"¡Dios mío!: ¿por qué si eran niños?"
Su pequeño Juan Pablo, de 8 años, quería ser futbolista, y como todos los días de regreso a su hogar iba jugando en el autobús en momentos en que la retroexcavadora de 45 toneladas rodó desde el carril de una colina y aplastó al vehículo que transitaba por la Avenida Suba, una importante vía del norte de Bogotá. «El dolor que tengo es terrible. Es muy duro, mi niño era la alegría, el futuro. La adoración de sus dos hermanos mayores. No es posible estas desgracias que suceden en este país, eran niños… niños», dice desconsolado el papá de Juan Pablo.
Su desconcierto, amén de su dolor, es un sentimiento colectivo. Los capitalinos no logran sobreponerse a la tristeza por la muerte de los niños, y a la rabia por tratarse de un accidente que también dejó un adulto muerto considerado absurdo. En esta mañana fría y gris en Bogotá, don Pedro al igual que el resto de familiares de las víctimas cumplieron una dolorosa travesía desde Medicina Legal, donde les entregaron los cuerpos, hasta la capilla del Colegio Agustiniano Norte, centro de estudio de los menores. Allí, muy temprano, fue celebrada una conmovedora ceremonia religiosa a la que acudieron familiares, profesores, compañeros y amigos de los estudiantes fallecidos, y muchos otros que, aunque no conocían a los niños, llegaron a la capilla movidos por la pena y la solidaridad.
De riguroso luto, un grupo de estudiantes se formó en filas de honor a la llegada de los féretros que son velados en capilla ardiente desde ayer al mediodía y hasta el viernes cuando se celebrará el funeral. Claveles y rosas blancas, velas y una bandera de Colombia en la que se leía en letras negras el nombre de colegio, formaban parte de una altar improvisado en los portones del colegio.
«No podemos comprender esta tragedia. Hay un sentimiento de inmenso dolor colectivo y, al mismo tiempo, de gratitud con Dios porque mi hijo, que tenía otra ruta, está conmigo», dijo a la AFP Gloria Peña tras el oficio religioso. A su lado Santiago Franco, su hijo de 13 años, desvía tímidamente la mirada para ocultar una lágrima que empieza a rodar por su rostro. El perdió en la tragedia a dos de sus mejores compañeros, de quienes recuerda su afición por el fútbol y su don de compartir. «Â¡Cómo va a ocurrir que le caiga a uno una cosa de esas encima! Yo los quería mucho. Ibamos a participar en las olimpíadas del colegio», cuenta Santiago con honda tristeza. Cerca de él, la profesora Mariana Porras realiza una dura labor. Con lista en mano informa a maestros y estudiantes acerca de las víctimas fatales de este accidente que tiene conmocionada a la ciudad.
«¿A quién buscas?», pregunta Mariana a un alumno que mira con dificultad en la lista donde figuran varios nombres tachados en tinta negra. «Los niños Reyes…. murieron los dos», le dice con desconsuelo.
Uno de esos menores era su compañerito de clases. Andrés Ramírez, de 9 años, cuenta a la AFP que poco antes del accidente el mismo autobús los llevó al colegio tras participar en una convivencia, pero luego el vehículo siguió su recorrido sólo con los niños que tomaban la ruta norte. «Esto es horrible. Uno los ve crecer y les tiene mucho cariño, esto duele mucho. No nos explicamos qué pasó», añadió la profesora.
Desde su casa, el conductor del autobús, Jaime Solano, de 38 años y quien resultó ileso, narró el momento de la tragedia: «Del primer asiento del bus para atrás fue el golpe. Fue un estruendo muy duro. Mi reacción fue quitarme el cinturón y mirar para atrás. Ahí fue cuando vi todo ese estrago. Lo único que hice fue gritar y pedir auxilio», relató. Pero para los padres de los menores no vale ninguna explicación: «A mi hijo nadie me lo va a reemplazar. Son cosas de Dios», dice don Pedro. *
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