Bombas sobre Londres: la investigación

Demás está decir que la investigación sobre los atentados en Londres ha estirado al máximo a todas las fuerzas del orden británico, especialmente a las de Londres.

Las horas más dramáticas se vivieron durante las 24 horas siguientes a la segunda intentona dinamitera del día jueves 21 de julio.

En la primera ola de explosiones, la policía inglesa se quedó sin sospechosos, sin testigos presenciales y sin evidencias. Todo quedó casi pulverizado por la fuerza expansiva de las bombas.

La segunda ola dejó decenas de testigos presenciales, sospechosos vivos y fugados y una enorme cantidad de material forense.

Las fuerzas del orden británico se lanzaron desesperadas a la búsqueda de los terroristas. Así se sucedieron redadas, allanamientos y arrestos en varias zonas de Londres. La policía trató de mantener la tapa de la investigación firme en su lugar, pero creó inevitablemente más ansiedad que los atentados mismos, que fueron fallidos.

 

JULIO 21, JUEVES. 9.00 AM. Exactamente dos semanas después de los atentados de Julio 7. Todo parece ir bastante bien para Sir Ian Blair, el jerarca máximo de Scotland Yard (sin relación con el Primer Ministro). La identidad de los cuatro que habían perpetrado el atentado había sido descubierta. Había algunos promisorios canales de investigación. La comunidad islámica estaba colaborando y se distanciaba de los atentados.

El primer examen había sido fuerte para Sir Ian. El balance general: 6 sobre 10. Bien, pero debe mejorar. Dos horas más tarde, la situación iba a empeorar.

 

JUEVES, 10.30 AM. Tensión en Londres. La información es confusa y entrecortada. Se habla de pequeñas explosiones y de personas que salen corriendo despavoridas. Al principio se pensó que se trataba de un engaño de poca monta. Pero los testigos principales no ofrecían dudas: las mochilas que llevaban los cuatro sospechosos habían explotado mal y los sospechosos habían escapado.

 

JUEVES, 12.00 AM. La Policía Metropolitana con Sir Ian Blair a la cabeza confirma que cuatro individuos habían intentado detonar infructuosamente cuatro artefactos explosivos en tres puntos de la red ferroviaria subterránea y un micro. La investigación preliminar arroja el resultado de que hay cuatro potenciales agentes suicidas libres y cebados para matar en Londres.

 

JUEVES, DOS HORAS DESPUES. 14.00 PM. Se desata la cacería humana jamás vista en Londres. Sin precedentes en más de doscientos años de historia.

Trescientos efectivos policiales armados que trabajan bajo el nombre operacional de SO19 (Operaciones Especiales) se lanzan en las calles de Londres en busca de los cuatro suicidas de Al Qaeda. Ahora sí que es una guerra personal, un mano a mano. Una lucha en forma de persecución individual que sólo podrá terminar con la captura o la muerte de los bombarderos escapados.

En TV, expertos de seguridad hablan de que ahora las fuerzas del orden dispararán a la cabeza «porque distiende los músculos del cuerpo y evita que el terrorista haga el movimiento necesario para detonar su carga explosiva».

Muchos hablan de que esta es la «bala de plata» que destruirá a los agentes del mal. Otros piensan que se trata de una teoría tan fríamente brillante, que merece ser correcta. Los hechos desmentirán catastróficamente esta teoría solo veinticuatro horas más tarde en la estación de Stockwell, al sur de Londres.

Mientras tanto, cuadrillas de policías armados con ametralladoras Heckler and Koch, el último grito en la defensa personal y el asalto armado, son desplegados visiblemente en el centro de la capital y aledaños. Estas ametralladoras, de fabricación alemana, tienen una dimensión aproximada de 50 centímetros de largo, un radio certero de 200 metros, un calibre de 5.6x45mm de alto impacto y penetración, y disparan 900 proyectiles por minuto. Los agentes de SO19 que llevan estas armas son bien visibles en las calles de Londres. Sin duda es una ametralladora que inspira respeto con solo mirarla. Sus efectivos la llevan cruzada contra el pecho. No hay ninguna intención de ocultarla. Esa es la idea.

Otros miembros de la SO19 llevan una arma más fácil de esconder en el bolsillo pero de igual poder de choque: la pistola austríaca Glock Modelo 22, semiautomática de alto calibre y efectividad. Es usada por los elementos de civil del departamento y su trabajo es el de la observación y el seguimiento.

La pistola Glock será co-protagonista pocas horas más tarde en una de las situaciones más catastróficas relativas a la investigación de los atentados y para la vida de un hombre en Londres.

La opinión pública londinense parece a esta altura más o menos convencida de que hay que recurrir a la violencia oficial para contrarrestar la violencia terrorista. Hay rumores de que se va a disparar a matar, a la cabeza. La población estaba avisada. O eso pensaban.

 

JULIO 22, VIERNES. 8.00 AM. Sir Ian Blair y sus fuerzas del orden parecen haber recuperado el control de la capital inglesa después de la tarde voraz del día anterior. Sus efectivos, como habían planeado y ensayado una y mil veces durante los últimos dos años desde la invasión de Irak, perseguían pistas a lo largo y lo ancho de Londres y sus barrios satélites de Brixton, Kilburn y Stockwell. Lo único que Sir Ian puede hacer ahora es sentarse en su sillón de Scotland Yard, frente a los cientos de monitores de TV que vigilan los puntos neurálgicos de la ciudad. Quedaría a la espera de la dramática llamada de uno de sus agentes con las palabras salvadoras: «Misión cumplida, Sir Ian, capturamos a un suicida.» Sir Ian si recibió una llamada parecida. Hubiese preferido jamás haberla tomado.

