Cuando se habla de la gobernabilidad en el peronismo
Hay otras reflexiones: que el peronismo se convierte en partido hegemónico o que es imposible la coexistencia de dos líderes fuertes en su seno. Así lo marca la historia y no solo en el justicialismo. La pregunta sería entonces si es aconsejable que Néstor Kirchner y Eduardo Duhalde diriman sus diferencias, aun a costa de arrojar lejos la promesa de transparentar la política, si como se supone el hoy la voz política del Mercosur constituye el paradigma de lo que se quiere superar.
O si no es mejor que una vez por todas el Presidente asuma totalmente su liderazgo del país y su partido, sin cortapisas.
Si en este camino hay acuerdos provisorios, como ha ocurrido desde mayo de 2003 hasta ahora, sólo se dilata una definición que más temprano que tarde terminará por cristalizar. Si fuera por los intereses generales, sería beneficioso que el Presidente lograra sus objetivos pero ¿cuál sería el precio para las instituciones y para los derechos de los que no opinan como en Olivos, tanto dentro como fuera del justicialismo?
No hay respuestas sencillas. Pero en tanto en las perspectivas de una división, los estilos políticos, el lenguaje y la manera de calificar al adversario revisten capital importancia.
Ya se conoce que el lenguaje puede transformarse de pacificador en guerrero, con lo que queda dicho que las palabras son capaces de anticipar la guerra cuando aún reina la paz.
Y en estos días no han faltado las palabras duras de uno y otro lado, más que de sus protagonistas, de los laderos de cada cual.
Puede ocurrir que convencidos uno u otro de los protagonistas de esta puja que la victoria está cerca, puede arrastrar a quien lo propicia y enredar en una derrota compartida a los que creen que están lejos del fuego.
Ya pasó en el pasado, sería deseable que no se repitiera de nuevo.
El juego de las señales
Duhalde envió una señal desde el Parlamento. Visitó a legisladores de su palo, les pidió respaldo al Presidente, con lo que dijo que sigue siendo el garante de la gobernabilidad, que no se lo puede desconocer y menos aún desafiarlo en su bastión, la provincia de Buenos Aires donde el kirchnerismo apunta a negociar con el caudillo en las condiciones que la Casa Rosada quiere. O si no, propiciar una fuerza autónoma del justicialismo bonaerense, armada con piezas del viejo aparato más otros nuevos.
En la Cámara baja, en respuesta a aquella comentada visita, se formó un bloque, si bien heterogéneo, de diputados en número mayor al que hasta ahora han caminado junto a Duhalde, con lo que avisa, el Presidente, que quiere en la titularidad de ese cuerpo a un hombre propio y no a un vicario del caudillo bonaerense como ocurre ahora.
Volvamos al interrogante inicial sobre el futuro de la gobernabilidad. Perecería más saludable que el Presidente no estuviera amenazado por desafíos corporativos, pero da la impresión que su estrategia para acumular es pegarle al mismo tiempo a demasiados adversarios.
Kirchner supone, con razones difíciles de refutar, que la mayoría de los partidos han fracasado y por lo tanto que «pactar» (que no es sinónimo de acordar, consensuar y mucho menos hablar) con ellos, es repetir el camino del desprestigio. Así de hecho arroja a los radicales, que son la segunda fuerza institucional del país (por el número de legisladores, gobernadores o intendentes) a brazos de su contrincante interno.
Peor aún, se quejan los herederos de Hipólito Yrigoyen, que Kirchner quiere rebanarle alcaldes o dirigentes por «izquierda». Alguno, como el de Vicente López, el radical Enrique García, charló recoletamente con el Presidente en Olivos, una oportunidad que no ha tenido Angel Rozas, el jefe del radicalismo, o su líder, Raúl Alfonsín.
Pero hay canales de negociaciones puntuales con casi todo el espacio político económico aunque solamente en ámbitos específicos (Parlamento, sindicatos, empresarios o Iglesia) por los ministros correspondientes. La Iglesia es un caso interesante. Los obispos se quejan que el Presidente no lo recibe: quieren conversar con él de temas que como van a ocupar un lugar importante, por caso el aborto, ver el modo que menos fricciones generen.
Una voz de los religiosos alerta en charlas privadas sobre una división de la sociedad en posiciones antagónicas, el temido escenario venezolano.
Esta intransigencia que se atribuye a Kirchner, ya provoca calificativos duros. «Autoritario», le dicen en el duhaldismo, adjetivación que es normal en estos meses en la palabra de Elisa Carrió, la líder del ARI. Apoyarlo a Kirchner en la reyerta interna, piensa la ex legisladora, es fortalecer una tendencia hacia el hegemonismo que dañará las instituciones republicanas.
Los radicales piensan lo mismo aunque con la mujer tengan poco que ver y, además, Carrió, en última instancia nada acordará, como otros sectores, con Duhalde.
