Para la historia de las relaciones con Cuba
Al final de mi nota del sábado 5 («Los violadores de DDHH ante la conciencia del mundo») prometí desarrollar algunos aspectos de la VIII Conferencia de cancilleres americanos de enero de 1962 que decidió «la separación de Cuba de la OEA». Al tema también se aludió en el reportaje al canciller cubano Felipe Pérez Roque, publicado al día siguiente. Ello recobra actualidad a la luz de la reanudación de relaciones con Cuba como primer acto de política exterior del nuevo gobierno uruguayo, y por otro lado a raíz de las maniobras de EEUU para acusar a Cuba en la Comisión de DDHH de la ONU en Ginebra, englobando también en sus ataques a Venezuela.
El voto que faltaba
La proximidad de dos hechos relevantes que tuvieron lugar en nuestro país hace 43 años hace que se entremezclen en la memoria colectiva. En agosto de 1961 se realizó en Punta del Este la Conferencia del Consejo Interamericano Económico y Social (CIES), en cuyo transcurso el Ché Guevara enfrentó al secretario del Tesoro norteamericano, Douglas Dillon, desenmascaró la esencia de la Alianza para el Progreso y pronunció un discurso memorable en la Universidad, en cuyo transcurso fue asesinado el profesor Arbelio Ramírez. En enero de 1962 se convocó la VIII Reunión de Consulta de los cancilleres de la OEA, en la cual Osvaldo Dorticós representó al gobierno cubano. En esta ocasión se produjo la recordada marcha juvenil a Punta del Este, marcada por la provocación con los alimentos envenenados. EEUU hizo presentar la moción que establecía la «separación de Cuba de la OEA por incompatibilidad con el sistema de la organización», pero no podía lograr los dos tercios de votos requeridos (14 de los 21 países entonces representados) por la oposición de Brasil, entre otros. El delegado uruguayo era el capitán de navío Homero Martínez Montero. La conferencia entró en un impasse. Los diarios comenzaron a hablar de fracaso.
Entonces la delegación norteamericana convocó a un «briefing» limitado a los periodistas de su país y a algunos medios internacionales afines, en la cual indicaron en qué sentido debía modificarse la orientación de las crónicas periodísticas. Yo estaba en San Rafael como corresponsal y por cierto no fui invitado, pero siempre aparecen amigos y al final todo se sabe. Pude así anticipar en El Popular del día siguiente los títulos de El País de ese mismo día, y no me equivoqué. Proclamaba en gruesos caracteres a lo ancho de la primera plana que la Conferencia alcanzaba un éxito completo y que estaban los votos para expulsar a Cuba.
El trasfondo del asunto –como señalaba en mi nota pasada– es que EEUU le había dado con el precio al delegado haitiano de la tiranía de Duvalier, consistente en la entrega de un barco de guerra y de un hospital, más los millones de verdes que el distinguido diplomático se metió en el bolsillo.
La IX Reunión de Consulta de los cancilleres de la OEA se inició en Washington el 21 de julio de 1964 y allí se decidió de plano, por mayoría, la ruptura de las relaciones diplomáticas, consulares y comerciales con Cuba. No votaron la resolución Bolivia, Chile, México y Uruguay. Pero sólo México persistió en su digna postura. El canciller uruguayo Alejandro Zorrilla de San Martín sostuvo a su regreso de Washington que Uruguay había mantenido en alto el tradicional principio de no intervención. Pero el 8 de setiembre el Consejo Nacional de Gobierno aprobó la ruptura con los votos a favor de los nacionalistas Luis Giannattasio, Washington Beltrán, Carlos María Penadés, Héctor Lorenzo y Losada y Gustavo Puig Spangemberg y el colorado Oscar Gestido, y las abstenciones de Alberto Heber Usher, blanco, y los colorados Amílcar Vasconcellos y Alberto Abdala.
Frente a la Casa de Gobierno de Plaza Independencia se levantó una tribuna para condenar la decisión del gobierno. Hablaron los legisladores Enrique Rodríguez y José Pedro Cardoso, y el primero hizo trizas y lanzó al viento una copia del decreto de ruptura. Cobró mayor amplitud el movimiento de solidaridad con Cuba, que había nacido con el triunfo de la revolución.
Una frase de Foster Dulles
En un capítulo del libro de Miguel Aguirre Bayley sobre el Frente Amplio se hace una prolija historia de las relaciones entre Uruguay y Cuba. En el acápite se coloca esta sugestiva frase del secretario de Estado, John Foster Dulles, en réplica al representante demócrata Winfield Denton: «Usted dice que el propósito del Departamento de Estado es hacer amigos. Déjeme decir esto: ni por un minuto pienso que el propósito del Departamento de Estado sea hacer amigos. El propósito de éste es cuidar los intereses de Estados Unidos. Que hagamos amigos, no me importa. Estamos haciéndolo así porque ello servirá a los intereses de los Estados Unidos». *
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