La "pesadilla" se cierne sobre Londres

Los atentados de la semana pasada en Londres dejaron en evidencia algo que estaba en la mente de mucha gente, pero nadie quería ser el primero en dar la mala noticia: Blair está perdiendo la guerra de Irak. Las bombas que masacraron a más de 80 londinenses en el corazón de la capital alcanzaron también a otras muchas y más importantes personas, que no estaban directamente en el camino de la onda expansiva a 30 metros bajo la tierra o en el tradicional ómnibus londinense rojo de dos pisos. Las repercusiones de los atentados continúan hoy en los corredores de un poder estatal británico que no es ni Laborista, ni Conservador, ni Liberal: es Monárquico.

En el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte los poderes del Estado están al servicio de Su Majestad, la Reina Isabel II de Inglaterra. Las primeras estrofas del himno nacional «Dios salve a la Reina», son mucho mas que un slogan político. Ahora el enemigo ha creado un frente imposible de controlar: las calles de Londres. Las huestes del fundamentalismo islámico podrían contar con elementos desafectados en los comunidades árabes en Londres, Birmingham, Manchester y Liverpool. Estas fuerzas alcanzarían varios miles y llevarían al Reino Unido a una guerra interna para la cual no hay planes ni soluciones sencillas salvo el estado de sitio, los allanamientos y los arrestos masivos, seguidos por atentados suicidas y coches-bomba. O sea, el principio del fin de la democracia de consenso monárquico y pluralista que derrotó a Hitler y la Alemania Nazi.

Este profético «escenario pesadilla» discutido en muchas oportunidades por comentaristas políticos desde la invasión de Irak aparece hoy como incómodamente posible.

Cada vez mas gente influyente en Londres reconoce que la guerra de Irak fue traída de los pelos por dos personas, Blair y Bush, quienes utilizaron las deficiencias de sus respectivos sistemas democráticos para sus propios fines. En el banquillo de los acusados también están los 646 miembros del Parlamento británico, los 535 miembros del Senado y Congreso americano, conjuntamente con los jefes de los servicios de inteligencia y del poder judicial de ambos países. La comunidad internacional podría acusar a todos ellos de crímenes de guerra y genocidio. Pero hacer eso seria darle una victoria legal a dos déspotas mucho peores: Saddam Hussein y Osama bin Laden. Esa solución es imposible de contemplar y todos lo saben.

La guerra de Irak quedará por ahora como una larga y oscura experiencia para la democracia según es entendida en las escuelas primarias como del «poder del pueblo» En el caso de Inglaterra, en las últimas elecciones el Partido Laborista obtuvo solamente el 36% de los votos pero por los vericuetos del sistema eleccionario británico controla mas de las dos terceras partes del Parlamento. En el caso de Estados Unidos, el Partido Republicano obtuvo el 51% y con ello el control casi total de la maquinaria estatal y bélica del país. Demás esta decir que el 64% y 49% restantes de esos dos países, respectivamente, votaron un programa político opuesto al que hoy los gobierna.

Quienes ahora están disconformes con los actuales gobiernos de Londres y Washington no son los cucos internacionales de Osama bin Laden y Saddam Hussein. Son los hombres de la maquinaria estatal británica y americana que no tienen nombres reconocibles ni rostros fotogénicos: son los jueces de la Suprema Corte de Justicia de cada país; son los parlamentarios y senadores veteranos de la Segunda Guerra y Vietnam, respectivamente.

En un principio, como es de costumbre, los jueces «cerraron filas» y apoyaron legislaciones al borde del totalitarismo bajo la promesa de que se trataría solo de algunos meses. Pero cada Año Nuevo, Bush y Blair volvían, sombrero en mano, a pedir mas crédito democrático y cada vez el crédito era más fuerte. El recorte de libertades individuales, presupuestos bélicos astronómicos y arresto sin juicio fueron algunos de los créditos pedidos y otorgados.

Esos jueces británicos –que no están al servicio de Tony Blair sino al de Su Majestad– esos personajes de la peluca blanca enrulada hasta los hombros y hábitos tipo monje que parece que viven en el siglo XIX, se empezaron a sentir incómodos. Pero el poder que ellos esgrimen no se escucha en los noticieros de la BBC, en la Cámara de los Comunes o en el Numero 10 de la calle Downing Street. Su poder se escucha a nivel de secreteos en los juzgados, en conversaciones informales con un malt-whisky en los clubes privados de los jueces y que, a veces, hasta eruptan tímidamente en la Cámara de los Lords. Uno de ellos, Lord Hoffman, dijo públicamente hace poco: «El peligro para nuestro sistema democrático no proviene de tipos como Osama bin Laden sino de legislaciones como ésta», haciendo referencia a la ley pedida por el gobierno de Blair para arrestar a sospechosos bajo un sistema de «balance de probabilidades» determinado por el ministro del Interior sin actuación de un juez.

En el caso de Estados Unidos, la Suprema Corte decidió hace poco que los detenidos de Guantánamo tienen los mismos derechos de representación legal que cualquier ciudadano americano.

Es en este frente que Blair, casi seguro, y probablemente Bush dentro de poco, empiecen a perder la guerra de Irak. Pero ambos saben que eso será también el principio del fin de su poder. Quiéranlo o no, tendrán que cambiar su política.

En el caso de Tony Blair el giro será completo. De aquel héroe popular elegido por mayorías abrumadoras y en 1997a este solitario héroe trágico de tono shakespeariano. La única esperanza para Tony es que las tres brujas de Macbeth no hayan dado aún su veredicto. *

(*) Periodista y guionista de cine uruguayo.

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