Al contrario, cree estos días (tal vez no más adelante) que los dos caudillos negocian bajo cuerda un nuevo status.
Cerca del hartazgo
La derecha republicana, como Ricardo López Murphy, porque su partido Recrear es tan frágil que sin el ex ministro de Fernando de la Rúa no tiene destino, está alarmada con el mismo vigor que Carrió que se imponga un Kirchner sin contrapesos institucionales.
El Presidente parece creer que sus firmes nexos con amplias franjas de ciudadanos comunes, es más sólido que cualquier «acuerdo corporativo» y que una vez que consiga instalar mojones en cada provincia, sobre todo en la de Buenos Aires, que le respondan, será suficiente como para poder ganar las elecciones legislativas del año próximo. En todo caso, los convenios lo hará con quien corresponda de su partido en las condiciones que (como están las cosas ahora) le convengan. Además detesta que le impongan la agenda.
Es un desafío a la que llama «la vieja política».
¿Se entiende que la interna harta? Por un pelito el caso de un joven secuestrado, que fue luego liberado, no se convirtió en otro fenómeno de protesta popular contra la violencia, el tema que está en el tope de las encuestas. Hubo angustias en el gobierno ante esa perspectiva y no es improbable que sus enemigos en fuerzas de seguridad donde procede firmemente hayan estado en esta jugada de angustia, el sentimiento que más puede roer la popularidad presidencial.
Ahora, el mercado
El FMI ha vuelto a hablar con dureza, como cada vez que está en camino una negociación con la Argentina, ahora la aprobación, o no, de la revisión trimestral del acuerdo bilateral firmado en septiembre del 2003. El Fondo arremete con mayor vigor, tal vez, por las rencillas políticas internas, aunque el objetivo sea presionar (aunque se niegue) por una mejor oferta para los tenedores de bonos en default, luego de la nueva hecha conocer semanas atrás y en trámite de protocolización en las Bolsas de Valores, de EEUU, Europa y Japón.
Una vez que ello ocurra, el mercado, como dicen en el ministerio de Economía hablará.
Dirá, es un modo de ver las cosas, si los nuevos bonos tienen aceptación o no.
Por ahora las organizaciones de tenedores de papeles en dafault han rechazado la propuesta de Buenos Aires, pese a que la misma ofrece mucho más plata de lo prometido en Dubai.
En el gobierno aguardan con expectativas, pero hay datos que no coinciden con la esperanza.
Los tenedores de bonos dentro del país, cuya aceptación se descontaba una vez aclaradas algunas cuestiones técnicas, iban a dar el sí: por ahora, no hay perspectivas que lo hagan a corto plazo.
La actitud de los acreedores internos puede ser importante para los externos, se piensa. De todas maneras, como habrá una quita de 61 mil millones de
dólares, aunque haya otras atracciones para los acreedores, solo se pueden esperar gritos de dolor de los afectados. En el hemisferio boreal se viene la canícula y con ella, las vacaciones. Antes de septiembre, entonces no podrán, en este tema, aguardarse novedades de fuste.
Persiste la desocupación
En lo inmediato se verifica una tendencia abierta en los ’90 y atribuida, entonces, al enfoque neoliberal de la economía. La producción de bienes y servicios trepó en el primer trimestre de este año un formidable 11,2%, contra el mismo lapso del 2003. Pero al mismo tiempo, la desocupación solamente declinó un 0,1%. En la suba productiva, la industria tiene mayor peso que en otras mediciones.
El desempleo alcanza a 2,4 millones de personas, o sea, el 14,4%, aunque si no se computaran como con trabajo a quienes reciben planes sociales, la cifra llegaría hasta el 19,5%. Y hay un semiempleo fenomenal.
Mayor productividad con persistencia del alto desempleo y bajos salarios, tiene un nombre aunque suene a antiguo: explotación.
Con una desocupación enorme, la capacidad obrera para lograr una mejor distribución del ingreso es menguada. La situación parece de libro, por aquello del ejército de reserva actuando como disuasivo de la lucha de clases.
Está en debate si el modelo económico actual es una continuación del heredado del neoliberalismo y si hay una orientación para usar el desempleo como variable de ajuste.
Porque, más allá de las palabras no es mucho lo que ha variado.
Y entonces, el fenómeno piquetero, a pesar de que sus organizaciones lo politizan (para mal) y se desgarran por quien es el más combativo seguirá siendo una manera de pelear alguna dignidad.
El peligro para los dirigentes de los desocupados es que por presiones de grandes sectores populares que no acompañan aspectos de la metodología del reclamo, se deslicen a ser funcionales a la derecha.
La política oficial de no criminalizar la protesta está más a prueba que nunca, corre el peligro de quedar desairada. Es algo grave. *
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