Senado enfrenta a De la Rúa
Es altamente improbable que la maniobra piloteada por el peronismo pueda repetirse en la Cámara baja. «Dormirá el sueño de los justos en las comisiones», asegura la conducción de la Alianza. De última, el Poder Ejecutivo vetaría esa ley que le diluyó la luminosidad de la señal que dejó Fernando de la Rúa en Nueva York y con su entrevista con Bill Clinton.
Apenas en Wall Street conocieron lo hecho por los senadores justicialistas, se saturaron las líneas telefónicas: los tenedores de títulos buscaron explicaciones, conocer la viabilidad de lo que ocurrió con los padres de la patria.
De la Rúa no había iniciado su vuelo a Cartagena de Indias, cubierto de elogios por el rumbo económico, o aplaudido en Manhattan, donde lució como conocedor de lo que explicaba a hombres duchos y duros y fue hasta aplaudido, cuando semejante esfuerzo de disuasión volvió a generar dudas.
Para la óptica oficial, esa desconfianza puede ser letal. Es que la línea general del gobierno en materia económica pasa por exhibirse como confiable para los mercados, lograr buen puntaje ante las calificadoras y así conseguir créditos a bajo costo e inversiones.
Fue, en gran parte, inútil en esta emergencia, la companía peronista en la delegación. El bloque de ese color del Senado obvió el hecho que él mismo autorizó a dos de los suyos a acompañar a De la Rúa, donde también estuvo el gobernador de mayor peso, el bonaerense Carlos Ruckauf, decisión adoptada para darle más fuerza al mensaje presidencial, cuando viró sobre sus pasos y decidió minarle el camino al gobierno.
¿Las razones? Son múltiples pero tienen algunas lecturas insoslayables: 1) exhibirse frente a los llamados al diálogo, al que la Alianza está obligada para salir de su aislamiento después de la resonante huelga general del 9 pasado, como el sector indispensable para cualquier negociación o 2) mostrarse como el verdadero poder dentro del peronismo con lecturas dirigidas dentro y fuera del Partido Justicialista, donde el liderazgo es la mercadería más escasa (o fragmentada) y cuando Carlos Menem intenta mostrarse como negociador desde posiciones de fuerza.
El papel de Menem
Con todo, no ha sido Carlos Menem el motor de esa decisión, pero intenta capitalizarla. No está en su mejor momento: la detención de su amigo Víctor Alderete, ex mandamás de la Obra Social de los Jubilados, PAMI, acusado de ser el jefe de una organización delictiva para estafarla, le toca en el plexo. Si no queda como caso aislado, si el juicio abre el camino para desmantelar la corrupción, el pequeño ex funcionario debería tener companías para que la gente crea que esta vez la cosa va en serio.
Difícil que en estas circunstancias Menem pueda convertirse en voz del PJ y, en razón de sus recientes cargos, discutir directamente con el Presidente: habría más suspicacias que réditos.
Menem se ha mostrado ambiguo: su discurso frente al ajuste puede ser leído tanto como de respaldo a los senadores como alentando enterrar el tema en la Cámara baja. Se inclinará según su conveniencia ante las novedades judiciales de su compadre o de cómo piensen seguir los senadores su curso de acción. Por lo pronto sus dos operadores clave en la Cámara alta, Carlos Corach o Eduardo Bauzá, buscaron bloquear la iniciativa del senador Jorge Yoma, menemista también pero que busca su propio espacio, sobre todo dentro del bloque donde ha estado marginado.
El sentido político de la decisión se remarca con la ausencia de una alternativa para suplantar los recursos que la derogación de los decretos del ajuste provocaría en las cuentas fiscales. Y en esta exhibición de poder se juntaron todos los subgrupos del bloque de senadores del PJ, lo que obliga a la Alianza a rebobinar su relación con la oposición.
Un dañado por la jugada es «Chacho» Alvarez, titular nato del cuerpo, que además cuenta con un ineficaz bloque aliancista. De todas maneras no consigue interlocutores confiables de peso en el peronismo y, además, los senadores impusieron que a los empleados de la Cámara no le apliquen el ajuste. Y no sólo eso: está en discusión otro proyecto del senador Yoma por el que se le quitan a Alvarez facultades administrativas.
Jaque a la Alianza
Esa diminutio capitis busca roer a la Alianza, al debilitar al principal referente del Frepaso. Es un objetivo estratégico del menemismo y de la derecha, que De la Rúa rechaza. «Mientras no retiren el proyecto no firmo más un cheque», amenazó Alvarez donde más duele a los senadores.
La muestra de poder peronista lijó lo que de la Rúa creyó haber conquistado en los EEUU, es decir confianza en su decisión de mantener equilibradas las finanzas y capacidad de gestión (o gobernabilidad).
