El monopolio del PRI
Hasta ese año, sólo 39 de 1.376 municipios del país, que representaban el 1,84 por ciento de la población nacional, era gobernado por partidos distintos al PRI. Una década más tarde, en noviembre de 1998, la oposición controlaba 580 municipios, más de una tercera parte del total, pero donde habita el 51,41 por ciento de los habitantes de México. Hoy el PRI sólo gobierna el 50 por ciento de las alcaldías, mientras su rival histórico, el centroderechista Partido Acción Nacional (PAN) el 30 por ciento y el izquierdista Partido de la Revolución Democrática (PRD) el 20 restante.
En el ámbito legislativo también hubo cambios dramáticos en esa década. Por ejemplo, en 1988, todas las legislaturas de los estados tenían mayoría calificada del PRI, o sea, dos tercios de sus diputados eran oficialistas, por lo que este partido podría reformar la Constitución sin alianzas.
Actualmente, sólo un Congreso local, el del estado de Puebla, vecino a la capital, posee esa mayoría.
En cuanto al Congreso Federal, desde 1988 el PRI no goza más de esa mayoría en la Cámara de Diputados y desde 1997 tampoco en la de senadores.
Pero esta pérdida paulatina de poder se refleja hasta en el hecho de que el PRI ya no cuenta ni siquiera con la mayoría simple (50 por ciento más uno) en 18 de 31 estados y la capital.
Desde 1989 hasta hoy, en 11 estados ya ha habido un gobernador distinto del PRI y en 15 se ha producido el fenómeno del «gobierno dividido», donde el gobernador en turno no goza de la mayoría en el congreso local.
«La pluralización del país ha sido resultado de elecciones cada vez más limpias que han ido construyendo la posibilidad de un poder compartido», señala el investigador Alonso Lujambio, autor del libro «El poder compartido. Un ensayo sobre la democratización mexicana».
El PRI vivió su período de gloria en sus primeros 54 años de vida, cuando ganó todas las batallas electorales y tenía en su poder las 31 gobernaciones, 289 de 300 diputaciones federales, 465 de 470 locales y 2.293 de 2.376 alcaldías.
Pero el encanto comenzó a romperse en 1986, cuando comenzó a perder numerosas municipalidades y sobre todo en 1988, cuando el PAN marcó una impronta en la historia moderna del país al ganar su primer gobernación, en el norteño estado de Baja California, fronterizo con Estados Unidos. Seguirían después derrotas en otros estados pero la siguiente que resultó altamente emblemática ocurrió en 1987, cuando el centroizquierdista Partido de la Revolución Democrática ganó la jefatura de gobierno de la Ciudad de México, el segundo cargo más importante después de la presidencia de la República.
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