De Hiroshima a las Torres Gemelas
EL MAYOR acto terrorista de la historia humana: así ha sido definido el lanzamiento de la primer bomba atómica sobre Hiroshima, del cual se están cumpliendo 60 años, repetido el 9 de agosto en Nagasaki. Hoy está claro que no estuvo determinado por necesidades militares (en Europa el nazismo había capitulado, y Japón, derrotado en todos los frentes, estaba al borde de la rendición) sino por la voluntad de predominio de la potencia norteamericana en el mundo de postguerra que asomaba tras los acuerdos suscritos en Potsdam por Stalin, Atlee y Truman.
El mayor acto terrorista
Mientras esa reunión estaba en curso, Truman ya había firmado la orden de lanzar la bomba atómica «no antes del 6 de agosto». Historiadores norteamericanos y rusos coinciden en que la inminente entrada de la Unión Soviética en la guerra del Pacífico precipitó la decisión estadounidense. Por lo pronto, destacamentos considerables del ejército rojo ya habían sido dislocados de Europa a Manchuria.
Se ha escrito también que Estados Unidos, responsable de esa acción terrorista máxima, sufrió el 11 de setiembre de 2001 el impacto de otra nueva forma de terrorismo que está grabando su sello trágico en el planeta en estos inicios del siglo XXI.
El fenómeno ha alcanzado una extensión inusitada. No hay prácticamente zona del mundo que le sea ajena, y un día tras otro nuevos actos de un terrorismo que no se detiene ante ningún límite agreden nuestra conciencia.
Las mortíferas invasiones a Afganistán e Irak, las torturas en Abu Ghraib y Guantánamo, las matanzas diarias en Irak, el arrasamiento de ciudades como Faluya, tienen como contrapartida, las masacres indiscriminadas en el metro de Madrid, luego los reiterados atentados en Londres, y un largo rastro de sangre que se renueva sin cesar. Un soldado israelí fanático mata a cuatro árabes israelíes en territorio de Israel, y a la vez es linchado por una multitud encolerizada, todo a esto a dos semanas de la evacuación israelí de la franja de Gaza, razón por la cual un grupo de rabinos extremistas celebró una ceremonia (esto lo vimos con horror) de maldición y de muerte contra Sharon, deseándole la misma suerte que al asesinado primer ministro Yitzaj Rabin.
Este itinerario del horror, al cual pueden agregarse muchos hechos, se registró en apenas unos días. Lo más grave es que, por parte de los gobiernos de los países que son los principales ejecutantes del terrorismo de Estado, sólo se piensa enfrentar estos actos demenciales con la exacerbación de medidas terroristas y el aumento de la represión y la pérdida de las libertades civiles que afectan ya a las poblaciones de esas naciones.
Remedios peores que la enfermedad
Dos ejemplos flagrantes de ello son las decisiones que acaban de adoptar los gobiernos de Gran Bretaña y Estados Unidos.
Ya se sabe que Bush reclama la extensión prácticamente indefinida de la Patriotic Act, que coarta gravemente los derechos ciudadanos, instaura toda forma de espionaje, de violación de correspondencia y escuchas telefónicas y hasta de los libros consultados en las bibliotecas, amén de mantener cientos de personas presas sin informar a nadie y sin derecho a la defensa. En Gran Bretaña, mientras el alcalde de Londres Ken Livingstone dice que la única manera de librarse del terrorismo que los golpeó por duplicado es retirar las tropas de Irak, Blair acaba de lanzar un decálogo de medidas draconianas, para expulsar del país (por voluntad exclusiva del ministerio del Interior) a personas que supuestamente profesan ideas proclives al terrorismo.
Asimismo, se facilitará la extradición de los sospechosos, se despojará de la ciudadanía británica a los que la tienen, se elimina el asilo político y se establece un período de detención provisional de sospechosos antes de su inculpación.
Se prohibirá la existencia de determinados grupos considerados extremistas (sobre todo integrados por musulmanes) y se proyecta la prohibición de los lugares de culto a los que se atribuye esa condición, expulsando del país a sus dignatarios religiosos (imanes). Incluso se propone enmendar la legislación sobre derechos humanos, sometida a la respectiva Convención Europea de DDHH, para facilitar la expulsión de los indeseables. Dijo también Blair que le preocupan los inmigrantes que no aprendieron a hablar inglés.
Una conclusión
Huelga señalar que medidas de este tipo (y otras, como las amenazas a Irán) sólo lograrán agravar la enfermedad. La vida habrá de demostrarlo pronto.
Por el contrario, la conclusión lógica y humana es que no se puede combatir el terrorismo con medidas terroristas, bélicas o presuntamente jurídicas. Es un problema de civilización y de cultura, y atañe a la humanidad en su conjunto. Nadie puede ser indiferente. *
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