"No hay voluntad política" para juzgar al ex dictador, dijo el juez chileno Juan Guzmán

Pinochet, lejos de la Justicia

El juez chileno Juan Guzmán Tapia se ganó el apelativo de Juan Sin Miedo debido a que resistió las presiones militares y políticas para que suspendiera el proceso legal contra el ex dictador Augusto Pinochet por su responsabilidad en los crímenes cometidos en las operaciones Cóndor y Caravana de la Muerte.

Nada intimidó a Guzmán. Al contrario, instruyó 99 procesos contra el general divididos en 300 querellas, sometió el poder a escrutinio, enfrentó decenas de artimañas judiciales y logró convertir a Pinochet en un «prisionero de la ley».

Sin embargo, la falta de voluntad del gobierno del presidente Ricardo Lagos y la «pusilanimidad» de los políticos chilenos evitaron el juicio a Pinochet, su sentencia y la condena que las víctimas de la dictadura siguen demandando.

Magistrado de la Corte de Apelaciones, Guzmán Tapia decidió jubilarse a los 65 años. Con más tiempo para sus asuntos personales, se puso a escribir y acaba de publicar el libro En el borde del mundo. Memorias del juez que procesó a Pinochet (editorial Anagrama), que fue presentado la semana pasada en el Círculo de Bellas Artes de Madrid.

Católico practicante y conservador, el juez Guzmán fue de los que brindaron con champán el 22 de setiembre de 1973, día del golpe de Estado contra el presidente Salvador Allende. «Es algo de lo que me arrepiento profundamente por haber traicionado mis convicciones democráticas», dice ahora, después de haber sido acusado de ser un «traidor a su clase social» por procesar a Pinochet.

A través de su trabajo judicial, Guzmán Tapia conoció el horror de las violaciones a los derechos humanos cometidas durante la dictadura. Cuenta: «Hasta ese momento era un ser normal, como tantos seres normales existen, que hacen el bien relativo y no hacen el mal a la gente, un hombre que tiene familia y goza viendo crecer a sus hijas. Y de repente comencé a instruir este proceso –en realidad fueron 99 procesos divididos en 300 querellas  y entonces entré en lo más profundo de la noche. Entré en un Chile que no me imaginaba: un Chile de tortura, maldad, perfidia, las peores pasiones que uno se puede imaginar; traiciones y matanzas».

Pero también, señala, «me convertí en un hombre apasionado y compasivo, alguien que siente lo que es la hermandad en relación al que sufre».

–Un juez que se ha jubilado anticipadamente, a los 65 años…

–Estoy jubilado, pero pienso dedicar el resto de mi vida a hacer el mayor bien que pueda. Creando un instituto de derechos humanos, escribiendo algo de docencia aquí y allá, y en el fondo tratando de contribuir a aminorar el sufrimiento que existe en tantos de nuestros países.

–Hablemos del costo personal y profesional para usted. ¿Es verdad que este caso enterró su carrera en la judicatura chilena?

–No. La gente habla de que perdí mi carrera judicial. Yo creo que no. Fui juez el tiempo que hubo que serlo. Si la vida no hizo que siguiera escalando en la jerarquía, ello no lo considero un fracaso.

Mi familia sí sufrió deterioro, en el sentido de que presumían amenazas. Tuvimos que estar con escolta permanente. Hubo un momento en que mi dos hijas y mi mujer estaban con tratamiento psicológico. Mi madre sufrió un ataque al corazón bastante severo que la dejó muy limitada.

 

Los inicios

–¿Fue difícil preservar su independencia y libertad como juez en el Chile actual, donde aún los estamentos de la dictadura conservan en parte su poder?

