Jefes de Estado y presidentes festejan en Francia

"Segundo frente"

De esa manera se abría el «segundo frente» de combate que el presidente de la URSS Josip Stalin pedía desde 1941.

Para el comandante supremo de las tropas aliadas, el general Dwight Eisenhower, futuro presidente estadounidense (1953-1961), no fue fácil dar la orden definitiva para el comienzo del ya legendario Día D: el mal tiempo reinante hacía estragos sobre el Canal de la Mancha.

El jefe de las tropas alemanas desplegadas en la costa norte de Francia, el llamado «Zorro del Desierto», Erwin Rommel (1891-1944), fue convencido por sus meteorólogos de que una invasión aliada era imposible por el mal tiempo y, entonces, el 5 de junio partió hacia Alemania: tenía una cita con el Fuehrer, Adolf Hitler, a quien quería pedirle tropas de refuerzo.

Gracias a a los mensajes secretos enemigos descifrados, Eisenhower, atrincherado en Soutwich House, su cuartel general en Portsmouth, Inglaterra, sabía que un ataque el 5 o 6 de junio tomaría completamente desprevenidos a los alemanes.

La orden final («Ok, let’s go») la dio a las 4.15 del 6 de junio, cuando ya miles de soldados con sus paracaídas estaban listos en Normandía y 7.000 naves de desembarco estaban a tiro de fusil de las costas francesas.

La gran operación anfibia comenzó a las 0.15 del 6 de junio, cuando los paracaidistas británicos, a las órdenes del mayor John Howard, se lanzaron sobre las playas y ocuparon dos puentes de importancia estratégica.

Las naves de desembarco, con tres divisiones estadounidenses a bordo, dos británicas y una canadiense, zarparon de varios puertos desde la Mancha y comenzaron el gran asalto al alba, en dirección a cinco puntos de la costa individualizados por sus nombres en código: Utah, Omaha, Gold, Juno y Sword.

Drásticas fueron las instrucciones impartidas: ningún prisionero alemán en las primeras 48 horas, faltaban tropas para tenerlos en custodia.

Los primeros en tocar tierra firme fueron los marines estadounidenses de Utah y Omaha, a las 6.30, con el acompañamiento de 11.000 aviones que lograron una estrepitosa superioridad aliada en los cielos, usada para la destrucción preventiva de muchas fortificaciones enemigas.

Los alemanes reaccionaron con gran e inesperado vigor solamente en Omaha, donde murieron 2.400 marines estadounidenses, un tercio de todos los caídos aliados del Día D.

Asimismo, la resistencia francesa estaba en operaciones con mensajes en código transmitidos por radio a Londres para el sabotaje de las vías de comunicación alemanas.

Del frente el primer ministro Winston Churchill recibió, durante el «día más largo», buenas noticias, y por la tarde –cuando más de 150.000 soldados aliados estaban sólidamente establecidos en las costas de Normandía– envió un telegrama a Stalin: «Todo comenzó muy bien. Minas, obstáculos y baterías terrestres fueron largamente superadas. La ayuda aérea fue muy buena y masiva. El desembarco de la infantería procede correctamente, muchos blindados y medios de artillería ya están en tierra».

Tras el «día más largo», los aliados consiguieron ingresar tropas en el continente al ritmo de 37.000 soldados al día, sirviéndose además de un puerto artificial flotante. *

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