KOICHIRO MATSUURA (*)
Saber para prever, prever para prevenir y prevenir mejor que curar. La necesidad de las actividades prospectivas es evidente a todas luces. Sin embargo, en la acción de los poderes públicos todavía no se tienen suficientemente en cuenta, sobre todo en relación con los desastres naturales. La carencia de prospectiva la confirman los 300.000 muertos y los estragos ocasionados por el maremoto que ha devastado la región del Océano Indico. El desencadenamiento de las fuerzas de la naturaleza no debe cubrir con el velo de la fatalidad la falta de acción y preparación de los encargados de adoptar decisiones.
Rousseau denunció ya ese fatalismo en su Carta sobre la Providencia, escrita a raíz del maremoto que destruyó Lisboa en 1755. Decía, en sustancia, que no podemos echar a la naturaleza la culpa de haber construido ciudades inadecuadas, porque «la mayor parte de las desgracias físicas que nos aquejan son obra nuestra». Muchos aspectos de los desastres son demasiado humanos como para achacárselos exclusivamente a la naturaleza.
Se habría podido –cuando no debido– tomar en consideración el ejemplo del Sistema de Alerta contra los ‘Tsunamis’ en el Pacífico, que funciona desde 1968 bajo los auspicios de la Comisión Oceanográfica Intergubernamental (COI) de la Unesco. La COI venía proponiendo desde hace años la creación de un sistema de alerta semejante para el Océano Indico, pero predicó en el desierto. Es posible que se estimara que dicho sistema iba a resultar demasiado oneroso, pero cabe preguntarse si la «factura» de los desastres no lo es mil veces más. Algunos creyeron que un dispositivo de alerta no se justificaba por la escasa frecuencia de los maremotos en el Océano Indico. La naturaleza ha desvanecido esta ilusión con una nueva advertencia: el terremoto que ha azotado Sumatra el pasado 28 de marzo.
La comunidad internacional ha encomendado ahora a la COI la tarea de crear un sistema de alerta temprana y de mitigación de los efectos de los maremotos en el Océano Indico. Albergamos la esperanza de que pueda entrar en funcionamiento de aquí a junio de 2006. Sin embargo, son muchos los obstáculos que se han de superar. Sólo alcanzaremos la meta propuesta difundiendo a escala mundial una cultura de previsión y prevención. En efecto, la instalación de un sistema de detección y alerta no siempre es fácil. Muchos países estiman que deben reservarse un determinado tipo de información porque afecta a su seguridad nacional o sus intereses comerciales. A eso podemos replicar que los maremotos no conocen fronteras y que nadie debe precaverse sin prevenir a los demás. Por eso, un sistema de detección de los maremotos exige un contrato de cooperación científica y técnica entre las naciones, que debe comprender forzosamente cláusulas políticas.
En efecto, la eficacia de ese sistema no sólo depende de un esfuerzo material, sino también del grado de movilización de los países interesados. Por ahora, como es natural, el proyecto suscita mucho interés porque las imágenes de la tragedia están aún vivas en nuestra mente, pero los maremotos de gran envergadura no son frecuentes y se olvida muy pronto que pueden volver a producirse. La experiencia de la COI con el sistema establecido en el Pacífico muestra que, a menudo, los gobiernos dejan de considerar prioritario el mantenimiento de un sistema regional de alerta especializado y éste decae.
Por eso, la Unesco preconiza la creación de un sistema mundial de observación de los océanos que preste servicios a escala planetaria.
En primer lugar, es necesario estar en condiciones de detectar los maremotos en todo el mundo porque algunas zonas de riesgo como el Mediterráneo, el Atlántico y el Caribe no cuentan con sistemas de alerta. Además, hay otros riesgos de tipo climático –las mareas de tempestad y los ciclones– que son mucho más frecuentes y tienen efectos igualmente mortíferos. En Bangladesh, por ejemplo, han causado la muerte de 500.000 personas entre 1970 y 1990. Para que los sistemas de alerta perduren es menester conectar entre sí las redes de información sobre los fenómenos naturales y ofrecer una serie de servicios oceanográficos a los científicos, los Estados y el sector privado. La vigilancia mundial de los océanos es más imprescindible que nunca porque un 66% de la humanidad vive hoy en zonas costeras y esa proporción alcanzará un 75% en 2030. Dicho sea esto, la prevención de los desastres no se limita al establecimiento de un dispositivo de vigilancia y alerta, por mundial y excelente que sea. También es preciso preparar a las poblaciones en el plano local. Mediante la educación y la información hay que sensibilizarlas a los maremotos y otros riesgos importantes para que sepan qué hacer en caso de emergencia. Todos deben saber, por ejemplo, que si se produce un maremoto hay que apartarse de inmediato y lo más lejos posible de la costa, buscando un refugio en altura durante dos horas por lo menos. La labor de preparación ha de abarcar también el entorno humano: definir cuáles son las zonas de riesgo, determinar las zonas de evacuación y acondicionarlas, imponer la construcción de edificios antisísmicos y no autorizar las construcciones en sitios peligrosos. En enero de 2005, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Reducción de los Desastres Naturales, celebrada en Kobe, recomendó acrecentar la protección de sitios de especial importancia: escuelas, hospitales, vías de comunicación, centrales eléctricas, sitios del patrimonio cultural, etc.
Además de traducirse en medidas materiales de este tipo, la cultura de prevención debe estar presente en la mente de todos. No olvidemos que la lección de geografía bien aprendida en la escuela por una muchachita le permitió, al ver que el mar retrocedía, dar la alarma y salvar centenares de vidas en una playa de Tailandia.
Asimismo, la transmisión oral de conocimientos ancestrales, convertidos hoy en leyendas, permitió a muchos miles de autóctonos ponerse a salvo del maremoto en algunas islas indonesias y tailandesas.
Por último, cabe decir que nada será posible sin un intercambio continuo de conocimientos e información entre las autoridades, las comunidades locales y los científicos. El interés que la Unesco presta al diálogo entre todos esos interlocutores se ha traducido por la organización de una sesión reciente de los Coloquios del Siglo XXI sobre el tema ‘Tsunamis': prospectiva y prevención. Organizado por Jérôme Bindé, este encuentro internacional congregó, entre otras personalidades, a dos geofísicos de fama mundial –Claude Allègre, ex Ministro de Educación, Investigación y Tecnología de Francia y Emile A. Okal– junto con Patricio Bernal, Secretario Ejecutivo de la COI y responsable del programa oceanográfico mundial. Necesitamos un nuevo contrato de índole prospectiva entre la ciencia y el buen gobierno porque, de no ser así, bogaremos de índole prospectiva entre la ciencia y el buen gobierno porque, de no ser así, bogaremos en una nave en la que los encargados de adoptar decisiones serán timoneles ciegos y los científicos pasajeros lúcidos, pero impotentes. Ahora bien, no sólo es necesario que los dirigentes políticos tengan una visión clara, sino que los científicos dispongan también de una palanca y un punto de apoyo para poder levantar el mundo, tal como Arquímedes se había comprometido a hacer. *
(*) Director General de la Unesco. Este artículo es un resumen de la ponencia presentada por su autor en la sesión de los Coloquios del Siglo XXI sobre el tema ‘Tsunamis': prospectiva y prevención, que tuvo lugar recientemente en la sede de la Unesco.
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