Hamlet en Brasilia

Es increíble lo rápidamente que pueden cambiar las cosas. Esto debe estar pensando Luiz Inácio Lula da Silva, mientras sufre de dolores de cabeza. Unos meses atrás –fin de año y la mayor parte del verano– todo era color de rosa para el actual gobierno del Brasil. Los números de la economía estaban mejor que lo esperado: el PBI crecía al ritmo de las exportaciones, la moneda se valorizaba frente al dólar, los capitales internacionales seguían afluyendo y hasta el desempleo comenzaba a ceder.

Todo pintaba de maravillas para la administración Lula en este año que empezaba tan bien. Pero el otoño trajo hechos que fueron trastocando este panorama idílico y lo curioso fue que no vinieron por el lado de la economía. Esta continuó su buen momento, y recién ahora empieza a dar síntomas de recesión, afectada por los otros hechos que han empañado la imagen del gobierno.

Tal vez, todo comenzó antes de entrado el otoño con la elección del presidente de la Cámara de Diputados. El partido de gobierno, el PT, tuvo desavenencias dentro de su bancada legislativa para escoger su candidato.

Varios diputados querían este cargo, que sólo dura un año, pero que posee una gran visibilidad.

Tuvo que intervenir la cúpula, Lula incluido, y determinar que el candidato sería Luiz Eduardo Greenlagh, un legislador muy activo, pero poco carismático. Igual hubo un diputado disidente que no se apeó y contra toda la presión oficial mantuvo su candidatura.

El resultado fue un desastre para el PT. Como él iba a votar dividido, los partidos aliados se sintieron con igual derecho y la votación fue una confusión. Cada legislador votaba como se le ocurría, no había la menor disciplina partidaria y el final de esta payasada fue que un payaso llegó a la Presidencia de la Cámara: Severino Cavalcanti, un diputado con muchos vicios, pocas luces y escaso peso político, que cuando habla no se sabe si lo hace en serio o en broma y cuya máxima ocupación es colocar a amigos y familiares en cargos de gobierno.

La imagen del gobierno comenzó a resquebrajarse. ¿Qué se podía esperar de él si ni siquiera podía encontrar el consenso para elegir a quien presidiría la Cámara de Diputados? Todos empezaron a perderle el respeto.

Pero lo peor estaba por venir y vino por el oscuro lado de la corrupción, el flanco más débil de este gobierno. La gente puede perdonarle a Lula muchas cosas, pero no que haya deshonestidad en su administración, a él que fue el paladín que combatió estas prácticas en los tres gobiernos anteriores.

Primero fue un ministro que designó, que no era del PT, y que se lo acusó de conseguir créditos de la banca estatal presentando propiedades falsas. Después, vino la decisión judicial de abrir investigación de las actividades financieras anteriores del actual presidente del Banco Central, Henrique Meirelles, una pieza clave en el equipo económico de gobierno.

Luego, saltó el escándalo en el Ministerio de Salud con la llamada «mafia de los vampiros», empresas que estaban acomodadas para venderle suministros a precios sobre facturados. Pero lo peor vino la semana pasada.

Un grupo de empresarios, que se habían presentado a varios licitaciones de los Correos y cuyas ofertas nunca habían sido ganadoras, fue a entrevistarse con el director encargado de compras de esa empresa estatal. Le preguntaron cómo podían hacer para que su suerte mejorara y la respuesta fue una clase de una hora, impartida por el jerarca, describiendo un aceitado esquema de corrupción, con nombres y detalles, y que no sólo comprendía a los Correos, sino también a otras instituciones del Estado.

El señor jerarca se enorgullecía de ser parte de él. Sus directivas al respecto venían directamente –así lo afirmó– del diputado Roberto Jefferson, presidente del PTB, partido que ha estado aliado al gobierno desde sus comienzos.

Los empresarios, en determinado momento de la entrevista, sacaron un paquete de dinero y lo pusieron encima de la mesa. El señor director lo tomó y lo guardó en el bolsillo externo de su saco, con total naturalidad.

Y esto ¿cómo lo sabemos? ¿Lo contaron los empresarios? No, está filmado. Ellos llevaron una pequeña filmadora y registraron toda la charla, esta confesión desfachatada de un corrupto orgulloso.

Hoy el señor en cuestión ya no es jerarca y está detenido. La cinta grabada ha sido solicitada por un juez a la revista Veja, que fue la que la divulgó; y el Parlamento ha votado una Comisión Investigadora (CPI).

El gobierno hizo todo lo que pudo para que no estuvieran los votos para ella y volvió a perder. Otra derrota parlamentaria cantada. Cómo el PT, que fue por veinte años el gran promotor de que el Parlamento investigue, se va a oponer ahora a ello.

Va contra su historia porque ahora es gobierno y esto indigna a los brasileños, inclusive a muchos que votaron por Lula. Lo que más querrían es que limpiara esta maquinaria podrida.

Mientras tanto, en Brasilia, el Presidente se devana los sesos como un moderno Hamlet. ¿Qué hacer? ¿Conservar a los aliados o limpiar la casa? Parece no decidirse y todo Brasil lo observa. La economía ya muestra signos de detener su marcha.

Un grupo de los más selectos empresarios visita al ministro de Economía, Antonio Palocci, para manifestarle sus preocupaciones de que estos hechos afecten a la economía. Y ya la están afectando: el crecimiento se ha cortado.

Los hechos económicos no siempre son los determinantes. Esta es la lección que podemos sacar de estos episodios. Muchas veces, las cuestiones políticas inciden de forma importante en ellos; y por encima de la política está la ética.

¿Podrá este nuevo Hamlet, que habita en Brasilia, apreciar esta jerarquía que lo está confundiendo? *

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