Trágico fin tras secuestro de niños
El asesor de la presidencia rusa Aslanbek Aslajanov dijo en el aún caliente escenario de los hechos que incluso la cifra de víctimas mortales puede ser mayor.
De hecho, el Ministerio de Salud de Osetia informó, según la agencia de noticias Interfax, que el número es superior a 200.
El desenlace se produjo sobre el mediodía local cuando, por razones aún no aclaradas y ciertamente contradictorias, fuerzas de elite rusas irrumpieron en la escuela y retomaron el control a sangre y fuego, en un epílogo que causó un reclamo a Moscú de «explicaciones» por parte de la Unión Europea.
La escena pareció repetir la postal que dos años atrás, en octubre de 2002, vivió el teatro Dubrovka de Moscú, tomado por separatistas chechenos y recuperado con un altísimo costo de vidas humanas por tropas federales que arrojaron gases que mataron a guerrilleros y rehenes por igual.
El director de los servicios secretos FSB (ex KGB) para Osetia del Norte, Valery Andreyev, incluyó entre los muertos de hoy a 20 miembros del comando guerrillero, diez de ellos árabes, en tanto que los últimos tres que resistieron hasta el final atrincherados en un sótano fueron «eliminados».
La información es imprecisa en cuanto al término, pues no aclara si murieron o fueron capturados y las fuentes consultadas son contradictorias al respecto. En Londres, un vocero del dirigente separatista checheno Aslan Maskhadov dijo que «ninguno» de los secuestradores eran de nacionalidad chechena.
Akhmed Zakaiev, portavoz de Maskhadov, dijo a la TV británica Channel 4 que los guerrilleros eran «de Ingushetia, de Osetia, de Rusia, pero no chechenos».
No obstante, admitió que «sus reclamos estaban vinculados con la independencia de Chechenia» y pronosticó: «Igualmente nos responsabilizarán por cualquier cosa que pase».
Hasta la medianoche local las autoridades contabilizaron 704 heridos hospitalizados, entre ellos 259 niños, y un número impreciso de agentes de las fuerzas especiales que tomaron por asalto la escuela sobre el mediodía, con un plan de urgencia que según Moscú fue «forzado» por las circunstancias, cuando parecía abierto un canal de diálogo.
La mayoría de los muertos son civiles que permanecían como rehenes: Andreyev reconoció que «hubo víctimas entre los secuestrados» y añadió que 60 cuerpos ya habían sido identificados, pero con el correr de las horas esa cifra se estiró a 95 y amenazaba con crecer aún bastante más.
En cuanto a los heridos, los más graves recibieron las primeras curaciones en hospitales móviles montados por las autoridades en los alrededores de la escuela, desde donde eran derivados para clínicas de las ciudades de Beslan y Vladikavkaz.
Un avión Il-76 del Ministerio de Situaciones de Emergencia del gobierno federal partió desde Moscú hacia Osetia del Norte portando equipo médico y fármacos para asistir a las víctimas.
El presidente de Osetia, Alexandre Dzassokhov, había descartado el uso de la fuerza después de arribar a un acuerdo con los secuestradores para que fuerzas sanitarias retiraran del interior de la escuela los cadáveres de unos 20 rehenes que habían caído en las últimas 48 horas.
Ese acuerdo fue impulsado directamente por un enviado de Putin, el asesor Aslambek Aslajanov, pero cuando arribó al escenario de la crisis ni siquiera llegó a intervenir, porque las explosiones y los tiroteos arreciaban.
Cuando la operación humanitaria de rescate de cadáveres estaba en curso, presuntamente un grupo de rehenes intentó escapar y los guerrilleros abrieron fuego contra ellos e hicieron detonar cargas explosivas diseminadas en el establecimiento.
Otras fuentes, entre ellas algunos sobrevivientes, dijeron que la primera explosión que desató el caos fue accidental y se produjo cuando un secuestrador tropezó con una bomba colocada para fortificar el edificio donde estaban los rehenes.
Una de las explosiones posteriores, según testigos, provocó el derrumbe del techo de la escuela y el lanzamiento de una operación de emergencia por parte de las fuerzas de elite de los militares rusos. Escenas de pánico y extrema confusión marcaron las dos horas siguientes, en las que cientos de rehenes recuperaron la libertad y procuraron salvar sus vidas corriendo hacia lugares seguros donde desesperadamente buscaron agua y alimentos, de los que estuvieron privados por más de dos días.
Tras las lluvia de balas y seguidilla de detonaciones, los cadáveres de un centenar de personas, en su mayoría rehenes, quedaron tendidos en el gimnasio de la escuela, una suerte de centro de enclaustramiento dispuesto por los secuestradores. *
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