Fidel Castro: piloto de tormentas
Denostado y odiado por algunos, venerado y amado por otros, Castro ya se ha ganado un lugar en la historia como un hombre osado, temerario y, para muchos, como irresponsable por poner en riesgo su vida ante los embates de la naturaleza.
Mientras el huracán Iván devastaba el lunes pasado la provincia de Pinar del Río (oeste) con vientos de más de 180 km/h y lluvias torrenciales, el viejo Mercedes Benz de Castro corría raudo por la carretera desde La Habana hacia esa zona.
El veterano dirigente, de 78 años de edad, llegó, vio y comandó en persona las operaciones de evacuación, visitó a refugiados y dirigió las sesiones del Consejo de Defensa en la región, donde se evaluó la dramática situación paso a paso.
La incertidumbre y la tensión que se apoderaron de la población en los días previos a la llegada del meteoro, dieron paso a la mesura cuando el «Comandante en Jefe» se dirigió por cadena de radio y TV para levantar la moral de su pueblo y alentarlos a «enfrentar este nuevo combate».
En medio de un mar de rostros serios y acongojados, mientras se sentía de fondo el ulular del viento y la lluvia arreciaba, Castro lucía sonriente ante las cámaras, bromeaba sobre la violencia del huracán y prometía «una nueva victoria» para los cubanos, acostumbrados al lenguaje bélico que emplea el mandatario.
El decano de los jefes de Estado del mundo, con 45 años en el ejercicio del poder, es ya un experto en el manejo mediático y conocía el impacto sicológico que su arenga tendría sobre la gente, más allá de sus presuntas simpatías políticas.
La propaganda oficial y el imaginario popular, han construido un mito alrededor de la figura de Fidel Castro que se inició al comienzo de la Revolución, cuando el jefe guerrillero que derrocó a la dictadura de Fulgencio Batista hizo su ingreso triunfal a La Habana con sus «barbudos», el 8 de enero de 1959.
Mientras se dirigía a una multitud alborozada, a bordo de un jeep militar, una paloma blanca se posó sobre el hombro de Castro, algo que fue percibido como un designio casi divino por una población en la que el sincretismo religioso -la santería de origen afrocubano- tiene una influencia ancestral.
Pese a su barba cana, andar cansino y voz algo cascada por el paso del tiempo, la figura de Castro en su uniforme de combate verde olivo, encaramado a un blindado anfibio para recorrer la zona afectada por el huracán Iván, infundió ánimos a una población que padece limitaciones materiales severas desde hace más de una década.
Los analistas políticos, incluso dirigentes de la disidencia interna, reconocen que el mandatario cubano es «un capitán de tormentas» y que «se agiganta ante la adversidad», y el paso de Iván sobre la isla le brindó una gran oportunidad al astuto Comandante en Jefe para mostrar sus mejores facetas histriónicas.
Quizás la fortuna le volvió a sonreír al veterano guerrillero, porque el meteoro desvió su rumbo a último momento y se alejó por el extremo occidental de Cuba. *
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