"Me he convertido en la muerte, el destructor de los mundos"

«Me he convertido en la muerte, el destructor de los mundos», dice Robert Oppenheimer. Tres semanas antes de Hiroshima, los científicos estadounidenses iniciaron la era nuclear al hacer explotar la primera bomba A en pleno desierto de Nuevo México (sudoeste).

Mientras en la madrugada de ese 16 de julio de 1945 el jefe del Proyecto Manhattan citaba el Baghavad Gita, uno de los textos sagrados del hinduismo, el responsable del ensayo nuclear Trinity, Kenneth Bainbridge, usaba palabras más coloquiales: «Ahora, somos todos unos hijos de puta».

Las reacciones del equipo que conducía desde 1943 en el mayor secreto el programa de desarrollo de la bomba atómica responden a su alivio, tras un desarrollo marcado por el miedo al fracaso, pero también a su temor ante el poderío que acaban de liberar.

Tres bombas estaban prontas a fines del mes de junio de 1945. Dos de ellas, «Little Boy» (de uranio) y «Fat Man» (de plutonio), serían embarcadas hacia el Pacífico, pero todavía faltaba verificar el buen funcionamiento del arma más poderosa jamás producida.

En la primavera de 1944, Bainbridge y Oppenheimer habían elegido el lugar de la prueba, conocido con un nombre que parecía predestinado, «El viaje de la muerte», un sitio infestado de serpientes de cascabel, tarántulas y escorpiones, 500 km al sur de su base de Los Alamos.

La tercera bomba, del mismo tipo que «Fat Man», conducida en piezas separadas por la ruta y luego armada y colocada sobre una torre de 30 metros de altura, esperaba solo la impulsión eléctrica lanzada por los científicos, desde sus edificios blindados a 10 km de allí.

Unos segundos antes de las 05h30 de la mañana, la cuenta regresiva terminó y la reacción nuclear se desencadenó. «Toda la región fue aclarada por una luz violenta de una intensidad muchas veces superior a la de un sol de mediodía», escribió el general Thomas Farrell, uno de los militares que asistió a la experiencia.

La explosión «iluminó cada pico, cada grieta de las montañas cercanas, con una claridad y una belleza indescriptibles», señaló.

«Pocos segundos después, volvió el silencio tras un rugido increíble que parecía anunciar el día del Juicio Final y que nos hizo pensar que (…) habíamos cometido una blasfemia osando medirnos con las fuerzas reservadas al Todo Poderoso», añadió. *

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