En Moscú, cuando Beria fue ejecutado
Cuando no han transcurrido cuatro meses de la muerte de José Stalin ocurrida el 5 de marzo pasado el supercomisario Lavrenti P. Beria, ministro de la Seguridad del Estado y jefe absoluto de la temible NKVD, policía política soviética, acaba de ser ejecutado por un pelotón de fusilamiento en una prisión de esta capital.
A la salida del sol, en las primeras horas de la fresca madrugada, el carnicero de Stalin recibió el plomo suficiente que terminó con su vida, con lo que se confirma el refrán de que el que a hierro mata, a hierro muere. Beria, fiel ejecutor de la política stalinista de implantar el terror, está considerado el responsable de miles de ejecuciones de disidentes o de simples sospechosos, además de haber recurrido sistemáticamente a la tortura contra todo aquel que hubiera caído en desgracia. Mientras se sucedían las purgas, la sociedad soviética fue ganada por una fuerte psicosis de miedo y delación.
Junto a Georgy Malenkov, Beria había sido designado por el propio Stalin como su sucesor, pero las corrientes enfrentadas en el seno del Presidium del PCUS procedieron, inmediatamente después de la muerte del líder, a una revisión del terrorismo de Estado con la consiguiente depuración de los cuadros considerados más comprometidos con el stalinismo.
Empleando los mismos métodos de la NKVD, Beria fue destituido, acusado incluso de haber acelerado la muerte del jefe de Estado. Fue condenado sin juicio y en secreto.
Muchos analistas predicen un cambio de rumbo en la URSS, sobre todo teniendo en cuenta el vertiginoso ascenso de un dirigente medio, Nikita Krushof, a quien se sindica como el ideólogo de esta nueva purga. Sea como sea habrá que aguardar lo que resuelva el próximo congreso del PCUS.
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