Las heridas del cuerpo y del alma
En los días posteriores al atentado, la afluencia de viajeros en los trenes cayó 80 por ciento a causa del miedo; una semana después la disminución era de 15 por ciento y desde junio, la ocupación de trenes volvió a la «normalidad», según datos de Renfe (red estatal de ferrovías).
Las noches del 11 y del 12 de marzo, la ciudad presentaba un aspecto fantasmal, con todos su teatros y cines de la Gran Vía cerrados, los bares y restaurantes vacíos, pero poco a poco su ritmo diurno y su vitalidad nocturna también se fueron normalizando.
El racismo que, en principio, se podía temer se desencadenara hacia los ciudadanos magrebíes -pues de allí proceden la mayor parte de los presuntos autores de la matanza- no se produjo, y en el barrio multiétnico de Lavapiés, donde además se produjeron algunos de los arrestos, los inmigrantes siguen viviendo sin problemas, aunque algunos se quejan de que sienten que les miran como terroristas.
Así, de un primer vistazo, todo parece seguir igual, pero en los barrios populares de Santa Eugenia y el Pozo del Tío Raimundo, en cuyas estaciones explotaron varias bombas -en el Pozo murieron 69 personas-, las consecuencias de los atentados son palpables.
En los colegios faltan niños, algunos se han quedado huérfanos, y en los altos edificios de apartamentos modestos faltan los vecinos de enfrente, arriba o abajo, y en los hogares, personas, muchos trabajadores y, muchos también, inmigrantes, que habían llegado en busca de una vida mejor.
Un estudio elaborado por la Universidad Complutense de Madrid refleja que en la ciudad ha habido «una buena recuperación de la población en general, aunque en las víctimas y allegados es diferente», pues la mitad de ellos sigue afectada por el estrés postraumático o pánico.
Roberto Martín, uno de los cuatro maquinistas de Renfe que el 11 de marzo conducían los convoyes atacados, sufrió una contusión en una rodilla, pero las heridas psíquicas son las que más tardaron en cicatrizar, pues volvían a su cabeza una y otra vez las imágenes de restos humanos desperdigados junto a la calle Téllez, a 500 metros de Atocha.
«Estuve de baja tres meses, hasta el 14 de junio, porque era incapaz de subirme a un tren, ni tampoco al Metro. Ahora lo voy superando, pero no lo podré olvidar en la vida», cuenta.
En el momento de la explosión, el tren estaba parado y sintió «una sacudida muy fuerte, un golpe en la pierna y que caían encima los objetos que había en la cabina».
Bajó del tren y una mujer, convencida de que habían chocado, le dijo: «Pero, ¿Qué es lo que has hecho?. Entonces, me fui a reconocer el tren, pero al llegar al quinto y sexto coches me vine abajo, aquello era horroroso».
Su compañero, Antonio Delgado, de 41 años, conductor del convoy que explotó en la estación de El Pozo, cuenta: «Vi por el espejo cómo reventaba el coche y salían los cuerpos despedidos. Parecían muñecos y ¡eran personas!».
Angel Zurinaga, de 63 años, era librero, y ya no lo es porque no puede concentrarse. Lleva un año de baja. Las dos bombas que estallaron en la estación de El Pozo le reventaron los oídos, tuvo que volver a aprender a hablar, y tiene quemaduras por todo el cuerpo.
«He perdido lo más grande. La lectura. Desde que ha pasado eso ya tengo 40 libros pendientes de leer, pero no puedo leer, leo la primera página y vuelvo a la primera página, porque no me entero de los personajes», cuenta a Cadena Ser.
«Oía música clásica pero ya no puedo. Me dicen los psicólogos que la ponga de fondo pero no me dice nada». Angel no aparece en las estadísticas de Renfe: «No subo a un tren ni montaré en la vida. He ido a la estación pero cuando he visto el tren en el que iba yo, me he puesto a llorar». *
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