Sin amenazas apocalípticas, sin cismas en la Iglesia y sin Anticristo

El fin de un misterio

El mismo cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, al presentar ayer el documento advirtió que el lector del secreto «tal vez quedará desilusionado o asombrado después de todas las especulaciones que se han hecho» al respecto.

El manuscrito no contiene ninguna amenaza apocalíptica, ninguna previsión pesadillesca, ninguna mención a las divisiones internas de la Iglesia, ninguna referencia al Anticristo.

El texto difundido ayer retoma en lo esencial lo adelantado el pasado 13 de mayo en Fátima por el cardenal Angelo Sodano, en ocasión de la beatificación de Jacinta y Francisco, los dos pequeños compañeros de Lucía.

A los tramos ya conocidos de las revelaciones de Fátima –la amenaza del infierno, el llamado a la penitencia, la oración y la consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María– se suman ahora nuevas visiones: el ángel con la espada de fuego, una ciudad en ruinas, una montaña coronada por una cruz y la sangre abundante de los mártires del siglo.

Entre los numerosos muertos –obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, además de seglares– se destaca la figura del Obispo Blanco, que los pastorcillos identificaron con el Papa («hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre») que cae bajo las balas y las flechas de los soldados.

Finalmente, comparecen otros dos ángeles, que parecen dominar el cuadro del martirio de la Iglesia, debajo de la cruz que se halla en la cumbre de la montaña, rociando al pueblo de los fieles con la sangre de los mártires.

Al presentar el documento vaticano en el que se recogen los tres secretos revelados por la Virgen, así como su interpretación auténtica, Ratzinger puntualizó que se trata de una revelación «privada» y no «pública», una «diferencia no sólo de grado, sino de esencia».

Para la doctrina católica, subrayó Ratzinger, «el Cristo Dios ha dicho todo, se ha manifestado a sí mismo y, por lo tanto, la revelación ha concluido con la realización del misterio de Cristo que ha encontrado su expresión en el Nuevo Testamento».

Las visiones de Fátima, por lo tanto, no agregan nada al «patrimonio de la fe» católica, pero según Ratzinger «la revelación privada es una ayuda para la fe y se manifiesta como creíble porque remite a la única revelación pública», naciendo «a menudo de la piedad popular».

Citando una conversación que él mismo tuvo con Lucía, el cardenal sostuvo que «le resultaba cada vez más claro que el objetivo de todas las apariciones era el de hacer creer siempre más en la fe, en la esperanza y la caridad», ya que «el sentido de la visión no es el de mostrar una película sobre el futuro ya fijado de forma irremediable».

Es así que, en lo que se refiere a la figura del Obispo blanco que cae bajo las balas de los enemigos de la fe, la visión de Fátima no representa una profecía de algo que necesariamente sucederá, sino «exactamente lo contrario», o sea la necesidad de «movilizar las fuerzas del cambio hacia el bien».

«La visión habla más bien de los peligros y del camino para salvarse de los mismos», puntualizó el cardenal.

«En la visión, también el Papa es matado en el camino de los mártires ¿No podía el Santo Padre, cuando después del atentado del 13 de mayo de 1981 se hizo llevar el texto de la tercera parte del secreto, reconocer en él su destino?», se interrogó Ratzinger, recordando que según el mismo Juan Pablo II «fue una mano materna la que guió la trayectoria de la bala».

Esto permite concluir, prosiguió el cardenal, que «los acontecimientos a los que se refiere la tercera parte del secreto de Fátima parecen pertenecer ya al pasado» y muestran la historia de la Iglesia en el siglo XX como un «via crucis» ante el ataque de los sistemas del ateísmo.

En cuanto al hecho de ver en la mención a Rusia una condena que se limita al ateísmo comunista, Ratzinger sostuvo que la visión no se refería al pueblo ruso «cuya devoción es conocida» sino al comunismo como sistema ateo, y por ende se aplica a todo sistema que niegue a Dios, como el nazismo, mencionado indirectamente en el segundo secreto a través de la alusión a la posibilidad de una segunda guerra mundial.

No lo leyó

El papa

Como el documento manuscrito de Lucía fue enviado en la década del cuarenta al Vaticano y guardado en el archivo secreto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, subrayó su secretario, monseñor Tarciso Bertone, es fácil reconstruir su historia, ya que todo movimiento ha sido anotado en sus registros.

Es así que se ha podido establecer que Pio XII nunca leyó el texto, aunque cumplió con cuanto había pedido la Virgen a los tres niños portugueses, al consagrar el mundo al Corazón Inmaculado de María en 1942, en plena Segunda Guerra mundial.

En cuanto a su sucesor, Juan XXIII, «recibió el texto, lo leyó y, sin comentarios, lo devolvió al archivo secreto decidiendo no publicarlo», dijo Bertone.

De esta forma desmintió versiones según las cuales el papa Roncalli se quedó con el documento y lo puso en su escritorio, donde fue luego hallado por su sucesor, Pablo VI.

Bertone dijo que no hay dudas posibles en cuanto al hecho de que el documento regresó al archivo pero agregó que «no podemos decir si guardó una nota o un apunte».

También aclaró sobre la versión de que el tercer secreto no podía ser revelado antes de 1960. Explicó que eso no forma parte de las visiones ni de los mensajes que la Virgen entregó a los pastorcillos portugueses, sino que surgió de la intuición de Lucía.

«El embargo hasta 1960 nació de una intuición de la vidente, y en cuanto a lo que sucedió después podemos suponer que para Juan XXIII y Pablo VI la imagen de la visión aún no era evidente y no tenía sentido. ¿Por qué entonces ofrecerle a la humanidad una cosa nada clara, no interpretable?», dijo Ratzinger.

El cardenal agregó que «el Papa actual pensó que la beatificación de los pastorcillos, en los tiempos actuales, ofrecía una buena ocasión».

Esta postergación en la revelación del tercer misterio, a su vez, creó especulaciones y hasta versiones apócrifas de su contenido, pero para el cardenal «se trató de una decisión de prudencia y no dogmática, y es posible discutir si ha sido útil, pero personalmente comparto el planteo».

Algunas de estas especulaciones partieron de la última frase del segundo secreto, en la que se afirma que en Portugal se mantendría la ortodoxia de la fe católica.

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