Los argentinos admiten ser unos "engreídos" y "ventajeros"
«¿Qué imagen mostramos los argentinos al resto del mundo?», es la inquietante pregunta que formula la edición electrónica del diario Clarín, el de mayor difusión del país, en una consulta que ayer martes superaba los 20.000 votos y se engrosaba minuto a minuto con los interesados en dejar su opinión.
Entre cinco alternativas de respuesta, las dos opciones negativas, «engreídos» y «ventajeros», se llevan las palmas casi en forma abrumadora con índices de 45,4% y 39,5%, respectivamente.
«Simpáticos» (7,6%), «solidarios» (3,9%) y el impreciso rubro «otros» (3,6%) completan las opciones de la consulta, cuyo resultado parcial parece dar crédito a una percepción que anida sobre todo en América Latina.
El mote de fanfarrón y soberbio con que se distingue a los argentinos se ha impuesto en muchos países de la región, a veces como una generalización injusta y otras con actitudes que le dan crédito y abonan la fama.
Los chistes sobre los argentinos son un clásico que circulan de voz en voz y de mail en mail, cuyo estandarte es el famoso: «¿Cómo se suicida un argentino? Se tira desde lo más alto de su ego».
Al argentino no le gusta nada mirarse al espejo y ver algo que no le gusta, por ello es probable que si se profundizara el estudio la respuesta de los votantes que eligieron «engreídos» y «ventajeros» esté referida al «otro», y entonces todo seguiría en el mismo lugar.
Pero también es posible que un ejercicio de autocrítica se haya originado en los recientes años de una inédita crisis económica, cuando sus habitantes caían en la cuenta de que vivían en un país que pudo ser y no fue, en su más tanguera expresión.
«Granero del mundo», «la Europa de Latinoamérica», «altísimo nivel de vida», todas frases hechas que calaron hondo durante décadas entre los argentinos y que se cayeron como un castillo de naipes en la crisis de finales de 2001.
En particular, el porteño (oriundo de la capital) ha acuñado una forma de expresarse «canchera» (irónica e hiriente) y muchos utilizan sentencias concluyentes que no dejan espacio a los matices, algo que puede resumirse en la despreciativa frase según la cual éste o aquél «no existe».
La cruz del argentino soberbio, que muchos cargan sin merecerlo, se afianzó en la década pasada, cuando el entonces presidente Carlos Menem se convirtió en un paradigma de la frivolidad y la fanfarronería, mientras las denuncias de corrupción fueron un signo distintivo de su gestión.
«Argentina es un país del primer mundo», solía repetir Menem al considerar que las relaciones «carnales» con Estados Unidos le daban un sitial privilegiado, pese a que el fuerte aumento de la pobreza y la desocupación expresaban lo contrario.
Según muchos sociólogos, ese estilo de gobierno y la imposición de un modelo neoliberal a ultranza terminó por imponer la idea de que la medida del éxito de una persona estaba dada por el nivel económico y la fama, imponiéndose el ‘sálvese quien pueda’ con el consiguiente daño a los lazos de solidaridad sociales.
El conocido escritor Marcos Aguinis explicó que editó un ensayo bajo el sugerente y aparentemente contradictorio título «El atroz encanto de ser argentinos» para «tratar de penetrar en la mentalidad de los argentinos que parece tan difícil, tan enigmática». *
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