¿Opción o identificación?

Europa parece estar bajo un trauma semejante al 11-S. Nadie se lo puede creer. Políticos, expertos y medios de comunicación no se ponen de acuerdo ante la debacle de participación (apenas el 44%, de promedio) del electorado europeo en las recientes elecciones para el Parlamento Europeo (PE). Pero como sucede en el período en el que no se ha superado el proceso postraumático, se opta por la negación de la realidad. El daño ha sido infligido a otros y la culpa, naturalmente, es (salvo raras excepciones) de los demás.

Por parte de los políticos y expertos (la élite), la excusa más cómoda para explicar la deserción generalizada es que no se ha sabido explicar lo que es la UE a los ciudadanos. Estos, según esta lógica, naturalmente necesitarían cursillos de adiestramiento, con lecturas a su nivel, y exámenes con preguntas y respuestas de múltiples opciones. A modo de exculpación por el fallo educativo, se aduce que la estructura institucional de la UE es distante, confusa y compleja. Una maraña de entes de nombres similares (Consejo Europeo y Consejo de la Unión Europea se mezclan con el Consejo de Europa, otra organización ajena a la UE) se muestran tan opacos como las administraciones autoritarias de los Estados tradicionales europeos. Además, se perciben como distantes, localizados en otro país.

En cuanto al desastre concreto de las pasadas elecciones, el elevado índice de abstención se considera como directamente causado por el cansancio electoral en algunos países. El ejemplo más notorio es el de España, donde los ciudadanos han acudido a las urnas ya cuatro veces en el curso de apenas algo más de un año. En el caso, paradójicamente sorprendente, de los antiguos países del Este, se aduce que todavía no se han adaptado al nuevo contexto. Pero la razón primordial es que el ciudadano no tiene la sensación de estar eligiendo a nadie con poder ejecutivo (como un alcalde o un primer ministro), y con satisfacción inmediata e instantánea. Se elige a unos nombres ubicados en una lista de partido, que luego se perderán por los pasillos de Estrasburgo y Bruselas.

El problema es, se teme, más de fondo. Se confunde el fallo de «vender» una nación europea, de perfil cultural y primordial, identitario, casi étnico (lo que también se conoce como «alemán»), con no poder convencer de la conveniencia de una nación política, liberal (en el modelo «francés», y mejor «norteamericano») basada no en la sangre sino en la opción. La UE es fundamentalmente, en el plano administrativo, un invento francés, diseñado pragmáticamente por franceses (Monnet y Schuman), pero aderezado por unos conceptos culturales forjados por una minoría multinacional, que creían en una identidad cultural, de gran carga intelectual.

Esa nación «cultural» europea, que probablemente existe, no es asumible por el ciudadano medio, ya convencido de la existencia de su identidad nacional y estatal al modo tradicional. Si los Estados tradicionales europeos se han consolidado mediante la combinación de la lealtad étnico-cultural y el pragmatismo del plebiscito diario ejecutado según la máxima de Ernest Renan en «¿Qué es una nación?», el futuro de la «nación europea» (y por lo tanto de la UE) depende, más que de la existencia de valores compartidos, de las ventajas que los ciudadanos vean en su pertenencia.

Mientras la nación cultural es la más difícil de cumplir, pero la más fácil de señalar, la «política» es la más fácil de proponer, pero la más costosa de sublimar: tiene que presentar réditos, detectables y cuantificables, al final de la jornada. Al retirarse a descansar, al final de la semana o del mes, los ciudadanos europeos deben sentirse convencidos de que, comparativamente, les conviene más seguir siéndolo. Es la clave para entender (hasta muy recientemente) el éxito de los Estados Unidos y Canadá, donde el mito nacional es creíble para la mayoría, mientras resulta fallido en el resto de las Américas.

Si en el antiguo régimen los europeos luchaban y morían en las guerras por el Rey, y en el siglo XIX ya lo hacían, pertrechados por el Estado moderno, primero por la nación y luego en el XX estaban impelidos por las ideologías, el regreso de la nación étnica como fantasma que lanza a los seres humanos unos contra otros, solamente deja el retorno de la nación política, de opción, como salvaguardia. De ahí que se deba explicar no solamente lo que los europeos comparten culturalmente, sino lo que desean, por decisión propia, por opción entre otras alternativas. Y, naturalmente, al final de la jornada, y sobre todo antes de las elecciones, deben poder constatar los beneficios tangibles.

Curiosamente, en el resto del planeta la UE se ha convertido en punto de referencia para cualquier experimento de integración regional. En Europa, donde hay cola para entrar como miembro, y de donde ningún país explícitamente demanda salir, el experimento está muriendo de éxito. Y habrá que explicarlo para que no convierta en fracaso. *

 

(*) Joaquín Roy, catedrático «Jean Monnet» y director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami. Exclusivo de IPS.

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