Muerte química

En 1981, el ex presidente (1964 y 1970) Eduardo Frei Montalva se encontraba en buenas condiciones de salud, salvo por algunos reflujos provocados por una hernia hiatal que lo empujaron a someterse, a finales de noviembre de ese año, a una operación.

La intervención, efectuada en la clínica Santa María de Santiago, estuvo a cargo del equipo médico dirigido por el doctor Augusto Larraín. Al principio todo marchó bien, por lo que el paciente fue dado de alta. Pero a los pocos días empezó a quejarse de un malestar generalizado.

El 6 de diciembre, reingresó a la clínica. Fue nuevamente operado, y aunque la intervención se realizó correctamente, Frei entró en un proceso infeccioso provocado –se dijo entonces– por un proteus providence.

Ello motivó una operación de urgencia que, sin embargo, no logró eliminar el cuadro patógeno. El 17 de diciembre se llevó a cabo una cuarta operación en momentos en que los estados febriles se hacían insostenibles. Finalmente, el 22 de enero de 1982 y a la edad de 71 años, Frei murió.

Los primeros indicios de una muerte provocada datan de aquel período. Según contó a Proceso (1358) la senadora e hija del extinto mandatario, Carmen Frei, el primero de esos indicios fue «una llamada anónima que recibió la familia… (la persona que telefoneó) señalaba que mi papá habría sido envenenado». Otras situaciones alertaron a la familia, como el trajín de numerosas personas ajenas a la clínica y, sobre todo, las sospechas del propio Frei, quien expresó «que no saldría vivo de ahí». Una vez muerto, las sospechas aumentaron al desaparecer el protocolo de autopsia.

Por otra parte, los médicos que atendieron a Frei siempre expresaron dudas sobre lo ocurrido con el ex mandatario. Larraín señaló que en los cientos de casos con diagnósticos similares que él había tratado, nunca se había manifestado una complicación como ésa.

 

El genio «Hermes»

Concepción, la tercera ciudad de Chile, se ubica a poco más de 500 kilómetros al sur de Santiago. Tiene un gran complejo universitario, que fue cuna del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). Como muchos de sus compañeros, el estudiante de química Eugenio Berríos se adhirió en 1969 a esta organización, que era encabezada por los carismáticos Luciano Cruz y los hermanos Miguel y Edgardo Enríquez. Berríos era habitualmente el encargado de izar la bandera del MIR en los actos universitarios.

Sin embargo, en una fiesta el estudiante de química besó desprevenidamente a otro miembro de su partido. Recibió una tremenda golpiza. Humillado, partió a Santiago, donde al año siguiente retomó sus estudios en la Universidad de Chile, recibiéndose en 1971. Gracias a sus buenas calificaciones, se mantuvo en la universidad en calidad de investigador. Allí fue contactado por el estadounidense Michael Townley, miembro del ultraderechista movimiento Patria y Libertad, al que también ingresó Berríos.

Tras el golpe militar de 1973, Berríos y Townley ingresaron a la Dirección de Inteligencia Nacional (Dina). Ahí el primero se ocupó de la fabricación y manipulación de productos letales, como el gas sarín, el somán, el tabum, la clostridium botulínica, el saxitoxin y la tetrodoxina.

Berríos fue en poco tiempo uno de los agentes favoritos de Manuel Contreras, el jefe máximo de la Dina. En ese organismo, Berríos era considerado un genio por su capacidad de desarrollar inventos adecuados para eliminar a los enemigos de la dictadura. Lo conocían con el apelativo de Hermes. Contreras lo destinó a trabajar, junto a Michel Townley, en una casa del barrio santiaguino de Lo Curro, donde montó un laboratorio. Ahí Berríos desarrolló el gas sarín, que fue descubierto por científicos nazis durante la Segunda Guerra Mundial. El objetivo: usarlo como veneno no rastreable en la eliminación de opositores políticos, y también como arma de eliminación masiva en caso de guerra.

De hecho, Berríos confeccionó un plan para envenenar el agua potable de Buenos Aires cuando, a finales de la década de los años 70, Chile y Argentina estuvieron a punto de trenzarse en una guerra por disputas limítrofes.

Con gas sarín fueron asesinados, entre otros, el conservador empresario de bienes raíces Renato León Zenteno y el agente Manuel Leyton. Incluso se pensó emplearlo para matar al ex canciller Orlando Letelier, introduciendo a Estados Unidos un frasco de perfume Chanel Nº5 que contenía gas. Sin embargo, ese plan falló.

 

El fin de una vida loca

Berríos disfrutaba de su «prosperidad y prestigio» en los más conocidos bares y cabarets de Santiago. A finales de los años 70, se casó con Gladys Schmeisser, ex modelo del conductor de televisión Don Francisco. Pero su tendencia maníaco-depresiva y su sexualidad reprimida lo lanzaron a una espiral de alcohol y drogas. Su locuacidad se hizo peligrosa. Debido a ello, Manuel Contreras designó a un agente para vigilarlo día y noche. Finalmente fue expulsado de los servicios de inteligencia y comenzó su declive económico. Sobrevivió de préstamos y extorsiones.

