El gobierno argentino causa desilusión en la izquierda intelectual
El blanco preferido de los ataques de la intelectualidad «progresista» fue el vicepresidente Carlos «Chacho» Alvarez, líder del Frente País Solidario (Frepaso), el socio izquierdista de la Alianza gobernante integrada también por la centrista Unión Cívica Radical (UCR) del presidente De la Rúa.
Los intelectuales «progresistas» -con una decisiva influencia en los medios de comunicación- constituyeron en los últimos diez años un virtual, pero férreo frente de oposición al gobierno del ex presidente Carlos Menem al que acusaban de corrupto y de haber «traicionado» las ideas de justicia social proclamadas por el peronismo con su política de privatizaciones y liberación de los mercados.
El vicepresidente Alvarez se convirtió en el líder «natural» de esos intelectuales desde como diputado, a principios de los 90, lideró una rebelión dentro del peronismo que llevó a la formación del Frepaso, el más poderoso movimiento de izquierda no marxista del siglo XX.
El «frente» virtual de la intelectualidad reunió a sociólogos, filósofos y periodistas que coincidían en temas generales como la defensa a ultranza de las garantías individuales, del aborto y la promoción de vigorosas políticas de desarrollo social.
Pero las sucesivas medidas de ajuste económico tomadas por el gobierno de De la Rúa y la declaración del vicepresidente Alvarez de que «no se podía gobernar con medidas progresistas», provocaron un terremoto que dividió las aguas entre quienes se sienten traicionados y quienes justifican el giro conservador en el «realismo» político.
Quien abrió el fuego fue el influyente columnista del diario Página/12, Horacio Verbistski que fustigó la hipocresía del vicepresidente Alvarez quien «sigue los pasos de Menem (…) llegan al poder de la mano de los pobres y gobiernan para los ricos».
Al gobierno «la centroizquierda hoy sólo le queda como una etiqueta de fantasía», dijo Verbitski a quien se considera como una de las voces más influyentes en los sectores «progresistas» de clase media que, según los analistas, resultaron decisivos en la victoria electoral conseguida por el binomio De la Rúa-ALvarez en octubre de 1999.
Apenas unos días después, la popular poetisa María Elena Walsh hizo estallar otra bomba al señalar que «la ineficiencia (del gobierno De la Rúa) es mucho más peligrosa que la corrupción (del gobierno Menem)».
«La Alianza (gobernante) lleva diez años de prédica de un solo proyecto: acabar con Menem.
Para mí eso nunca fue un proyecto (en el gobierno) no hay una idea… no hay cabeza, no hay nada», dijo Walsh que se hizo famosa por sus canciones para niños.
El sociólogo y guionista José Pablo Feinmann, que se formó en el peronismo junto al vicepresidente, recordó que Alvarez era una «cosa rara. Un político que había leído a (Michel)Foucault» y le reprochó que ahora hablara «el discurso de los otros, del establishment… (el discurso que dice) que hay que seguir sufriendo, que el progresismo es imposible».
En el campo opuesto, el filósofo Tomás Abraham, opinó que «los intelectuales progresistas desdeñan la realidad… evitan cualquier análisis político porque son incapaces de hacerlo».
El politólogo Juan Carlos Portantiero negó un rompimiento entre la intelectualidad y el gobierno y justificó la política de severos ajustes fiscales: «hay que saber que lo que se puede hacer no es siempre lo que se quiere».
Parodiando a Portantiero, la revista Noticias concluyó que lo que «estaría sublevando a la intelectualidad progresista sería esa enorme distancia que se advierte entre el deseo y la realidad».
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