Todo vale en Irak

El ataque sincronizado en Irak a varias iglesias cristianas de diferentes ritos no es una casualidad, sino el fruto de un plan cuidadosamente orquestado. Para los grupos de la resistencia iraquí y para la pléyade de islamitas radicales que les apoyan, el objetivo de la yihad (guerra santa) es diáfanamente claro: se trata, ni más ni menos, de echar a los norteamericanos y a sus aliados de Irak, a ser posible humillados y con el rabo entre las piernas. Se pretende lograr que Irak se convierta en el nuevo Vietnam de EEUU, en el Vietnam del siglo XXI. Y para conseguirlo están dispuestos a no reparar en gastos.

Lo que sucede, para desgracia de esta gente, es que los norteamericanos son poderosos y, aunque quizás no hayan tenido las ideas demasiado claras durante algún tiempo, ahora saben -incluido Kerry- que no cabe retirarse y dejar a los iraquíes en la estacada en la que, por cierto, fueron ellos quienes les metieron. Es como el cirujano que no puede abandonar el quirófano con un paciente con la tripa abierta. Podrá irse, si así lo desea, pero antes tendrá que echar algún remiendo para evitar que se le desangre el enfermo.

De modo que la resistencia iraquí, que sabe que no puede enfrentarse directamente a los norteamericanos y que éstos tampoco se van a marchar por voluntad propia a corto plazo, se ve obligada a echar mano de la imaginación y a buscar medios indirectos de enfrentamiento. La forma más obvia de complicarle la vida a EEUU es atacando las instalaciones petrolíferas de Irak: pozos, gasoductos, refinerías. De esta manera se logran dos objetivos. En primer lugar, se encarece la ocupación, porque al quedar Irak privado de su única fuente de ingresos, todos los gastos recaen sobre los aliados. En segundo lugar, porque al no haber petróleo no hay electricidad, y si no hay electricidad las fábricas no pueden trabajar, y si no trabajan hay desempleo, y si hay desempleo la gente no está contenta, su humor no mejora al no disponer tampoco de calefacción o aire acondicionado… y así sucesivamente.

La segunda manera de complicarles la vida a los norteamericanos es alejando de Irak a todo lo que huela a multilateral y, en especial, a las Naciones Unidas, por la simple razón de que su sola presencia contribuye a dar legitimidad a la ocupación. Por eso las bombas contra la ONU y las amenazas contra sus miembros.

La tercera forma tiene que ver con los aliados. Si no se puede con el más fuerte de la pandilla, ¿qué tal si lo intentamos con los más chicos? Es la estrategia que diseñaba el documento de Al Qaeda encontrado por un investigador noruego en Internet, y que desgraciadamente no conocimos a tiempo, antes los atentados terroristas de Madrid del 11 de marzo. España no se retiró de Irak por los atentados, pero parece obvio que los que los cometieron buscaban también ese resultado. La estrategia de intentar que se vayan del territorio iraquí quienes en estos momentos acompañan a los norteamericanos es la prioridad de la yihad. Por eso también, y aunque sea a otro nivel, se asesina a los camioneros y a los cocineros nepalíes. Que todos aquéllos que de una u otra forma participen o colaboren en la que consideran ocupación de su país sepan a lo que se exponen.

Eso explica también que se ataque a los periodistas, a quienes sobre el terreno, viviendo peligrosamente, cuentan al mundo la verdad de cuanto ocurre, con todas sus luces y sus sombras. Asesinar o secuestrar a periodistas ofrece al menos dos ventajas: garantiza una amplia resonancia para la causa que defienden los terroristas y aumenta el horror y el desencuentro con un Occidente que defiende la libertad de expresión como uno de los pilares básicos de su escala de valores. El motivo es lo de menos. También la nacionalidad de las víctimas o la postura de fondo de sus respectivos países sobre los acontecimientos de Iraq. Todo vale en este totum revolutum que animan los islamitas radicales en su esfuerzo de yihad por echar de suelo iraquí a los no musulmanes.

La quinta manera de crearles problemas a los norteamericanos es impedir la normalización política en Irak. Es lo que pretenden los atentados y ataques a miembros del nuevo Gobierno iraquí, a las comisarías, a los centros de reclutamiento, a los cooperantes extranjeros, a las empresas que hacen negocios con la nueva administración y, también, a los cristianos iraquíes. En este último caso las ventajas son dobles: por una parte la solidaridad en la fe da una enorme publicidad internacional a la inseguridad en Irak, lo que desanima a quienes pudieran pensar en acudir, y, por otra, se incita a la emigración de la minoría cristiana en una especie de limpieza étnica que refuerza el componente islámico del país, obviando el dato objetivo de que los cristianos llevan viviendo en Irak muchos más años que los musulmanes.

En sexto lugar, pero en modo alguno menos importante, el objetivo de la yihad es la creación de un clima de miedo, desconfianza y, en definitiva, de confrontación civil entre los mismos iraquíes musulmanes, sean chiíes o suníes. Es lo que el Corán condena como fitna, o desorden. Esta es la intención que se esconde tras atentados como el del ayatolá Al Khoey, que había regresado poco antes del exilio londinense, o el del ayatolá Al Hakim, de gran prestigio intelectual, que conmocionaron a la mayoría chií del país, aunque lo más probable es que sus autores también lo fueran.

Por eso el joven Muqtada al Sadr lleva los enfrentamientos a la ciudad santa de Nayaf, donde está la tumba de Alí, fundador del chiísmo, que es uno de los lugares más sagrados del islam, detrás de La Meca, Medina y Jerusalén. Toda la potencia de fuego norteamericana se ha visto impotente ante el riesgo de dañar o profanar el santuario y enajenarse a la mayoría sociológica del país. Al final ha sido necesaria la intervención del otro gran ayatolá, Al Sistani, que se encontraba de médicos en Londres, para encauzar la situación, dejando de paso claro quién manda de verdad en el mundo chií. La crisis se ha cerrado en falso, sin el desarme de las milicias rebeldes, pero ha tenido la virtud de poner de relieve ante los ojos de los iraquíes los límites del poderío norteamericano y del gobierno de Bagdad, exponente del proceso de institucionalización política que Washington auspicia en Irak. Por todo eso, nada de lo que ocurre es en modo alguno inocente, sino que responde a una estrategia bien diseñada. *

(*) Jorge Dezcallar, embajador de España ante la Santa Sede y ex director del Centro Nacional de Inteligen cia (CNI). Exclusivo de IPS.

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