Boicot: gobierno y piqueteros, cada uno por su lado
En la misma onda, el referente de la Federación de Tierra y Vivienda, Luis D’Elía, el más importante de los dirigentes piqueteros pero que además es el motor de una de las tendencias de izquierda que respaldan lo que llaman «el proyecto Kirchner», negó que las movilizaciones que hicieron casi momentos después que el Presidente denostara los incrementos y convocara al boicot, se hayan acordado con las autoridades, asunto abordado incluso por la prensa menos crítica como que así fue.
La verdad que con fuerte tono proselitista, un sector de la oposición, sobre todo el del matizado arco de centro-derecha y algunos diarios, enrostra a las autoridades el haber puesto en movimiento una especie de milicias populares, como si Kirchner fuera una copia de Fidel Castro de los ’60 o de Hugo Chávez ahora.
Ni una ni otra, ni empatía con Lula o Ricardo Lagos, con quien ayer en Santiago terminó de cerrar heridas y asegurarle a Chile el suministro de gas. Kirchner es Kirchner, aunque cueste comprenderlo. Haber cortado el fluido el año pasado, generó una controversia con el vecino trasandino. Además el actual canciller, Ignacio Walker, que antes de asumir se había encargado de acusar al peronismo de movimiento totalitario, había profundizado los disensos.
Tiempos superados, dicen a los dos lados de los Andes. Kirchner siempre dijo que los responsables de haber cortado el abastecimiento de gas a Chile eran las empresa privadas, como Repsol-YPF, manejada por los españoles.
¿Milicias populares?
Parte del final de la controversia es la apuesta argentina a que los convenios gasíferos con Bolivia, que son los que permiten –aunque con hidrocarburos extraídos en la Patagonia–cumplir lo pactado con Chile. Gas del Altiplano evita cuellos de botella para el empinado crecimiento de la economía local. De allí el involucramiento de Kirchner en la crisis boliviana, junto a Lula, claro.
Volvamos a Shell-Esso. Desde el gobierno anunciaron sanciones y la aplicación de medidas para que retrotraigan las tarifas, pero por ahora eso no ha ocurrido. Mientras esté encendido este fuego, las movilizaciones piqueteras de los desempleados organizados amigos del gobierno seguirán. D’Elía anunció una concentración importante para el jueves en el marco de un encuentro con organizaciones de masas de varios países sudamericanos para respaldar la integración energética.
Es probable que detrás de esos movimientos esté en camino el desembarco en el mercado local de la petrolera venezolana Pdvsa. Ayer, varios analistas recordaron la abrupta ruptura de las conversaciones de esa companía con Shell por el cual la angloholandesa vendía sus activos dentro de una estrategia de desprenderse de filiales en varios países. De la mayoría de ellos se fueron, no de Argentina acaso para estar en la onda de Washington que no desea que intereses venezolanos compitan en el mercado local.
El boicot tuvo adhesiones objetivas. Las estaciones de la Shell estuvieron casi vacías en el fin de semana aún sin que los piquetes actuaran. En rigor nunca impidieron las ventas a los nuevos precios.
¿Un ejército paralelo en ciernes?
La Nación, que no ama al gobierno sin dudas, escribió el domingo que al servicio de Kirchner hay 60 mil desocupados organizados que reciben subsidios oficiales y que están listos para actuar.
Es, para la mayoría de los observadores, una apreciación antojadiza. Con todo, aún dentro del gobierno y ni que hablar en casi todos los partidos, salvo la izquierda histórica que no dijo nada, la presencia piquetera es «exagerada» y da pie a que publicaciones como el Financial Times sostengan que esa presencia en las calles «desalentará las inversiones». *
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