El balance del viaje, de todos modos, no va mucho más allá de las palmadas en las espaldas. La Argentina necesita mostrar que puede crecer, que es competitiva y que no será desbordada por las tensiones sociales que derrapa por toda la sociedad bajo la forma de malestar y escepticismo.
Los indicadores siguen siendo avaros: el PB industrial de mayo fue inferior al de abril y la tasa de desocupación sube. No hay reactivación visible, ni inversiones internas. En el mejor de los casos, las prometidas en telefonía, o desregulando la provisión de energía y las dirigidas al sector de viviendas y obras públicas, sólo darían alegrías en 2001.
En este sentido, De la Rúa sólo ratificó que llegarán inversiones para el lucrativo campo de la telefonía desregulada donde el capital norteamericano tiene la oportunidad de desplazar al europeo, que logró el monopolio cuando el sistema se privatizó en 1990. Para la minería, donde el surco lo abrió Menem, no hay un boom en ciernes.
Nada nuevo en materia de inversiones que no sean servicios, porque las preferencias están en Brasil y por eso se intenta que Argentina sea un gran atractivo turístico para los norteamericanos gastadores y si se los convence, piensan, vendrán capitales.
¿Hay proyecto de país?
Los que saben, comentan que el Presidente, al poner al frente de la promoción turística en los EEUU a Dick Morris, su asesor electoral, dio un mal paso. El ex numen de Clinton es execrado por su mundo político.
En resumen, módicas pretensiones para un país que es como nunca latinoamericano y que carece de objetivos de trascendencia. Si los tiene, están muy bien ocultos, a menos que se crea que el equilibrio fiscal es capaz de movilizar a una nación.
Mantener una buena relación con los EEUU es una norma de estos tiempos y las explicaciones son obvias. Menem le dio a esos vínculos su impronta de incondicional. De la Rúa ha sido prudente en esta ocasión e incluso mantiene en stand by algunas pretensiones norteamericanas, como la de «cielos abiertos», otra herencia lamentable del menemismo.
Se supone con fundamento que los norteamericanos no tienen dudas sobre su socio sureño, con sólo releer, si lo necesitaran, el récord del Presidente y de su canciller. Por eso el anuncio de que la Argentina comenzaba a retirar sus fuerzas de Gendarmería en Kosovo no se leyó como un acto inamistoso, sobre todo porque De la Rúa le ratificó a Clinton su respaldo a los Cascos Azules. Todo ocurrió por falta de fondos.
Un general de la OTAN habló con Alvarez para evitar el súbito retiro. Los gendarmes no se irán ahora pero si en seis meses la Argentina no consigue dinero para sus militares en el exterior, hay decisión de no proseguir en esa faena hasta tiempos mejores.
Con todos estos antecedentes, una duda cruel aqueja al gobierno nacional: con quién acordar seriamente un rosario de medidas que vayan al encuentro de problemas reales, q
ue no sea el diálogo al que convocó el Presidente, un modo de distraer a la descreída opinión pública.
Poder y no poder
Ahora no es viable lo que reclama un sector de la Alianza: gravar a las empresas privatizadas para conseguir fondos que no obliguen a un nuevo ajuste, una tendencia que sería irrefrenable si la economía no trepa y con ello la recaudación.
«Chacho» Alvarez propugna poner en funcionamiento un programa de subsidios a los desempleados, con financiamiento sólido, al que debería añadirle ciclos de reconversión de mano de obra. Supone también como atractivo seguir impulsando la reforma política para transparentarla, darle apoyo a los jueces para que castigue a los sospechosos de corruptos. Pero, ¿con quién acordar, que no sea un quid pro quo? ¿Está dicho la última palabra con los sindicatos más combativos?
Alvarez es blanco de ataques también por izquierda. Se lo acusa de haberse mimetizado con el discurso presidencial: «es un traidor», se escucha en filas del Frepaso. Es una conclusión superficial e inútil: ningún vice puede tener otra postura pública que no sea la de su superior, salvo generar una crisis institucional, como lo muestra la historia argentina.
El líder del Frepaso no desconoció nunca los límites del radicalismo y de su socio presidencial. En todo caso se podría no coincidir en construir una alianza con la UCR. Para intentar cambiar una década de menemismo, una tarea titánica, el Frepaso no tenía otra alternativa, excepto la testimonial.
Esta es una dirección que Alvarez rechaza desde hace tiempo. Cree que se podrá avanzar con tenues reformas sociales una vez superada la crisis económica, que considera coyuntural. No tiene ninguna garantía que tenga éxito y lo sabe. En ese caso, puede ser digerido por la vida.
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