Los halcones que rodean y protegen al presidente George W. Bush

No son políticos electos ni militares de carrera, son neoconservadores

«La nominación de Wolfowitz es un golpe contra la comunidad internacional… y un agravio a la ONU», comentó el liberal The New York Times.

«Pensábamos que la nominación de la estrella del rock Bono como presidente del Banco Mundial era una provocación… y ahora esto. Alguien en la Casa Blanca se está divirtiendo mucho en estos días. ¿Rumsfeld va a ser ahora jefe de Unicef?», se preguntó el diario Los Angeles Times.

Bolton afirmó que «no existe algo llamado Naciones Unidas» y dijo que si el edificio del foro mundial en Nueva York perdiera 10 pisos «no habría diferencia».

Además, sostuvo que la ONU sólo serviría si beneficiara los intereses estadounidenses.

El futuro representante de la Casa Blanca en la ONU criticó a esta organización internacional por socavar la soberanía de Estados Unidos, al impulsar convenciones que limitan la acción de Washington en el planeta.

Pero quiénes son y qué creen los neoconservadores que rodean al presidente Bush. Esta construcción ideológica, que tiene mucho que ver con lo que se ha definido como la doctrina Bush, cobró fuerza tras el final de la Guerra Fría, cuando muchos ideólogos y oficiales de la política exterior norteamericana quedaron huérfanos de ideas. Su enemigo histórico había caído.

Estados Unidos -afirman los principales exponentes del neoconservadurismo- es una nación que debe ejercer su dominio militar dondequiera que sea necesario, particularmente para prevenir las amenazas mundiales. En el frente interno, defienden a ultranza la ley del mercado, el desmonte de los derechos laborales, rechazan el manejo social de la economía y abogan por la reducción de impuestos a los más ricos y el desmantelamiento de los vestigios liberales del New Deal de los años 30 y la Nueva Política de los 60.

Los neoconservadores, surgidos en los años 60 en círculos intelectuales liberales de Estados Unidos, se hicieron fuertes, ya convertidos en republicanos, bajo la llamada ‘revolución’ de Ronald Reagan. Bajo su influencia el ex actor logró ver la caída de la Unión Soviética, el enemigo histórico de la Casa Blanca.

Wolfowitz, bajo las órdenes de Dick Cheney, de 1989 a 1993, en calidad de subsecretario de Defensa encargado de planificación, dirigió al grupo responsable de definición de la estrategia y la organización de la fuerza militar norteamericana tras el final de la Guerra Fría.

En 1991, Wolfowitz organizó el financiamiento de la guerra del Golfo por parte de los aliados de Estados Unidos y convenció a Israel de no intervenir militarmente contra Irak para no provocar a los socios árabes de la coalición.

Cuando el presidente George Bush padre decidió no derrocar el régimen de Saddam Hussein tras la guerra del golfo de 1992 -la primera- Wolfowitz, escribió un borrador que causó escándalo. Era un texto destinado a convertirse en el ‘Defense Plan Guidance’.

Wolfowitz sostenía que la contención era una residuo de la Guerra Fría y que Estados Unidos debería hablar fuerte y usar su poder militar para prevenir el uso por terceros de armas de destrucción masiva. Y que si tenía que actuar por su cuenta, debía hacerlo. Cuando el texto se filtró a la prensa, la controversia fue inmediata. El Presidente le ordenó a su secretario de Defensa, el hoy vicepresidente Cheney, que se eliminaran conceptos removedores como la guerra preventiva y unilateral. Lo que en ese entonces era controvertido y motivo de discusión, fue plasmado en la Estrategia Nacional de Seguridad proclamada el 17 de setiembre de 2002.

Los neoconservadores siguieron trabajando en forma silenciosa.

En 1997 nació el «think tank», el «Project for a New American Century». Varios de sus fundadores pertenecían también al ultraconservador «Institute for Advanced Strategic and Political Studies», del cual había salido, en 1996, el imperativo de acabar con el régimen de Irak. Se argumentaba que sus misiles Scud eran la mayor amenaza pendiente contra Israel. Uno de los primeros actos del instituto fue, en enero de 1998, enviar una carta al presidente demócrata Bill Clinton en la que pedían la acción militar directa contra Irak. Entre los firmantes estaban Donald Rumsfeld, Paul Wolfowitz, Richard Perle, William Kristol, Richard Armitage y John Bolton. Todos fueron o son funcionarios del actual gobierno republicano y tuvieron mucho que ver con la decisión de atacar al derrotado régimen de Bagdad.

