Cara a cara

«El borde del mundo es Chile», afirma el juez Juan Guzmán Tapia al referirse a su libro de memorias En el borde del mundo que, editado por Anagrama, comenzó a circular en España.

El libro cuenta los años de vida «conservadora y burguesa» de Guzmán y, por tanto, su ceguera voluntaria y la de su familia frente a los abusos de la dictadura.

«Lo que más he querido subrayar es nuestra ceguera voluntaria, inconsciente o negligente durante períodos largos y negros cuando en nuestro país había millares de personas que sufrían siendo apresadas sin juicio, torturadas, muertas o resultando desaparecidas», escribe.

En su texto, el magistrado chileno revela las presiones militares y gubernamentales que sufrió durante ocho años como consecuencia de los procesos que encabezó contra Pinochet, y revela los detalles de los dos interrogatorios a los que sometió al ex dictador.

«Curiosamente –escribe–, la vida constituye un círculo que en forma misteriosa restablece el equilibro que ha sido perturbado. Hoy, quienes perseguían están siendo perseguidos; quienes ofendían, ofendidos; quienes humillaron, humillados. La justicia, por largo tiempo dormida, ha actuado hoy con dignidad.»

Aclara que no ha querido hacer un libro jurídico, sino más bien el relato de un «hombre corriente» que narra «la terrible maldad, injusticia, violación sistemática de los derechos humanos, tortura y muerte de miles de personas».

Confiesa cómo sintió cierta «complacencia» ante el golpe de Estado de Pinochet contra el legítimo gobierno del presidente Salvador Allende; aunque también habla de su despertar a la realidad y su arrepentimiento.

Dividido en 30 capítulos, el libro ofrece detalles y anécdotas relacionadas con su trabajo y los costos personales y profesionales que ha tenido que afrontar debido a su firme convicción de conservar la independencia judicial en el «caso Pinochet».

Con autorización de la editorial, Proceso reproduce los siguientes fragmentos: «Â¡Te debes retirar del caso Pinochet o vas a traicionar a tu clase social». Un viejo amigo me dio este consejo, uno más en una serie de insinuaciones menos directas que había recibido. Por ejemplo, un ex profesor de la Facultad de Derecho donde enseñara un día me había pedido que le visitara urgentemente. «¿Cómo van las cosas con el general Arellano Stark?», me había preguntado apenas estuvimos frente a frente. «¿Es tan malvado este hombre como dicen? Me han dicho que es un ferviente católico…»

Había explicado a ese eminente jurista que no era el primero que me interpelaba en ese sentido y que mi respuesta siempre había sido la misma; una inculpación responde a criterios precisos que enumera el código de procedimiento penal. Ahora bien, el procesamiento de Arellano Stark cumplía con esas condiciones.

Había presunciones suficientes que justificaban, incluso que imponían, su inculpación. Pero mi interlocutor apenas me escuchaba. «Â¡Vamos, Juan, están golpeando demasiado fuerte a Pinochet y a ciertos militares! Mucha gente te empieza a considerar un renegado. Deja que te ayude a recuperar tu antigua imagen de hombre de derechas…».

Me estaba invitando, en el tono de un consejo fraternal, a regresar al rebaño antes de la noche. Y hasta llegó a indicarme el camino más seguro: «Prométeme que si te solicitan inculpar a Augusto Pinochet te harás a un lado y dejarás que se pronuncie la Corte de Apelaciones…».

Nada prometí. Ni en aquella ni en otras ocasiones. Un juez recibe a lo largo de toda su carrera esa clase de presiones «amistosas», que no por ello dejan de ser presiones. Lo que está en juego es variable. El asunto puede ir desde una falta contra la ley del tránsito hasta una acusación por un crimen. Siempre he respondido a las presiones con una sonrisa, una fórmula evasiva. A veces con palabras de buena crianza, cuando la situación lo permitía. Me ha parecido notar que quienes piden un favor no están muy convencidos de lo que solicitan. De hecho, te ponen a prueba. El balón queda en tu campo.

Lo más frecuente era que las presiones no se manifestaran como tales. Se trataba de consejos de aspecto amistoso. «Â¡Supongo que no tomarás en serio esas historias!». Conocidos, que pretendían ser bien intencionados, me decían palabras de ese juez acerca de las instrucciones que llevaba adelante sobre determinados militares. Se me ponía en guardia contra el riesgo que estas delicadas …*

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