En memoria de Alvaro Cunhal
La muerte de Alvaro Cunhal el 13 de junio, dos días después de la del ex Primer Ministro y general revolucionario Vasco Gonçalves, marca definitivamente el fin de una época de la historia contemporánea de Portugal. Coincidió con la celebración del vigésimo aniversario de la adhesión de Portugal a la Comunidad Económica Europea, un proyecto político al que Cunhal siempre se opuso.
La figura de Cunhal es la de un abnegado militante comunista, ideal que abrazó en su juventud, en bloque y en forma casi religiosa, sin que jamás permitiese que en su espíritu se insinuase una sombra de duda o, por lo menos, que se proyectase externamente.
Fue fiel al tipo de comunismo que concibió y asimiló en época de Stalin hasta el fin de sus días. Ni siquiera la implosión de la Unión Soviética, «la patria del socialismo» o «el sol de la tierra» como la llamó alguna vez lo estremeció (que se sepa).
La vida de Cunhal se identifica con la historia de su partido, en cuya reorganización en 1941 tuvo un papel decisivo. Fue desde entonces el principal dirigente del Partido Comunista Portugués (PCP), aunque mucho más tarde asumió el cargo de secretario general. El «camarada Duarte» fue su sinónimo de militante más conocido.
Fue también un heroico resistente antifascista, un luchador y un organizador implacable. En 1960 se fugó del Fuerte de Peniche, donde estuvo largos años en prisión, junto con algunos de sus camaradas: un acto espectacular de imaginación, audacia y riesgo que en aquella época entusiasmó y estimuló a toda la oposición a la dictadura de Salazar.
Conocí a Cunhal a mis 15 o 16 años, cuando hacia 1940 fue brevemente rector del colegio de mi padre en Lisboa.
Recién salido de su primer encarcelamiento, se disponía a pasar a la clandestinidad. Me llevaba once años y era una personalidad fascinante, con su mirada penetrante y escrutadora, su rostro magro, marcado e inconfundible. Vestía modestamente pero con gusto y elegancia.
Después de la fuga de Peniche, Cunhal salió de Portugal. Pasaron los años y me encontraba yo en Praga donde, clandestinamente había ido a encontrar al líder opositor, general Humberto Delgado, cuando me dijeron que alguien (importante) quería hablar conmigo. Me llevaron a un hotel céntrico y en una sencilla habitación me aguardaba Cunhal. Yo era entonces dirigente de Acción Socialista Portuguesa, la organización que precedió al Partido Socialista. Desde las primeras palabras Cunhal me hizo sentir la distancia ideológica que nos separaba. Para él, los comunistas eran una especie singular de «raza superior» en la escala de los antifascistas. No fue una buena conversación.
Luego de la Revolución de los Claveles (25 de abril de 1974) los dos participamos en el gobierno provisional, Cunhal como ministro sin cartera y yo como ministro de Relaciones Exteriores. Precisamente un año después, el 25 de abril de 1975, se celebraron elecciones para la Asamblea Constituyente y la estrategia revolucionaria y antidemocrática del PCP, que no respetaba la voluntad popular expresada en elecciones libres, quedó en evidencia. Suscitó inmensos anticuerpos en la sociedad portuguesa y los socialistas respondimos con colosales manifestaciones callejeras que modificaron las relaciones de fuerzas en el país y dividieron profundamente al Movimiento de las Fuerzas Armadas que había realizado la Revolución de los Claveles.
Cunhal murió a los 91 años, igual a sí mismo. Por suerte que fue así.
Pese a todo, no puedo dejar de sentir una gran tristeza. Era un hombre de acero, indoblegable. Valiente, de convicciones inalterables, personalmente desinteresado hasta el sacrificio, fiel a sus ideales de siempre, nunca quiso comprender el célebre verso de Camoens: «Cambian los tiempos, cambian las voluntades y no lo puedo evitar: el mundo está hecho de cambios». ¡El nunca cambió! (Exclusivo de IPS). *
(*) Mario Soares, Presidente de Portugal entre los años 1986 y 1996.
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