Arrestos en Londres: fin de una cacería

El dia viernes amaneció normal para Londres. La rutina de persecuciones, simulacros y evacuaciones que ahora son tan autóctonas a la ciudad como las campanadas del Big Ben o el cambio de guardia en Buckingham Palace, continuó sin interrupción como desde hace tres semanas.

Los ciudadanos de la capital inglesa están ya acostumbrados al incesante sonido agudo de sirenas en las principales avenidas y a la presencia policial armada masiva en todas las entradas de las 274 estaciones de un subterráneo londinense que se serpentea sobre más de 400 kilómetros de vías ferroviarias entrecruzadas.

En las últimas 24 horas, ante rumores de una inminente tercera ola de atentados, la Policía Metropolitana de Londres desplegó la totalidad de sus efectivos especiales armados con subametralladoras Heckler y Koch. A ellos se sumaron destacamentos policiales también armados de varias zonas metropolitanas cercanas a Londres en un radio de 100 kilómetros.

Por orden del jerarca máximo de Scotland Yard, Sir Ian Blair, todos y cada uno de los efectivos uniformados debían hacerse presentes en sus comisarías y salir a la calle en rotación constante durante las próximas 48 horas o más.

3.000 hombres y mujeres uniformados, con chalecos antibalas y armados se unieron a los 30.000 de uniforme normal de la policía de Londres, el tradicional «bobby» de sombrero tipo de copa. En conjunto cumplían tareas de observación y vigilancia sobre el área total de la capital inglesa, una ciudad de 7 millones de habitantes.

Todas las licencias, todas los descansos y todas las salidas personales fueron canceladas.

La táctica de Sir Ian buscaba ahogar la capacidad de acción de los presuntos terroristas suicidas y ganar tiempo en la investigación. La cobertura de los medios de comunicación propagaron la noticia de que era imposible caminar por las calles de la capital sin pechar a un uniformado.

La idea de que Londres estaba invadida por decenas de efectivos por cada metro cuadrado obligó a los sospechosos a permanecer a puerta cerrada por otras veinticuatro horas. Su captura sería, al final, sólo cuestión de tiempo, según indicaron confiadamente fuerzas de Scotland Yard.

Pero también era obvio que alguien estaba faltando a la cita: eran los efectivos de Operaciones Especiales, SO19, y que estuvieron involucrados en la muerte del brasileño inocente el pasado viernes en la estación de Stockwell.

Era imposible imaginarse las inmensas consecuencias de una «situación pesadilla», si un paquistaní o árabe islámico hubiese sido abatido erróneamente por las fuerzas de la desprestigiada «Operación Kratos». Esa organización de seguridad fundada por el ex jerarca de Scotand Yard, Sir John Stevens, ahora no tiene más remedio que mirar los nuevos operativos desde el ring-side.

Dentro mismo y en los alrededores del barrio Notting Hill, mundialmente famoso gracias la película con Julia Roberts, policías antiterroristas sitiaron varios apartamentos contiguos del Peabody Estate, un conglomerado de apartamentos humildes. En dos de ellos cayeron en la redada los suicidas que intentaron explotar las bombas subterráneas y en el ómnibus la semana pasada.

Es que Notting Hill es un barrio donde habitan miles de inmigrantes caribeños de Jamaica y Barbados, conjuntamente con familias y hombres solos del Cercano Oriente y Africa. Ese fue el lado que la película nunca había mostrado. Ahora, a través de las dramáticas escenas de TV quedó al desnudo, literalmente.

Hoy la policía inglesa se anotó un gol de media cancha. Estaba desesperada por hacerlo. A medida que la cuenta regresiva de más explosiones suicidas progresaba, los terroristas mantenían la iniciativa.

Pero también Sir Ian puede sentirse satisfecho de que obtuvo la victoria a través de un operativo donde nadie perdió la vida. Ni sus efectivos, ni siquiera los suicidas. Ese era su gran reto. Ese es el legado del brasileño Jean Charles de Menezes. *

* Periodista uruguayo radicado en Londres

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