Galicia: el ocaso del patriarca

Combinando las elecciones autonómicas de Cataluña en 2003, las estatales de España del 14 de marzo de 2004, y el referéndum francés y holandés contra la Constitución europea, se explica por qué Manuel Fraga Iribarne ha ganado y perdido simultáneamente las elecciones gallegas del 19 de junio.

En primer lugar, la tónica de los tres ejercicios refleja un ascenso del voto joven y una reducción de la abstención tradicional. En segundo término, responden a un ascenso del nacionalismo, en el doble contexto de la UE o en el autonómico de España. En tercer plano, una mayoría decisoria aprovecha cualquier oportunidad para defenestrar a los políticos veteranos (Fraga) o sus partidos (el PP de Aznar dos veces, Convergencia de Jordi Pujol) que parecen haber agotado su discurso, o simplemente no se fía de una Europa sin alma.

Estas tendencias han confluido en Galicia para que Fraga (ministro con la dictadura franquista, con la monarquía parlamentaria y presidente autonómico sempiterno), a pesar de conseguir el triunfo electoral (37 escaños) puede ser descabalgado del poder simplemente con que el PSOE gallego y el Bloque Nacionalista Gallego unan sus escaños (38). Es una fiel copia de lo que ocurrió en los comicios catalanes de 2003 cuando Convergencia, anteriormente comandada por Pujol, quien (como Aznar) no se presentaba a la reelección, fue rebasada mediante una alianza postelectoral de los socialistas catalanes, los independentistas y los comunistas reciclados.

La clave del experimento catalán es similar a lo que se vislumbra en Galicia: el electorado mayoritario ya no ve con malos ojos unas combinaciones que hace unos años serían impensables. Aires nuevos reciben prioridad.

La explicación gallega adicional, además del agotamiento de la presencia de Fraga, quien había emitido declaraciones extremadamente polémicas (empleo del ejército para garantizar el orden, palabras soeces contra sus propios expertos en imagen), reside en que el discurso del PP se ha revelado como insuficiente entre los jóvenes y los desempleados para darle una mayoría absoluta.

De ahí que esos sectores tampoco tengan remilgos a ver con buenos ojos una alianza de los socialistas con los que, si pudieran, presionarían para la independencia, o por lo menos para el reconocimiento del perfil diferencial, mas allá del folclorismo.

Finalmente, las estadísticas del voto de la emigración gallega, sobretodo en América, pueden revelar un perfil interesante. Común a otras emigraciones, resulta fascinante comprobar cómo los expulsados socialmente por una economía incapaz, apenas se asientan en América se tornan conservadores. De ahí que Fraga patrocinara los favores de los gallegos (en sentido estricto) americanos. Pero soplan nuevos vientos, y la política hacia los retornados (o sus hijos) ejercida por el PP no fue del agrado de la emigración, en contraste con las medidas urgentes y drásticas del PSOE para legalizar la inmigración sin papeles. En cualquier caso, la imagen del nuevo gobierno español (mas allá de los temas especiales de Cuba y Venezuela) es mucho más positiva que la del PP, o por lo menos suficiente para que no se haya decantado por inclinar la balanza del voto gallego.

De confirmarse la alianza de socialistas con nacionalistas gallegos, la salida del poder de Fraga sería incluso más dura que la especie de exilio que Aznar padece. Por lo menos, la derrota del PP en marzo de 2004 es aludida como algo ajeno por el transformador del partido que coaguló el mismo Fraga.

En el contexto de los anteriores comicios autonómicos en España y el cataclismo generado por el «no» constitucional en Francia y los Países Bajos, el experimento gallego es una señal más de las nuevas dimensiones del mundo no solamente de la era posterior a la Guerra Fría, sino al 11 de Setiembre.

Nada es como antes. Nadie está seguro, y cada uno se agarra sin tapujos a una tabla de salvación o, por lo menos, acaricia una manta de seguridad.

Los líderes de la UE veterana, tras el terremoto del referéndum, con Europa en confusión, no tuvieron idea más genial que confirmar el nacionalismo galo y holandés, y se palparon las billeteras.

Por último, el desenlace político del resultado electoral solamente es un preludio de las dificultades del pacto. Socialistas y nacionalistas, para gobernar efectivamente con solamente un escaño de ventaja sobre el PP, requerirán una férrea disciplina de voto. A la menor indecisión, los populares estarán en guardia.

(*) Joaquín Roy es Catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami.(Exclusivo de IPS, para LA REPUBLICA)

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