ANALISIS INTERNACIONAL

El discurso de Bush: lloviendo sobre mojado

EN SU DISCURSO de investidura del 20 de enero Bush dijo que su reelección implicaba un respaldo a la política exterior de su gobierno y anunció la intensificación del intervencionismo militar, a fin de imponer lo que él llama democracia a sangre y fuego en varias regiones, especialmente en Oriente Medio.

Después de Afganistán e Irak, aparecía Irán como blanco inmediato. Ahora, en su discurso sobre el estado de la Unión del día 2, el presidente reafirmó y agregó nuevos objetivos a esa orientación belicista, que procura consolidar la flamante secretaria de Estado en su gira planetaria.

Amenaza al mundo

En aquella ocasión, que coincidía con la comparecencia de Condoleezza Rice ante el Comité respectivo del Senado en procura de su nominación, ésta colocó también en la mira como «reductos de la tiranía» a Zimbabwe (además de Corea del Norte) y enfiló directamente contra América Latina, acusando a Venezuela como «una fuerza negativa en la región» por «abrazar al régimen de Fidel Castro». Dos objetivos en uno.

Bush amplió la lista el miércoles pasado. Alentó sin vueltas a la oposición iraní, diciendo que «cuando ustedes se levanten por su propia libertad, América se levantará con ustedes».

Atacó duramente a Siria (que sufre sanciones de EEUU desde mayo 2004) como «colaboradora del terrorismo». Incluso recriminó a sus aliados, Arabia Saudita y Egipto, incitándolos a «mostrar la vía hacia la democracia en Medio Oriente».

Respecto a Irak, no solamente se negó a proporcionar el menor indicio sobre el retiro de las tropas, sino que argumentó a favor de su permanencia indefinida, pretextando que una retirada «alentaría a los terroristas».

Ese sigue siendo el problema principal. A medida que se cuentan los votos a paso de tortuga, queda claro que pese a los intentos mediáticos de inflar las cifras, la votación de menos de 8 millones de votos no alcanzó al 55% de los 14,5 millones de inscriptos. En segundo lugar, no votaron los sunnitas, y la mayor parte de los circuitos electorales en las zonas sunnitas ni siquiera se abrió.

Tercero, los kurdos votaron para constituir su propio gobierno autónomo. En suma, la elección fue un acuerdo del ayahtolá chiíta Ali Sistani con los mandos militares (como dijimos en nuestra nota del 29 de enero, «Irak: elecciones bajo ocupación militar), y la inmensa mayoría de los votos van para esa fracción.

Pero el Comité de los Ulemas, principal asociación religiosa sunnita, negó legitimidad a los comicios, ante todo porque se realizaron bajo ocupación militar.

Y la mayoría absoluta de la población ansía el retiro de las tropas. Robert Fisk escribe desde Bagdad que «los chiítas decían con una sola voz (en las casillas) que también votaban por liberar a Irak de los estadounidenses, no para legitimar su presencia».

Vimos por TV a iraquíes declarando en el mismo tono, durante y después del 30 de enero. (Entre paréntesis: si en Zimbabwe, por ejemplo, se hubiese efectuado elecciones bajo ocupación militar, hasta en los circuitos electorales y la abstención de grandes colectividades, hubiesen sido tachadas sin duda de antidemocráticas al máximo por el gobierno USA y medios afines).

Réplica del senador Kennedy

El concepto antes señalado se reproducía por parte de alguien tan insospechado como Edward Kennedy, en una conferencia pronunciada el 27 de enero.

El senador demócrata por Massachussets decía tajantemente: «Debemos reconocer lo que cada vez más iraquíes creen ahora: la guerra en Irak se ha vuelto una guerra contra la ocupación estadounidense». Sacaba esa conclusión después de trazar un paralelo con la guerra de Vietnam, y concluía: «Por más que el gobierno lo niegue, no hay duda de que engañó a la nación (con las armas de destrucción masiva, entre otras cosas) y nos metió en un lodazal en Irak». Luego subrayaba que las torturas infamantes de prisioneros, tanto en Abu Ghraib como en Guantánamo, se alejan de «la fundamental decencia humana» y constituyen «una degradación que ha empequeñecido a EEUU ante los ojos del mundo». Agregaba que » a consecuencia de nuestras acciones en Irak, nuestro respeto y credibilidad en todo el mundo ha llegado a los niveles más bajos de la historia», e instaba por ende a Bush «a traer nuestras tropas a la patria con honor».

El show mediático

El presidente hizo todo lo contrario. Y además, montó un show mediático. Mandó buscar a una mujer afgana y otra iraquí, Sofía, «que habían votado por primera vez», y las sentó junto a su esposa Laura y a la madre de Bill Norwood, uno de los más de 1.400 marines norteamericanos muertos en Irak. Hacia allí apuntaron todas las cámaras de TV.

En el momento adecuado, las mujeres se abrazaron llorando, y ese fue el punto culminante de la trasmisión. *

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