamitas jóvenes ya entrenados».

Sunday Times: «Investigación especial: dentro de la secta que ama el terror». El autor descubre que en una de las reuniones de la secta ultra derivada de Al-Muhajiroun se habló de los terroristas de Julio 7 como «esos cuatro muchachos fantásticos».

Sunday Mail: «El enemigo está en casa» grita un titular que individualiza a un tal Abu Uzair como agente del ala política insurgente. En su editorial principal, para que no queden dudas, resume: «Desterremos a lo apóstoles del odio».

El desayuno dominical tiene ahora el perfil de un trastorno estomacal. Hombres y mujeres ingleses miran por la ventana y ven densos nubarrones en el horizonte. Es raro, el noticiero de la mañana dice que va a ser un día estival perfecto, sin una sola nube.

Domingo 7, tarde. Hora: secreta. Lugar: aeropuerto militar de Northolt. Aterriza en Londres el presunto sospechoso de los atentados de Julio 7. Llega en un jet ejecutivo de alquiler privado licenciado en Suiza. Se trata de Haroon Rachid Aswat. Conocido como «el guardaespaldas de Osama bin Laden». Aswat es un inglés de turbante nacido en Dewsbury, arrestado en Zambia y extraditado en tiempo récord.

Lunes 8. Oficinas de la BBC. Está pronto para salir al aire el primer informativo del día. La noticia principal: el ministro de Justicia inglés lanza una amenaza genérica a la población. «Condenaremos por alta traición a los profetas del terror», dice el ministro. Este comentario precede la críptica declaración de Blair la semana pasada que decía «las reglas del juego han cambiado». Nadie lo dice, pero teóricamente el centenario delito de «alta traición» tiene aún una condena de muerte en Inglaterra.

En una edición del noticiero nocturno de «Newsnight» de la BBC, hace dos días, una periodista inglesa entrevistaba a una representante islamita que vestía un atuendo típico de su religión. Estaban en las calles de Bethnal Green, un barrio al este de Londres con población mayoritaria del Cercano Oriente y Paquistán. De pronto un caucásico irrumpe en pantalla entre las dos mujeres y grita desaforado: «Â¡Asesinos! ¡Todos los árabes! ¡Asesinos!». La mujer islamita se echa a llorar y dice: «Esta ciudad se está volviendo loca».

Otra noticia de la prensa inglesa: un grupo de cien caucásicos persigue y golpea a tres asiáticos. Edad de los involucrados: entre los once y catorce años. Lugar del incidente: un colegio secundario en Oldham, centro de Inglaterra.

La población británica espera con aprehensión la próxima movida de los terroristas de Al Qaeda. La puja se está transformando en un juego de ajedrez de enormes consecuencias. A cada movida de uno lo sigue otra de su opositor. Los jaques se suceden enloquecidos: uno le costó la vida a 52 londinenses. El otro le costó la vida a un brasilero. Nadie sabe quién va a dar el próximo jaque.

Lunes 8. Mediodía. Se informa que un grupo de oficiales de policía de la metrópolis londinense está en Brasil. El objetivo: pedir perdón por el asesinato erróneo del electricista de Gonzaga, Minas Gerais. La idea es hacerle un primer pago a la familia del occiso. Algunos en Londres se preguntan: ¿por qué esta velocidad por cerrar el caso?

En comentarios de la radio, la prensa y la televisión, se nos recuerda que 11 de los 19 suicidas de las Torres Gemelas y el Pentágono, incluido su líder Mohamed Atta, vivieron en Londres durante algunos meses previos al atentado. Dicen también que Richard Reid, el «bombardero del zapato», era británico y que Asif Mohammed Hanif, el primer suicida totalmente foráneo que se explotó en un bar en Tel Aviv en 2003, era inglés, nacido en la ciudad de Derby.

Por ahora la guerra del terror se está peleando a nivel de los servicios de seguridad en Londres. Julio 7 y Stockwell fueron sólo una escaramuza donde algunos civiles fueron alcanzados.

El problema para la sociedad inglesa es que toda la información relativa a los ataques de Julio 7 y las medidas estatales necesarias para hacerles frente proviene analizada por las mismas personas que hace dos años dijeron que Irak tenía armas de destrucción masiva y que un electricista brasilero era en realidad un terrorista suicida de origen paquistaní. Tamaños yerros en el procesamiento inteligente inglés son muy inusuales y no le ofrecen ninguna confianza a la población.

La sociedad inglesa que todos conocemos no admite más errores. Ahora se está jugando por una apuesta mucho más grande: la preservación de la Inglaterra churchilliana de la posguerra. Para muchos el futuro está fuera de toda duda: no va a ser igual. Pero nadie sabe qué va a quedar en su lugar. *

* Periodista y guionista uruguayo radicado en Londres

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