Hiroshima y Nagasaki
Impresionan las fotos contrastadas de las ciudades virtualmente borradas del mapa, antes y después del bombardeo atómico. En particular de la zona desolada donde se ubica ahora el Museo de la bomba atómica de Nagasaki, o en el entorno de la gran catedral de Urakami. Hay tomas patéticas de los primeros muertos, de los lesionados con la mirada perdida, el cadáver de un niño calcinado, de un caballo con el carro, la sombra de un ser humano tallado en piedra. Los niños dibujaron lo que vieron en esos instantes terribles. Por todas partes aparecen grullas de papel coloreado, un símbolo diseminado en el Parque conmemorativo de Hiroshima, que fue reproducido por niños de nuestras escuelas en esta exposición patrocinada por la ANEP, el Consejo de Secundaria, varias escuelas y situada bajo el emblema de la Unesco.
Uranio 235 y Plutonio 239
Las muertes provocadas en primera instancia por las bombas, por efectos del calor, la onda expansiva y la radiación, se sitúan en el orden de los 140 mil en Hiroshima, donde se utilizó el Uranio 235 en la bomba llamada Little Boy (el pequeño). Los edificios destruidos fueron 76 mil. A Nagasaki se le destinó el Plutonio 239 en la bomba Fat Man (el gordo) que provocó 74 mil muertos y 51 mil edificios destruidos. Esos fueron los efectos inmediatos, pero las consecuencias funestas se seguían manifestando medio siglo después. La exposición señala que la radiación les comía el cuerpo por dentro a los que habían estado expuestos a la misma, las madres embarazadas dieron a luz hijos muertos, miles experimentaron lesiones agudas, hemorragias subcutáneas, pérdida del cabello y otros efectos secundarios.
Cada una de las bombas atómicas como las que el Enola Gay y sus acompañantes detonaron sobre las ciudades japonesas tenía el poder destructivo de 4000 bombas lanzadas por los B-29, del tipo que los yankis siguieron utilizando después en la guerra contra Vietnam. Hoy, según datos del SIPRI de enero 1996, el arsenal de armas estratégicas no baja de 21.567 bombas, contando solamente las que están en manos de los cinco países integrantes del Consejo de Seguridad (EEUU, Rusia, Francia, Gran Bretaña y China). Hay que agregar las armas nucleares en poder de India y de Pakistán (dos países con episodios de confrontación frecuentes entre ellos), más las que posee presumiblemente Israel, más las que aspira a fabricar Irán, que por tal motivo está sometido a ingentes presiones de las potencias nucleares.
Potsdam y el primer acto de la guerra fría
Derrotado el nazismo en Europa, entre el 17 de julio y el 2 de agosto de 1945 se reunieron las potencias antinazis en Potsdam, capital de Brandeburgo, al sudeste de Berlín, en el castillo de los antiguos reyes de Prusia (que habían recibido a Voltaire como huésped). Hoy alberga un museo que guarda los documentos de las reuniones allí efectuadas entre Stalin, Clement Attlee (que sustituía a Winston Churchill, a quien había derrotado en las elecciones) y Harry Truman (que sucedió a Franklin Roosevelt, fallecido en abril de ese año). Cuentan las crónicas que, en los últimos días de la reunión, Truman recibió un billete que le anunciaba que estaba todo listo para lanzar la bomba atómica (fue después del experimento de Almagordo, como veremos). Truman estampó en el reverso de la hoja su acuerdo, con esta precisión: No antes del 6 de agosto (que fue precisamente la fecha elegida). La historia agrega que se lo comunicó a Stalin, que ni pestañeó.
En realidad, los bombardeos atómicos sobre las ciudades japoneses no fueron lo que determinaron el fin de la guerra en el Extremo Oriente (Japón capituló el 15 de agosto) sino que su suerte estaba sellada desde que, después de tomar Berlín, el ejército rojo se sumó al ataque contra Japón. Incluso el general Dwight Eisenhower, que sabía de estas cosas, declaró que «no era necesario golpearlos (a los japoneses) con esa cosa horrible». Hay acuerdo hoy día en considerar estos actos de vesania e inútil crueldad como el primer episodio de la guerra fría que habría de oponer de oponer los Estados Unidos a la Unión Soviética. Esperaban que tuviera un efecto atemorizador. Para ello se habían estado preparando de largo tiempo atrás A partir de allí, la humanidad entró en el prolongado período de la guerra fría.
Explosión en Almagordo
Los intensos preparativos de EEUU en la puesta a punto de la bomba atómica, iniciados en 1942, alcanzaron su punto culminante el 16 de julio de 1945. Sus principales científicos estaban embarcados en el proyecto denominado Manhattan. El día indicado con condiciones meteorológicas favorables, reunidos en un área de prueba denominada Trinity, detonaron, poco después de las 5 de la mañana, la primera explosión nuclear de la historia, en pleno desierto de Almagordo, estado de Nuevo México, a 350 kilómetros de Los Alamos. El día anterior, 15 de julio, habían embarcado la bomba Little Boy a bordo del crucero Indianápolis rumbo al aeropuerto militar de Tinian, en las islas Marianas, en el Pacífico, a proximidad del blanco definido. Los testigos recuerdan un relámpago cegador, seguido de una enorme explosión, que «iluminó cada pico, cada grieta de las montañas cercanas, con una claridad y una belleza indescriptibles», según declaró un general presente.
Por su parte, el gran científico Robert Oppenheimer, considerado el padre de la bomba A, declaró: «Nos hemos convertido en la muerte, destructor de los mundos». En la exposición se le ve en una foto mirando a qué quedó reducida una torre de 30 metros de alto ubicado en el desierto, próxima al lugar de la explosión. Era un anticipo de lo que sobrevendría pocos días después.
Paz al mundo
En el mundo de hoy, donde se han acumulado armas capaces de destruir varias veces el planeta y se ha extendido el terrorismo en todas sus formas, el recuerdo de estos hechos dramáticos sólo puede ser visualizado como un llamado a redoblar la lucha por la paz mundial, por la supervivencia de la humanidad. *
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