Derechos humanos: un triste aniversario
Toda la teoría actual de los derechos humanos proviene de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano votada en 1789 por la Asamblea Constituyente instituida por la Revolución Francesca, que a su vez se inspira en el preámbulo de la Declaración de Independencia de Estados Unidos (1776), que reza así: «Todos los hombres han nacido iguales y han recibido de su Creador algunos derechos inalienables».
Antecedentes más lejanos son la Magna Carta (siglo XII) y la Declaración de Derechos de las revoluciones inglesas del siglo XVII.
Pero para nosotros que vivimos en el siglo XXI, la referencia fundamental sobre derechos humanos es la Declaración Universal aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948. Esta Declaración, votada por todos los Estados miembro de Naciones Unidas -incluso por quienes no la cumplen- ha sido completada por diversas convenciones, como las relativas a los derechos políticos, los socio-económicos y los de la mujer.
En el período último de la Guerra Fría los derechos humanos fueron una bandera persistentemente enarbolada por Occidente para desgastar a la Unión Soviética. El bloque soviético colocaba el acento en las escandalosas desigualdades socio-económicas existentes en el mundo capitalista-, mientras el Occidente lo colocaba en las libertades y particularmente en las político-religiosas.
Ya en esos tiempos Estados Unidos mantenía el detestable criterio de «dos pesos y dos medidas» para evaluar las violaciones a los derechos humanos, como tantas veces sucedió, especialmente en Latinoamérica, región víctima de sucesivas intervenciones político-militares y también económicas de Washington; el ejemplo más clamoroso fue el Chile de Pinochet.
Con la caída del Muro de Berlín se asistió al fenómeno extraordinario y no violento del colapso del comunismo. Y el mundo dio un viraje de 180 grados.
Se proclamó la universalidad de los derechos humanos y de la democracia como una realidad al alcance de todos los pueblos, así como la promesa de paz perpetua, viejo sueño de Emmanuel Kant. ¡Qué ilusión! La desintegración de Yugoslavia, lacerada por conflictos étnico-religiosos y la Guerra del Golfo fueron las primeras señales de lo que nos esperaba.
Y sobrevino el 11 de setiembre del 2001, un horror en estado puro. Quedó en evidencia el peligro inmenso del terrorismo islámico o global, junto con la constatación de la vulnerabilidad de la hiperpotencia. Y nos precipitamos en un mundo inquietante en donde la importancia de los derechos humanos ha sido conscientemente menospreciada y disminuida bajo el pretexto de la preocupación por la seguridad.
Es indudable que la lucha contra el terrorismo global -o la guerra, como imprudentemente la llamó Bush- es un imperativo absoluto con el cual debemos ser firmemente solidarios. Pero esa lucha debe ser conducida con inteligencia crítica, con informaciones rigurosas, con conocimiento del terreno y de las condiciones en que el terrorismo se mueve.
El caldo de cultivo del terrorismo es el subdesarrollo, la falta de horizontes y los atentados contra la dignidad de las poblaciones árabe-musulmanas. Y es obvio que se lo debe combatir en el respeto más absoluto de los derechos humanos. Cuando no es así, los terroristas y sus antagonistas se sitúan en el mismo nivel moral.
Precisamente en este aspecto la administración Bush falló estrepitosamente.
Estamos ahora al borde de una guerra de religiones, lo que significa un tremendo retroceso en términos de civilización. Y la tentativa de marginalización de las Naciones Unidas ha sido un trágico error que causó una fractura en Occidente ya que Europa no puede aceptar ese camino, no sólo por razones estratégicas sino asimismo por los valores humanistas que están en la raíz de la construcción europea. La violación de los derechos de los prisioneros en Guantánamo, en Iraq y en Afganistán en total transgresión de las convenciones de Ginebra, incluida la tortura, ha sido otro error imperdonable.
Cuando hablo de fundamentalismo no me refiero solo a la variante islámica, incluyo otros dos que se le oponen aunque comparten su naturaleza: el fundamentalismo evangélico, originado en los estados del sur de Norteamérica, que se encuentra en expansión en América Latina y en ¡frica y está dotado de ingentes recursos monetarios, y el fundamentalismo hebreo ortodoxo, que hoy parece tener como objetivo prioritario la liquidación del Estado Palestino.
A estos dos fundamentalismos que llamamos -simplificando- de tipo religioso, debemos agregar uno de tipo económico: el fundamentalismo del mercado, propulsor de la globalización sin ética que domina el planeta y lo divide entre pobres y ricos, marginalizando a dos tercios de la humanidad.
Pese a ser muy diferentes entre sí, todos estos fundamentalismos convergen para destruir el orden mundial asentado en la Carta de las Naciones Unidas, en el derecho internacional y en la Declaración Universal de los Derechos
Humanos, que heredamos del siglo pasado y que bien o mal alimentó el sueño de la igualdad de la condición humana, independientemente de la raza, de la religión y de la situación social. *
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