Con apoyos de la centro-derecha

El presidente Kirchner, con luz verde para ir a Haití

Uniendo lo útil con lo agradable, en el tumulto obtuvo el visto bueno para la participación naval en la nueva versión del operativo Unitas, en aguas peruanas donde la gran estrella será el portaaviones mayor del mundo: el Ronald Reagan.

La discusión fue muy dura, pero el debate tuvo altura y no hubo (casi) chicanas. El alineamiento es ilustrativo: el peronismo necesitó para lograr la sanción del voto de todo el espacio del centro-derecha o derecha a secas.

Excepto algún voto suelto de diputados progresistas (el periodista Miguel Bonasso, por caso), todo el espacio de izquierda o centro-izquierda dijo que no con argumentos coincidentes: no sacar del apuro a los EEUU, responsable de la crisis cuando concretó un golpe de Estado en lo que en tiempos de Colón era La Española.

Lo ocurrido puede marcar una línea divisoria, tanto en la política exterior como en el mensaje doméstico sobre el tema del gobierno de Kirchner. Eso es lo que dice la prensa, pero, acaso, convendría ser más prudente. Es que era notorio que Washington insistió en más de una ocasión con una definición como la de la víspera. Y el ministro de Economía, Roberto Lavagna, que espera que EEUU juegue positivamente en la dura negociación de la deuda externa en default, aportó lo suyo.

Kirchner remitió una señal: que Argentina regresa, veremos con qué fervor en el futuro, al mecanismo de seguridad colectivo que –con su más y sus menos– constituyen las operaciones de mantenimiento de la paz de la ONU. Es que Kirchner si bien mantuvo una dotación de unos 600 Cascos Azules en misiones ya establecidas como las de Kosovo o Chipre, esquivaba otras invitaciones del organismo internacional.

En este marco, dicen los analistas, Kirchner quiso decir además que sigue aspirando para la Argentina integrar como un miembro permanente en una eventual ampliación.

La ley aprobada ayer es la primera que norma el ingreso y –en este caso– el egreso de tropas aprobada hace dos meses. Hasta ahora, en casi todos los casos, los contingentes de soldados partían a cualquier rincón del mundo sin que el Parlamento (y hasta la opinión pública) lo supieran hasta que ya eran un hecho consumado. El caso más flagrante fue el envío de dos fragatas al Golfo Pérsico con apenas un decreto de Carlos Menem, convalidado más tarde por el Congreso.

La duda dominante surgió con los dramáticos momentos que rodearon la caída de Jean Bertrand Aristide y su salida forzada de la isla con custodia norteamericana. Se dijo en la discusión que convalidaba un golpe de Estado contra Aristide y violaba el principio de no intervención en los asuntos internos de ese país.

El oficialismo no pudo ignorar esta realidad. La diferencia entre ir o no, fue responder con el ¿qué hacer? Así se decidió «involucrarse» en una posible solución. El gobierno aduce además que hace días nomás la Asamblea General de la OEA, reunida en Quito no sólo reconoció la legitimidad del gobierno de transición, sino que pidió colaboración en la misión de la ONU

Ese documento enfatizó que en Haití «hubo una alteración del régimen constitucional previa al 29 de febrero de 2004, (fecha de la renuncia de Aristide) que dañó el orden democrático debido a la no existencia de un Parlamento en funciones o de autoridades municipales democráticamente electas y un Poder Judicial libre.»

Ya se sabe el papel histórico de la OEA. Pero esta resolución supone atemperar los conflictos de conciencia. *

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