Sólo una revolución puede erradicar el racismo y el colonialismo

Durante siglos Africa ha sido víctima de numerosos hechos que han situado por doquier a los africanos entre los más «desdichados de la tierra». Todo comenzó con el transporte a la fuerza de millones de africanos a través de los océanos Indico y Atlántico en calidad de esclavos, lo que diezmó la cohesión y la capacidad productiva de las sociedades africanas y llevó a la formación de colonias de esclavos en América del Norte, del Sur y el Caribe.

Al escribir sobre la «Génesis del Capitalismo Industrial» en «El Capital», Carlos Marx dijo: «El descubrimiento del oro y la plata en América, la extirpación, la esclavitud y el virtual enterramiento en las minas de la población aborigen, el comienzo de la conquista y el saqueo de las Indias Occidentales y la transformación de Africa en un coto para la caza comercial de seres humanos de piel negra señalaron el promisorio amanecer de la era del capitalismo productivo».

Hay una necesidad urgente de que los historiadores, los sociólogos y otros estudiosos africanos analicen el impacto a largo plazo que produjeron en nuestro continente estos tres fenómenos históricos: la esclavitud, el colonialismo y el racismo.

Existen en Sudáfrica y en el resto del mundo quienes exigen que tratemos estos tres fenómenos simplemente como una cuestión de archivo histórico sin relevancia para nuestras luchas contemporáneas por el renacimiento de Africa. En parte, ello está motivado por el propósito de constreñir a las víctimas de gruesas injusticias a olvidar el daño que les han hecho y de crear en Africa una amnesia colectiva que induzca a las propias víctimas a culparse por la desdicha que sufren.

Esto lo vemos claramente en Sudáfrica, donde algunos insisten en que el apartheid es una cosa del pasado y que toda referencia al continuado impacto del pasado constituye una tentativa de «jugar la carta racial». Y sin embargo, para nosotros, es muy importante entender el impacto de ese pasado a fin de permitirnos hacer frente eficazmente al presente, no con algún deseo de culpar a quienes son históricamente responsables de los más terribles crímenes contra la humanidad sino para diseñar las políticas y los programas que deben ayudarnos para lograr el renacimiento de Africa.

Tenemos la responsabilidad de comprender por completo la realidad africana contemporánea tal como fue modelada por la esclavitud, el colonialismo, el neocolonialismo y el racismo, entre los cuales hay una continuidad tan clara como la hay entre el pasado y el presente.

Durante el reciente período de neocolonialismo hemos visto sistemas africanos de gobierno que continúan tratando a nuestros pueblos como masas que merecen ser apartadas del proceso que determina su futuro, con muchos de los nuevos gobernantes que obran como parásitos en la sociedad africana, tal como lo hicieron antes los mercaderes de esclavos y los amos coloniales.

Hemos visto a sistemas africanos de gobierno sucumbir ante el orden económico global nacido de la esclavitud y del colonialismo, que definió a este continente como una fuente de materias primas producidas con mano de obra barata e hizo inevitable que Africa se viera sometida a un continuo proceso de crecientes empobrecimiento y subdesarrollo.

Hemos visto cómo los nuevos gobernantes aceptaron el racismo que propulsó la subordinación de los africanos a un «superior» mundo occidental y les hizo ufanarse de la absorción de las culturas y las lenguas de sus ex colonizadores, así como alejarse de sus propias culturas y lenguas, que han aprendido a despreciar como «incivilizadas».

Y hemos visto cómo se ha arraigado la creencia de que el logro del objetivo de una mejor vida para los nativos africanos depende de una continua buena voluntad del mundo occidental para favorecer a las masas con la transferencia de recursos en la forma de «ayuda» o de «asistencia exterior para el desarrollo».

El conjunto de las cuestiones arriba mencionadas lleva a la generalizada crisis económica y social de la cual ahora los pueblos de Africa deben librarse por ellos mismos. Lo que ello requiere es una verdadera revolución para tomar el camino hacia la erradicación de la pobreza y del subdesarrollo, la restauración de la dignidad de la gente, incluyendo la que se halla en la diáspora, y la victoria en la lucha para poner fin a la marginación global de Africa y de los africanos.

Tal revolución liberaría las enormes energías latentes en la gente al incluirla en el proceso de hacer la historia. La democratización genuina de las políticas y de los sistemas de gobierno africanos y el otorgamiento de facultades a las masas para que puedan ser sus propios libertadores son decisivos para el logro de este objetivo.

El fracaso en la consecución de estas metas anularía la posibilidad histórica que tenemos de hacer progresos decisivos hacia el renacimiento de Africa y condenaría a todos los africanos a sufrir la perpetuación de su condición de «desdichados del mundo». *

(*) Thabo Mbeki es el Presidente de Sudáfrica.Exclusivo de IPS

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