Los secretos del Cónclave se develan poco a poco

Los cardenales inundaron de humo la Capilla Sixtina y Joseph Ratzinger perdió la primera vuelta de votaciones: diversos detalles del misterioso y rapidísimo Cónclave se han escapado de los muros vaticanos pese al juramento de secreto impuesto.

En tono jocoso y de forma oficiosa, fuentes vaticanas contaron que en el momento en que los cardenales eligieron Papa el martes y quisieron enviar al mundo la esperada señal de la fumata blanca, hubo un fallo de combustión y la capilla se llenó de humo. Mientras tanto, en el exterior, miles de fieles veían apenas un tímido humillo de color grisáceo que sembró una ligera confusión. Mientras la plaza de San Pedro dudaba entre estallar de alegría o marcharse a sus casas, los cardenales consiguieron finalmente dirigir el humo blanco hacia el cielo de Roma y ventilar la Capilla Sixtina. «Fueron necesarios dos intentos para obtener el humo blanco, la chimenea no funcionaba y en un momento la capilla estaba llena de humo», contó el cardenal holandés Adrianus Simonis al Corriere della Sera.

«Afortunadamente, no había en la capilla ningún experto en historia del Arte», bromeó el cardenal austríaco Christoph Schoenborn refiriéndose a los recién restaurados frescos de Miguel Angel. Después de la elección, hubo un brindis con champaña, pero el nuevo Papa bebió sólo «un sorbito ya que es abstemio», según el cardenal mexicano Javier Lozano Barragán.

Este purpurado manifestó que «fue muy fácil» elegir al cardenal alemán que tras la muerte de Juan Pablo II mostró en sus homilías «qué tipo de Papa podía ser».

Pero según las informaciones filtradas por otros cardenales, Ratzinger, que fue elegido en un Cónclave de apenas 24 horas, no consiguió el mayor número de sufragios en la primera ronda, el lunes por la tarde, cuando el cardenal italiano Carlo Maria Martini, le pasó por delante.

«Unos cuarenta votos y parece que Martini tenía alguna ventaja», según el vaticanista del diario La Repubblica.

Pero el martes por la mañana, los indecisos comenzaron a votar por el purpurado alemán y poco a poco, muchos cardenales más comenzaron a dar su voto por el candidato que iba en cabeza.

Cuando Joseph Ratzinger fue elegido por «gran mayoría pero no por unanimidad», la sala entera le aplaudió, pero el elegido permaneció con la cabeza baja, sin moverse, lo cual hizo pensar que tal vez no iba a aceptar. «Todo el mundo aplaudía y él mantenía la cabeza gacha. Estaba rezando», recordó el cardenal inglés Murphy O’Connor *

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