–Desde luego. Fue una lucha de día a día y paso a paso. Al mismo tiempo, de convencimiento. Al principio, no estaba tan convencido de la magnitud del horror que se produjo en Chile. Obviamente conocía que hubo numerosos amparos que fueron rechazados formalmente (…). Los tribunales de justicia fueron terriblemente obsecuentes, no hicieron caso a los informes y archivaron los procesos. Era 1976 y 1977, allí fui testigo –era juez de Santiago y me llamaban a la Corte para relatar causas debido a la escasez de relatores– de que había en ese momento abusos y de que había prisión ilegal. Y desde luego que había una mentira que se estaba institucionalizando, primero por los órganos que señalaban que no había detenidos y luego por la complicidad de los tribunales superiores de justicia que archivaban los procesos (…)

–La recién fallecida dirigente comunista Gladys Marín presentó en 1998 la primera querella contra Pinochet y le tocó a usted, por sorteo. Era una supuesta garantía para los sectores de la derecha política y militar de Chile. ¿Por qué no archivó la querella, como ellos esperaban? ¿Y en qué basó su razonamiento judicial creativo para admitirla?

–Efectivamente, fue una interpretación creativa. Es lo que nos queda a nosotros cuando tenemos leyes, a veces, que no son demasiado abiertas ni demasiado cerradas y nos permiten una cierta creatividad para hacer el bien, para hacer justicia (…).

«Cuando me pasaron la causa contra Pinochet, sentí que tenía que cumplir plenamente con lo que exigía mi juramento como juez. Hubo compañeros de la Corte de Apelaciones, que hoy día son ministros de la Corte Suprema, que me dijeron: ‘Supongo que vas a archivar esta porquería’. Estábamos sentados tres, uno por cada lado, y el otro me dijo: ‘No pierdas mucho tiempo en esto. Archívalo lo más rápidamente posible’. O sea, el ambiente era desde luego adverso.»

–¿Por qué no cedió?

Juan Guzmán se remueve en su asiento, medita unos segundos y contesta:

–Porque desde el momento que hay una denuncia o una querella por la tortura, muerte o desaparición de personas, cualquier hombre bien nacido, y mucho más si se trata de un juez, tiene la obligación de investigar. Lo tomé como algo natural, como si hubiera sido médico que siempre hacía operaciones chicas y de repente me tocó una operación grande.

–Y usted se convirtió en «traidor a su clase social», como lo llamaron algunos. ¿Desde dónde llegaron las primeras presiones para que cerrara el caso Pinochet?

–En América Latina, la clase social depende del barrio donde tú naces. Yo nací en El Salvador, pero mi familia vivía en el barrio Plaza Italia, lo que nos hacía pertenecer a una burguesía de clase media alta, y obviamente que fui a colegios de curas y estudié en la Universidad Católica. Todo eso hacía pensar que yo pertenecía a la derecha.

«En realidad, nunca fui un hombre de partido. Hubo un momento en la juventud en que nos metimos en la universidad a disolver movimientos comunistas porque pensábamos que el comunismo era el enemigo. Las cosas que nos meten cuando somos muchachos.»

–Incluso, usted cuenta en su libro que el 11 de setiembre de 1973, el día del golpe de Augusto Pinochet, usted y su familia brindaron con champán a pesar de que el presidente Salvador Allende era amigo de su padre, el poeta Juan Guzmán.

–Brindamos porque terminaban tres años de caos. Mi padre y madre querían mucho a Salvador Allende y estuvimos ese día brindando con champán, pero ese champán se puso amargo en la misma boca cuando oímos la noticia de que había muerto el presidente Salvador Allende.

–¿Por qué cambiaron? ¿Qué les pasó por la mente en ese instante trágico de la historia de Chile?

–Los medios engañan, sobre todo cuando se prepara un golpe por Estados Unidos, y nosotros no teníamos gasolina, pan, leche, no teníamos tantas cosas fundamentales, que necesitas cuando tienes una niñita de dos años. Estábamos por el regreso a la normalidad.

«De lo que me arrepiento atrozmente son varias cosas: primero que todo, haber traicionado allí mi traición democrática, porque yo nací hijo de un pa

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