En 1991, cuando ya Pinochet había entregado el poder a Patricio Aaylwin, el ministro de la Corte de Apelaciones de Santiago, Adolfo Bañados, quien entonces investigaba el asesinato de Orlando Letelier, citó a Berríos a declarar en el juicio. Fue el momento en que los servicios de seguridad del ejército decidieron sacarlo del país.

Con una cédula de identidad falsa a nombre de Manuel Morales Jara, fue trasladado a Uruguay a finales de octubre de aquel año. En Montevideo, lo esperaron el comandante uruguayo Thomas Casella y el mayor chileno Carlos Herrera Jiménez. Lo alojaron en un departamento céntrico donde vivió un año, permanentemente custodiado. Berríos, que luego fue llevado a la casa del capitán Eduardo Radaelli, en el balneario de Parque del Plata, percibió que su situación se estaba complicando y huyó. Llamó al consulado de su país en Montevideo pidiendo volver a Chile. La ayuda le fue negada. Arruinado, vagó por las calles de la capital uruguaya hasta que fue encontrado por los agentes chilenos y uruguayos y regresado a Parque del Plata.

El 15 de noviembre de 1992, se volvió a fugar. Encontró refugio en una casa donde lo alimentaron. A la mañana siguiente, buscó protección en la comisaría del citado balneario, adonde irrumpió a gritos manifestando estar «secuestrado por militares chilenos y uruguayos» y diciendo que lo iban «a matar por orden de Pinochet», como consta en una sentencia redactada por el ministro Madrid en octubre de 2002.

«Luego de ello, ingresan a la comisaría varias personas, algunos militares uruguayos, de uniforme, y civiles con apariencia de militares señalando que Berríos es una persona con sus facultades mentales perturbadas y que debe serles entregado», cita el documento.

El comisario a cargo se negó a entregarlo, por lo que luego arribó al lugar el teniente coronel Tomás Casella, acompañado por los también militares Jaime Torres y Wellington Sarli, quienes convencieron a Berríos de desistirse de su denuncia y de «salir con ellos como amigos, finalidad que se logra», como señala la misma sentencia. A los pocos minutos fue subido a un camión del ejército que partió con rumbo desconocido. Ahí se perdió la pista del químico chileno, hasta que su cuerpo apareció, en abril de 1995, en la playa El Pinar, con dos tiros en la cabeza y sepultado boca abajo, como se hacía con los traidores en la Edad Media.

Por su participación en este crimen, el ministro Madrid condenó a prisión, en octubre de 2002, a los uruguayos Casella, Radaelli y Sarli, quienes están a p
unto de ser extraditados a Chile, donde deberán cumplir la pena de cadena perpetua. Además se encuentra condenada una decena de oficiales chilenos, entre los que destaca el general retirado Eugenio Covarrubias.

Pero, ¿cuál era el secreto o los secretos que guardaba Berríos y que llevaron a las fuerzas de inteligencia de los ejércitos chilenos y uruguayo, ya retornada la democracia, a desarrollar una operación de este tipo?

Para la familia del expresidente Frei, la respuesta es que Berríos habría sido autor, directo o indirecto, del asesinato de Eduardo Frei, como parte de un plan para descabezar la oposición a la dictadura.

En entrevista con Proceso, Alvaro Varela, abogado de la familia Frei, señala que la presumible participación de Berríos en el crimen del ex presidente se basa en «su vinculación en la estructura de la inteligencia militar que eliminaba personas sin dejar rastro».

Berríos fue el creador y principal articulador del laboratorio militar de Lo Curro, que luego se trasladó a la calle Carmen, y en el cual se habrían preparado los compuestos químicos utilizado para dar muerte a Frei.

De acuerdo con Varela, los antecedentes que permiten inferir que la muerte del ex mandatario fue provocada serían, «en primer lugar, que está comprobado que en el período previo a su operación, el presidente Frei fue sometido a un intenso seguimiento y vigilancia. En tercer lugar, que en el recinto de la clínica Santa María había galenos que pertenecían al equipo médico de la inteligencia militar, que eliminaba personas sin dejar rastro».

El abogado de la familia Frei contó que una de las principales líneas de investigación que lleva el juez Madrid busca determinar la participación de personal médico en la implantación de algún compuesto que desencadenara la muerte del expresidente demócrata cristiano.

Un elemento acreditado en la causa y que refuerza la idea de un asesinato es que un equipo médico de la Universidad Católica realizó una segunda autopsia al cuerpo de Frei, la cual no contó «ni con la autorización ni con el conocimiento de su familia», como relató Varela.

Según el abogado, cuando el juez Madrid abrió la tumba de Frei en diciembre pasado, tomó muestras del cadáver.

Agregó que «un momento decisivo en la investigación será cuando estén los resultados de dichas muestras, lo cual permitirá determinar los eventuales elementos químicos utilizados para darle muerte» *

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