En marzo de 1999 George W. Bush, el gobernador de Texas, llega a la Casa Blanca tras la controversial victoria de 2000 contra el demócrata Al Gore. Los neoconservadores consiguieron tres puestos claves: Cheney, el vicepresidente, puso a Rumsfeld como secretario de Defensa y a Wolfowitz como ideólogo desde la subsecretaría del Pentágono. La presencia de Colin Powell al frente del Departamento de Estado, sin embargo, garantizaba algún contrapeso en la interna republicana. Mientras los neoconservadores promovían la acción militar contra Irak, Powell defendía las sanciones económicas y la presión diplomática, como un clásico exponente de anteriores secretarios de Estado republicanos.

 

El ascenso definitivo

Tras el ataque terrorista islámico del 11 de setiembre de 2001, los neoconservadores del gobierno tomaron una ventaja definitiva. El nuevo enemigo de Estados Unidos estaba en la mira. Dos días después, en una rueda de prensa, Wolfowitz habló por primera vez de la necesidad, no sólo de capturar a los asesinos, sino de destruir sus refugios y «terminar los Estados que promueven el terrorismo». Rumsfeld convocó a los miembros del «Institute for Advanced Strategic and Political Studies», a una reunión de casi 20 horas que terminó con una carta al Presidente que hacía más énfasis en atacar a Irak, que en la amenaza del saudí Osama Bin Laden. Finalmente, Bush decidió atacar primero a Al Qaeda en Afganistán. No es una coincidencia que Bush haya escogido al «American Enterprise Institute» -considerado el cuartel general neoconservador y defensor de la ‘democratización’ del mundo árabe- para su discurso de febrero de 2003, en el que declaró la victoria sobre Irak.

El petróleo iraquí también estaba en la agenda de los neoconservadores. No solamente por las razones geoestratégicas de obvia conveniencia para Estados Unidos, sino por algo más tangible: las relaciones del vicepresidente Cheney con la gigante de servicios petroleros Halliburton, de la que fue presidente varios años y de la que se retiró con una bonificación de 30 millones de dólares, según señaló la prensa estadounidense. Halliburton, en medio de varios escándalos, ha sido la mayor beneficiaria económica de la invasión a Irak, con contratos por muchos millones de dólares.

«El cambio de régimen en Irak traerá un número de beneficios a la región. Cuando las amenazas sean eliminadas, los amantes de la libertad tendrán la oportunidad de promover los beneficios de una paz duradera», reconoció Cheney.

El ex subsecretario de Defensa estadounidenses, Wolfowitz, admitió abiertamente que el petróleo fue el principal motivo de la operación militar en Irak, según revelaron los diarios alemanes Der Tagesspiegel y Die Welt.

Wolfowitz hizo estas manifestaciones ante los delegados que asistían en Singapur a una cumbre de seguridad en Asia. El propio Wolfowitz aceptó también ante la revista Vanity Fair que las armas de destrucción masiva, presentadas en su momento como la causa principal para la guerra contra Irak, no fueron sino una excusa «burocrática» con la que se pretendía conseguir apoyos de la comunidad internacional a la operación militar.

En el segundo mandato del presidente Bush ya no está Powell. El ex militar era considerado por
algunos como una paloma ante el círculo de halcones. El militar afroamericano renunció, aunque la mayoría de los observadores norteamericanos concuerdan en que no era bienvenido en una segunda administración, luego de algunos roces con los funcionarios neoconservadores, especialmente los del estrecho círculo que rodea a Bush. En su reemplazo fue designada la ex asesora de seguridad nacional Condoleeza Rice, que a pesar de no pertenecer a la entraña de los neoconservadores ha terminado plegándose a su doctrina.

La revista The Economist auguró el fin de la influencia de los neoconservadores. Sostenía que el péndulo regresaría al ala tradicional republicana, la de los pragmáticos o realistas como el ex secretario de Estado Henry Kissinger, el gran oponente intelectual de los neoconservadores. Pero, las as nuevas designaciones de la Casa Blanca para organismos multilaterales no parecen decir lo mismo. *

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