Opinión Internacional

Así se escribe la historia

En el background de la cobertura del acontecimiento, algunas agencias de información (o desinformación) aprovecharon para contrabandear –por acción o por omisión– una serie de falsedades sobre la historia de la península coreana desde su división, capítulo importante de la guerra fría que dominó la mayor parte de este período histórico.

El origen de la guerra

La primera atañe al origen de la guerra. Se repite que la agresión partió desde el norte, cuando fue al revés. En plena conferencia de Potsdam, Truman ordenó lanzar la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki, lo que no fue el último acto de la guerra mundial (Japón ya estaba de rodillas), sino el primero de la guerra fría. En vísperas del 25 de junio de 1950 (cuando se desencadenó la agresión) en las trincheras del paralelo 38º estaba de cuerpo presente el secretario de Estado, John Forter Dulles, quien cuatro años después anunciaría en la X Conferencia de la OEA en Caracas la invasión de Castillo Armas y el degüello de la democracia en Guatemala.

Esa política belicista amenazó con incendiar la región. Iniciadas las hostilidades, Truman envió la VII Flota al estrecho de Formosa (sin siquiera comunicárselo a la ONU, aunque ésta había cohonestado la intervención de EEUU en Corea), con la doble finalidad de apoyar a los restos descompuestos de la camarilla de Chiang Kai Shek, derrotado por la revolución china y refugiado en Taiwan, y de proteger el flanco estadounidense en las operaciones militares.

Al mando de éstas se encontraba el general Douglas McArthur, pero Truman debió destituirlo porque planeaba nada menos que agredir a la República Popular China y lanzar la bomba atómica contra varias ciudades de dicho país.

Tropas yanquis

Por otra parte, el sur de la península coreana estaba ocupado por tropas norteamericanas desde el fin de la guerra mundial y la expulsión de los invasores japoneses, culminada el 15 de agosto de 1945. (Precisamente ésta es la fecha acordada para propiciar la reunificación de familias del norte y el sur). Esas tropas no sólo intervinieron en la guerra sino que el armisticio de Panmunjon, en julio de 1953, fue suscrito por Corea del Norte y por Estados Unidos en representación de Corea del Sur.

En las conversaciones que durante años se desarrollaron en la erizada zona de demarcación, intervenían militares norcoreanos de un lado y oficiales norteamericanos del otro. La vigilancia de la precaria sede de las conversaciones estaba a cargo de la Policía Militar de EEUU, con la inscripción MP sobre sus cascos y pistolas al cinto. Esto lo vimos en Panmunjon 12 años después de suscrito el armisticio.

Como ilustración de varias notas sobre la reciente cumbre se publicaron fotos de soldados USA con la leyenda: Foto de archivo. Pero podrían ser perfectamente fotos de actualidad, ya que se mantienen 37 mil hombres de las fuerzas armadas norteamericanas en Corea del Sur, medio siglo después de la guerra. ¿Qué tienen que hacer allí?

El efecto dominó

Este es uno de los aspectos más importantes de la presencia norteamericana en el sur de la península, donde ha gravitado en forma preponderante a lo largo de estos cincuenta años.

El primer presidente sureño fue transplantado en 1948 desde EEUU; incluso cambió su nombre coreano, Li Si Man, por el yanquizado Syngman Rhee. Instauró una dictadura con barniz constitucional a lo largo de 14 años, apoyado en asesores militares, económicos y políticos norteamericanos. A partir de 1962 el general Chung Hee Park abrió el ciclo de dictaduras militares, con ley marcial incluida, que se extendió por 18 años, hasta que fue asesinado por el jefe de los servicios de Inteligencia coreanos (la KIA, estrechamente conectada a la CIA norteamericana). Diversas facciones pugnaron luego por llegar al gobierno, en medio de acusaciones mutuas de corrupción desenfrenada. El actual presidente Kim Dae Jung se destacó como figura de la oposición desde 1980, fue encarcelado por la dictadura militar de turno, asumió en marzo de 1998 y debió enfrentar las consecuencias de la crisis del sudeste asiático, que azotó al país.

Actualmente EEUU mantiene además 47 mil militares en Japón, concentrados en Okinawa, donde su presencia origina fricciones frecuentes con la población.

Sin duda en Pyongyang se abordó, por lo menos en forma preliminar, la firma de un tratado de paz que reemplace el armisticio de 1953. Pero un tratado definitivo deberá incluir el retiro de todas las tropas extranjeras, ya que su presencia amenaza la autodeterminación del pueblo coreano e implica un serio obstáculo a su reunificación.

Quizá por temer un efecto dominó EEUU reaccionó «con cautela» –señalan los cables– ante la cumbre coreana.

La cortina de hierro

Las notas también referían a la «cortina de hierro» establecida a lo largo del paralelo 38º. Utilizaban la trajinada expresión lanzada por Churchill en 1946 desde Fulton, Missouri, que constituyó el acta de nacimiento de la guerra fría.

Lo que omitían es que esa cortina de hierro fue creada por Estados Unidos y por sucesivos gobiernos sureños, que se opusieron en forma inflexible a que se estableciera el menor resquicio en la misma, como lo propuso Corea del Norte centenares de veces.

La prohibición establecida por EEUU y los gobiernos de Seúl fue absoluta. Se refería al tráfico de personas, pero también a las comunicaciones postales, telefónicas y telegráficas, sin excepción. Ya citamos la gráfica expresión de Kim II Sung según la cual los peces y los pájaros pasaban de un lado a otro, pero la gente no. En cuanto foro internacional sea dable imaginar (reuniones de partidos y movimientos diversos, de los No Alineados, del Foro de San Pablo, en ámbitos de naciones Unidas), durante décadas los delegados de Corea del Norte planteaban la reunificación del país y de las familias.

Recién ahora, afortunadamente, parece abrirse un resquicio en ese coto cerrado.

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