 

VIERNES, 9.45 am. Barrio de Tulse Hll, sur de Londres. A veinte minutos de la plaza de Trafalgar. La hora señalada se aproxima.

Se corre el rumor de que hay tensión en un complejo habitacional del barrio. Varios policías de civil están ocultos en apartamentos aledaños, pistola Gluck en mano. Una pista había indicado que en esa zona existía la intensa posibilidad de que se escondía un presunto suicida.

En el mismo complejo de apartamentos, Jean Charles de Menezes, electricista brasileño de 27 anos de edad, se levantaba para ir al trabajo. Para él, era un día normal como cualquier otro.

De Menezes estaba totalmente ajeno a los acontecimientos que más tarde se desenvolverían alrededor suyo con trágicas e imprevisibles consecuencias. El destino se agazapaba detrás de su puerta de entrada para pegarle el golpe más duro que iba a poder. Dentro de solo 30 minutos el nombre Jean Charles De Menezes sería tomado como propio por las agencias internacionales de información mundial, por razones que su mente jamás podría haberse imaginado.

A las 9.35 De Menezes miró por la ventana. Estaba nublado. Había aprendido en los últimos tres años que cuando no hay sol en Londres y sopla un viento norte, la temperatura puede bajar veinte grados. Se puso un saco más largo y más grueso que lo normal. Su suerte ya estaba echada.

El electricista salió de su casa a pasos rápidos y tomó un ómnibus en dirección norte, hacia la estación de Stockwell. El viaje en micro dura normalmente diez minutos. De Menezes no tiene apariencia inglesa. Su piel es oscura, su pelo es rizado castaño. Stockwell es un barrio donde coexisten decenas de individuos de muchas nacionalidades. Los alquileres son baratos y al alcance de muchos jóvenes profesionales en Londres, la mayoría de ellos extranjeros.

Tres o cuatro hombres de aspecto atlético y corpulento vestidos de jeans y camisetas siguen a De Menezes, a distancia prudencial. El aspecto del sospecho
so coincide con todos los mensajes de inteligencia: «es de apariencia pakistaní, viste un saco largo y grueso, camina raro».

Hubiese sido imposible para Jean Charles haberse enterado de que a esta altura la maquinara represiva antiterrorista de todo el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte se arremolinaba a su alrededor. Que toda la fuerza posible de la piña certera del estado británico se reparaba para asestar el golpe fatídico.

Jean Charles llegó a la estación. Apuró su paso y corrió hacia los andenes.

Lo que pasó entre la entrada al subterráneo y el andén de acceso a los trenes está ahora en el terreno de la dimensión desconocida. Lo saben solo los tres policías vestidos de civil armados con pistolas Glock y algunos transeúntes despistados. Tal vez quedaron algunas imágenes en las cámaras de CCTV de la estación.

Uno de los testigos, el protagonista Jean Charles de Menezes ya no puede hablar. Perseguido por tres hombres de civil que nunca había visto en su vida, trastabilló y calló dentro del tren que lo llevaría a su cita profesional. Pero en tres segundos llegaría su otra cita, la que él no esperaba. Una vez en el suelo fue clavado contra el piso por dos hombres mientras que el tercero le descerrajaba cinco tiros de alto calibre sobre su frente a quema-cara sin mediar palabra. «Estaba petrificado como un conejo, asustado como un zorro acorralado», dijo un testigo.

Jean Charles de Menezes era un brasileño como cualquiera, lleno de vida y esperanzas. Londres seguía siendo el terreno de su aprendizaje, de su gran aventura. No podía soñar haber crecido tres años en un lugar mejor. Pronto volvería a su pueblo natal de Gonzaga, en Minas Gerais.

Jean Charles de Menezes nunca volvió vivo a Gonzaga. Hoy, Jean Charles de Menezes es la primera víctima mortal de la ahora notoria «Operación Kratos» planeada y desencadenada por las altas esferas del poder británico para hacerle frente a los terroristas con fuerza letal de igual envergadura.

Si bien algunas fuentes oficiales siguen hablando de que «a veces hay que matar gente para salvar gente», de que en el fuego cruzado «siempre algún inocente será abatido», la fuerza de esos argumentos ya no respiran aire y suenan huecos.

«Este fue un golpe catastrófico para las investigaciones antiterroristas en Londres» dijo un jerarca retirado de Scotland Yard. Decenas de comunidades en Londres ya han indicado que no colaboraran con la policía a menos que se erradique la teoría de disparar primero y hacer preguntas después.

En el centro de Londres, hasta Al Pacino puede ser confundido con un paquistaní o árabe.

Es posible que la «Operación Kratos», nombre derivado de la diosa griega de la fuerza, haya sido hoy destruida por el uso de su propia fuerza persuasiva.

Sir Ian Blair tendrá que volver a los sistemas tradicionales y reconocidamente efectivos británicos para seguir con sus investigaciones. La SO19 está hoy desprestigiada. Los cuatro sospechosos suicidas siguen libres y cebados. Las redadas continúan sucediéndose hora tras hora en una desesperada búsqueda de los verdaderos sospechosos.

Pero la famosa «bala de plata» que iba a dar cuenta de los suicidas no se encuentra por ningún lado. Tal vez esté todavía en la cabeza de Jean Charles de Menezes, brasileño de 27 anos, electricista. *

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