Un disparo en Sarajevo que dejó 8 millones de muertos
«Esos disparos de revólver –según una expresión célebre– dejaron más de ocho millones de muertos». Un mes más tarde, el 28 de julio, el imperio Austro-Húngaro le declara la guerra a Serbia, nación a la que califica de «nido de terroristas» y de ser «un foco de agitación eslava».
El emperador Francisco José y su poderoso aliado Guillermo II, de Alemania, están convencidos de que se tratará sólo de un paseo militar y que la guerra será corta. Pero desafortunadamente para ellos, cansados de la intransigencia del emperador alemán e inquietos por las tendencias expansionistas de Berlín y Viena, los países de la Triple Alianza –Francia, Gran Bretaña y Rusia– se ponen de inmediato al lado de Serbia.
A Francisco Fernando, sobrino de Francisco José y heredero de los Habsburgo, le hubiera costado imaginar una Europa bajo un torrente de fuego, que no tardaría en convertirse en realidad después de su muerte.
Esa mañana del 28 de junio, Francisco Fernando festejaba el 14 aniversario de su matrimonio con la princesa Sofía de Hohenburgo. Aunque la gente lo considera «el hombre más solo de Viena», Francisco Fernando está feliz esa mañana, ya que por Sarajevo puede circular a su antojo con su esposa. En la capital, en cambio, Francisco José –descontento con esa boda, por considerarla desigual– le tenía prohibido mostrarse con Sofía en ceremonias oficiales.
De temperamento reformador, el archiduque, de 51 años, tiene otras razones para alegrarse de estar en la capital de Bosnia, donde sueña con reorganizar la Doble Monarquía (Austria-Hungría) para transformarla en una triple monarquía.
En esta última, los eslavos del sur –bosnios, croatas, serbios y eslovenos– se beneficiarían de un rango equivalente al que poseían los austríacos y los húngaros. Pero el archiduque parece haber olvidado que, ese mismo día, cinco millones de serbios –entre ellos los partidarios de la Gran Serbia que pretenden «recuperar» Bosnia– conmemoran el desastre de la batalla de Kosovo Polje (Campo de los mirlos) en la cual sus ancestros fueron derrotados por los turcos 525 años atrás. En Belgrado, su visita es tomada como una provocación. Las advertencias –comenzando por las del mismo embajador serbio en Viena, Jovan Jovanovic– no le habían faltado. En esa época, Bosnia, desgarrada ya por odios religiosos y étnicos, vivía un clima de exaltación nacionalista que se expresaba a menudo a través de acciones terroristas.
Serbios y croatas, unidos en su odio por los ocupantes austro-húngaros, están divididos a su vez en nacionalistas puros y duros y en partidarios de un Estado que reúna a los diversos componentes eslavos de los Balcanes. Ese Estado vería la luz en 1918 y se transformaría en 1929 en el Reino de Yugoslavia.
Una sociedad secreta, conocida como Crna Ruka («La mano negra»), dirigida por Dragutin Dimitrijevic (jefe del servicio de inteligencia del estado mayor serbio), había reclutado –al parecer sin el conocimiento de las autoridades de Belgrado– a varios jóvenes agentes serbo-bosnios, entre quienes se encuentra Gavrilo Princip. Este último y seis de sus compañeros –todos tuberculosos y por ende condenados a una muerte segura a principios de este siglo– están dispuestos a dar la vida para sacarse de encima al ocupante austríaco.
La increíble negligencia de las fuerzas de seguridad facilitará la acción de los conjurados, que media hora antes habían fracasado en su tentativa de asesinar a Francisco Fernando, quien como si nada hubiese pasado continuaba recorriendo el centro de Sarajevo. Tras recibir una bala en el estómago, la duquesa Sofía, embarazada, morirá unos segundos después que el archiduque. Por su parte, Princip no pudo utilizar su revólver y poner fin a sus días y la dosis de cianuro que tomó de inmediato no le provocó más que vómitos. Muy joven para ser ejecutado, morirá en prisión cuatro años después debido a la tuberculosis, tras reclamar vanamente la antorcha que le permitiera ser considerado «el fuego que iluminará la vía de la libertad para el pueblo serbio».
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