Bush, segundo acto
Comienzo con una necesaria autocrítica: ¡me engañe! Preví, en público, la victoria de John Kerry. Más aún, la anhelé, por considerarla un bien para Estados Unidos y el mundo. Principalmente porque la victoria de Kerry hubiera significado la derrota de George W. Bush.
Pero la mayoría de los estadounidenses decidió, soberanamente, lo contrario. Como demócrata, debo inclinarme ante esa voluntad, cualquiera hayan sido sus motivaciones, aunque sepamos que puede haber sido interferida por factores de dudosa racionalidad, como el miedo, una información deformada o una sesgada percepción de los intereses propios y de la realidad internacional.
Bush procura ahora mostrarse magnánimo y hace un llamamiento al electorado democrático, pero no deja espacio a ilusiones acerca del proseguimiento de su política. Confortado por una holgada victoria personal y por la mayoría que obtuvo el Partido Republicano en las dos cámaras, ningún obstáculo se le antepone.
Sin embargo, el líder de la mayor nación del. mundo, está ahora llamado a resolver los enormes problemas que, en buena parte, creó durante su primer mandato: Irak, la inmensa hostilidad del mundo árabe-musulmán herido en su dignidad, el conflicto israelo-palestino, el aumento previsible del terrorismo global, el exponencial déficit externo, la desconfianza sino el rechazo del mundo en general.
Lo cierto es que Estados Unidos está profundamente dividido en dos campos irreductibles, extremadamente diferenciados y de dimensiones casi iguales. Se trata de una polarización geográfica, sociológica, cultural y política, muy peligrosa en términos de futuro.
Los mapas de la primera elección de Bush y los de la segunda, así como los de algunas elecciones anteriores, casi se sobreponen. De un lado están, mayoritariamente, los estados del Middle East y los del sur; del otro, los estados de las dos costas -Este y Oeste- y la zona de los grandes lagos.
Y la Norteamérica rural, tradicionalista, ultrarreligiosa de las ciudades del interior, encerradas en sí mismas, en contraposición a la de las grandes urbes cosmopolitas, de las industrias de punta, de las ciencias, las artes, el conocimiento y de las más reputadas universidades.
La victoria de Bush está ligada, obviamente, a la obsesión por el terrorismo alimentada desde los atentados del 11 de setiembre, a la fijación malsana en los problemas de seguridad y, finalmente, al miedo, que por irracional que sea, los medios han convertido en un sentimiento avasallador. También contó una cierta preocupación moralista -en crescendo- y una enorme participación de las religiones y de los evangélicos en particular. Pero es llamativo que en un país como Estados Unidos los desastrosos resultados económicos -el desempleo, el aumento del precio del petróleo y el ingente déficit- no hayan tenido más peso en las opciones electorales.
¿Y ahora? Nadie puede ignorar que para centenares de millones de personas en el resto del planeta la victoria de Bush constituye una honda decepción. En el mundo musulmán, en Latinoamérica, en Ãfrica, en vastas extensiones de Asia y en Europa. Se me puede objetar que esto no tiene importancia ya que lo único que cuenta es el voto de los estadounidenses. Respondo que en un mundo globalizado los grandes movimientos de opinión condicionan en gran medida, como se ha visto, las posiciones de los gobiernos y especialmente de los gobiernos occidentales, que operan en sociedades abiertas. Por lo tanto, si Washington mantiene la arrogante política imperial de los últimos cuatro años, deberá afrontar grandes dificultades y confrontaciones, incluso en el frente interno.
¿Será Bush capaz de reconocer la necesidad de cambiar su política y regresar al multilateralismo, a un diálogo abierto con Europa, a una presencia participativa en las Naciones Unidas, a la aceptación del Tribunal Penal Internacional, al respeto de los derechos humanos y a una política ambiental coherente? ¿Percibirá las reticencias de la Rusia de Putin aparentemente tan amiga de Bush y las exigencias crecientes de China? ¿Podrá convivir pacíficamente con Irán? Sinceramente, tengo serias dudas.
Ojalá me equivoque pues si no, los cuatro años venideros serán extremadamente difíciles, violentos y penosos tanto para Estados Unidos como para el mundo. *
(*) Mario Soares, presidente de Portugal entre 1986 y 1996.Exclusivo de IPS.
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